La frontera de piedra Prólogo
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La frontera de piedra

La frontera de piedra

Por Jose Zoilo

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Prólogo

PRÓLOGO

Quienes se encontraban ese día en Nísibis creyeron tener frente a sus ojos a un ejército de fantasmas, de muertos vivientes, de hombres que, a esas alturas, ya no lo eran.

Heridos, macilentos, descarnados, sus miradas reflejaban el horror.

En nada recordaban a aquellos que, confiados en sus armas y en su invencible general, habían cruzado por aquel mismo lugar hacia tierras persas meses atrás.

Víctor se alejó de la comitiva imperial para adentrarse en un bosque de tiendas, de lamentos y de heridos. Muchos de los hombres le rehuían la mirada, avergonzados por el fracaso, aunque nada hubieran podido hacer.

Pronto dejó atrás a los legionarios. En las posiciones más alejadas de la muralla, se congregaban los guerreros que habían acudido desde más allá de las fronteras del Imperio: iberos, alanos, sármatas, como él mismo, e incluso algunos de tribus desconocidas.

Apenas se veía montura alguna; los caballos que no habían caído durante los combates habían sido sacrificados en el trayecto para mitigar el hambre atroz de sus jinetes, pese a la negativa de alanos y sármatas de acabar con las vidas de sus fieles compañeros de batalla, sagrados para ellos, más valiosos que muchos hombres.

Sin embargo, hasta los más reticentes cedieron al final. Supervivencia o muerte.

Pocos le devolvieron la mirada también allí.

El malestar era palpable. Se habían sumado a aquella marcha con la esperanza de hacerse con las riquezas de Persia; ansiaban victorias, oro y plata, pero sólo habían obtenido sufrimiento y pesar.

Volverían a sus hogares derrotados y más pobres que como habían llegado a tierras de Roma.

Y aquélla era la mayor vergüenza a la que sármatas y alanos podían enfrentarse.

En un extremo se hallaban los escasos carromatos que habían sobrevivido a la campaña.

Allí se hacinaban los heridos. Sólo en el primero, colocados de cualquier manera, había docenas de ellos.

En sus rostros lívidos se reflejaba la caricia de la muerte; la sangre se filtraba entre los maderos, dejando un siniestro rastro allí por donde el carro había pasado.

El hedor era intenso. Sobreponiéndose a las arcadas, Víctor recorrió el espacio con la mirada, pero no halló rastro del alano.

Pasó por un carromato tras otro hasta dar con él: Respendial, cuyo cabello era de un rubio tan claro que recordaba a la nieve que coronaba las más altas montañas.

Poco más sabía sobre él: su nombre, su origen, y que le debía la vida.

A su señal, los soldados que lo acompañaban sortearon a los heridos para llegar hasta él.

El sármata miró a su alrededor con pena; la mayoría de aquellos hombres estaban condenados, pues sus heridas apenas habían podido ser atendidas durante la larga y penosa marcha, y la gangrena pronto se extendería por sus cuerpos.

Pero el general era un hombre agradecido, y no podía dejar que la vida de aquel que salvara la suya se apagara sin otorgarle al menos una oportunidad. Conocía a uno de los mejores físicos de la ciudad, y pondría al alano en sus manos. Era todo cuanto podía hacer.

* * *

Una semana después, la mayor parte de aquellos que no pertenecían a las unidades regulares del ejército imperial abandonaron Nísibis.

Regresaban a sus tierras, tal como Víctor había predicho.

Pero antes algunos alanos acudieron a despedirse del que había sido su compañero.

Lo hicieron como quien honra con su último adiós a un cadáver; mientras, en la puerta de la habitación, el físico alertaba a Víctor de que nada más podía hacer por él.

Sólo cuando los alanos se marcharon, el general se acercó al lecho donde descansaba Respendial.

Se sentó frente a él y dejó vagar sus pensamientos hasta el lejano pasado, cuando él mismo vivía más allá del limes .

Había transcurrido casi una veintena de años desde que abandonara la tierra que lo vio nacer, y el recuerdo le pareció extrañamente ajeno a lo que en ese momento era su existencia.

Él había sido un extranjero, como Respendial, pero ya hacía tiempo que se sentía romano.

Había crecido a la sombra de Roma, había sangrado por ella y también le debía todo lo que tenía y todo lo que era.

El pecho del alano se estremeció en un estertor.

Víctor suspiró y comenzó a elevar una plegaria a su dios; no a aquellos en los que había creído cuando vivía más allá del gran río, de los que casi nada recordaba, sino a aquel que lo había acogido en el corazón del Imperio.

Como tantos otros, se había convertido en un ferviente seguidor de Jesucristo, y no lo había ocultado ni siquiera en tiempos del difunto Juliano, cuando todo aquel que mostrara simpatía por los cristianos era susceptible de incurrir en la ira del emperador.

Se llevó la mano al pecho y aferró la cruz de plata adornada con nácar que siempre llevaba consigo.

Estaba fría al tacto. Entonces abrió los ojos y miró al alano.

Aquel hombre debía de adorar a los mismos dioses que habían sido los suyos tiempo atrás; habría depositado su fe en la espada enterrada en la tierra, en la poderosa musculatura de un caballo, en el viento, en el sol y en la luna; en todo lo que quienes habitaban el mundo de los vivos podían ver con sus propios ojos y que daba sentido a su existencia.

Algo muy distinto a aquello en lo que él mismo creía, sin necesidad de haber presenciado milagro alguno.

Aún acariciando el crucifijo, se puso en pie.

En un impulso, se acercó hasta el moribundo y buscó su mano entre las sábanas empapadas.

La carne estaba tan fría como la propia plata.

Separó los dedos inertes y volvió a cerrarlos sobre la cruz.

Ningún mal podría hacerle en esa hora postrera y tal vez le diera consuelo en el último momento, y, si así lo quería Dios, hallaría la vida eterna y disfrutaría de su gloria.

Adecentó lo mejor que supo el cabello blanquecino de Respendial, fijándose en el contorno de la cabeza, tan poco habitual a ese lado del gran río: ligeramente alargada, orgullo de los señores de la estepa.

Víctor apretó los párpados con fuerza, intentando recordar cómo había sido él mismo mucho tiempo atrás, cuando vivía lejos de Roma.

Sin embargo, las imágenes que conseguía evocar eran escasas: sólo aquella extensa llanura en la que se reflejaba como en ningún otro lado la dureza de las estaciones; la nieve, el calor y la lluvia inclemente, de la que no había otra forma de guarecerse que dentro de las tiendas de piel, y los caballos, siempre los caballos.

Ése era el recuerdo más vívido, quizá porque tampoco en Roma se había separado de los nobles animales.

Sacudió la cabeza con la intención de alejar aquellos pensamientos y fijó la vista en el crucifijo.

El fulgor de la plata, avivado por los tonos iridiscentes que aportaba el nácar, destacaba en la sobriedad de la pestilente habitación.

Lo dejaría allí y regresaría a por él una vez el alma del alano hubiera partido hacia donde fuera que lo hiciera.

Dios, el único digno de tal nombre, era testigo de que había tratado de saldar su deuda.