CAPÍTULO DIECISIETE
DANIELS
El reloj avanzaba demasiado rápido. Cada segundo que pasaba sin tener a Reyna a la vista era un segundo de más.
Daniels estaba de pie en la sala de operaciones de Cerberus, con la mandíbula tan apretada que podía sentir el pulso en la sien.
El resplandor de los monitores proyectaba sombras duras en el espacio, reflejando la urgencia que flotaba en el aire.
Mitch y Anton trabajaban a un ritmo frenético.
Sus dedos volaban sobre los teclados, buscando cualquier pista que les dijera dónde demonios se había llevado Artemis a Reyna, mientras Fitz y Daniels iban de un lado a otro de la sala.
—Está en algún lugar del lado sur —murmuró Anton, con la voz tensa por la frustración—. La última señal de su rastreador procedía de un sector industrial abandonado antes de apagarse.
Daniels inhaló lentamente mientras apretaba los puños a los costados. El rastreador había sido desactivado. Artemis no solo era buena, era casi quirúrgica. Pero siempre había algo, siempre un rastro.
—Tenemos algo —dijo Mitch, incorporándose del portátil y echando la silla hacia atrás mientras giraba la pantalla hacia ellos.
Una imagen satelital granulada de un antiguo patio de carga llenó el monitor.
—Artemis tuvo que usar un vehículo para sacar a Reyna. Las cámaras de tráfico captaron una furgoneta con los cristales tintados saliendo de la I-90 hacia un camino de acceso cerca de la zona portuaria. No ha vuelto a salir.
Los ojos de Daniels se clavaron en la pantalla.
—Esa es nuestra ubicación.
Fitz ya estaba en movimiento, cogiendo su rifle y revisando el equipo.
—Salimos ya.
Daniels no dudó. Ya se estaba ajustando la pistola y asegurando cargadores extra.
—Anton, no pierdas de vista la ubicación. Si se mueven antes de que lleguemos, quiero saberlo.
—Entendido.
Mitch cogió su propia arma —habría rifles y otras armas en el todoterreno— y asintió mirando a Daniels.
—Esto es un ataque quirúrgico. Entramos rápido, eliminamos todo lo que se mueva y sacamos a Reyna de allí.
Daniels lo miró a los ojos. Nada era más importante que sacarla con vida.
Se movieron como espectros a través de la noche, subiendo a los todoterrenos con cristales tintados que los llevarían al patio de carga.
Fitz conducía como alma que lleva el diablo, los neumáticos reforzados devorando el pavimento mientras la ciudad se difuminaba a su paso.
Daniels sentía la tormenta que se formaba en su interior, una mezcla letal de concentración y furia.
Artemis había cruzado la línea.
Y Daniels iba a hacer que lo pagara.
El patio de carga estaba a oscuras; las torres de contenedores oxidados formaban un laberinto de acero y sombras. La única iluminación provenía de algún que otro foco que parpadeaba por el paso del tiempo.
Daniels salió del todoterreno y escudriñó la zona. El aire estaba cargado con el olor del lago y del diésel. El único ruido, además de su propia respiración, era el sonido distante del agua golpeando contra los muelles.
—Está aquí —dijo.
Lo sentía.
Fitz señaló un almacén bajo cerca de la orilla.
—El térmico capta señales de calor dentro. Cuatro, tal vez cinco hostiles. Entramos en silencio.
Daniels asintió brevemente; su mente ya calculaba el mejor enfoque.
—Reyna es la prioridad. Barremos y limpiamos, eliminamos amenazas según aparezcan.
Se movieron.
Daniels tomó la delantera con la Glock en alto mientras serpenteaban entre los contenedores apilados, usando las sombras como cobertura.
Podía oír su propio latido, un tambor constante contra las costillas.
En cuanto llegaron al lateral del almacén, Mitch colocó una pequeña carga contra las bisagras oxidadas de la puerta.
Hubo una explosión amortiguada al estallar la carga, y entonces estaban dentro.
El primer hostil apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Daniels le metiera una bala entre los ojos. El segundo se giró para coger su arma, pero Fitz lo derribó antes de que pudiera poner el dedo en el gatillo.
Entonces empezó la verdadera pelea.
Los disparos estallaron desde el fondo del almacén, las balas chispeaban contra el acero mientras Daniels, Fitz y Mitch avanzaban. Una figura se lanzó hacia las sombras y Daniels disparó, alcanzándolo en la pierna. El hombre se desplomó con un grito y se retorció de dolor.
Daniels no se detuvo. Estaba cazando.
«¿Dónde demonios está Reyna?»
Un chasquido agudo resonó por el espacio, seguido de un gruñido de dolor. Daniels se giró a tiempo de ver a Mitch recibir un impacto en el hombro. Se mantuvo en pie y devolvió el fuego mientras Fitz le daba cobertura.
Daniels siguió adelante, avanzando por el almacén con la precisión letal que lo había mantenido vivo durante años. Despejó una entrada y entró en lo que parecía una sala de interrogatorios improvisada. Entonces la vio.
Reyna estaba atada a una silla en el centro de la sala, con las muñecas inmovilizadas y sangre en el labio inferior. Pero sus ojos, esos ojos feroces, se clavaron en él en cuanto entró.
Dos figuras se movían detrás de Reyna: Artemis y otro atacante.
Daniels levantó el arma, pero antes de que pudiera disparar, Reyna se movió.
En un borrón de movimiento, tiró de las manos atadas hacia arriba y por encima de la cabeza de Artemis, enrollando la cuerda alrededor de la garganta de la mujer. Artemis se atragantó y trastabilló hacia atrás mientras Reyna se retorcía y usaba las ataduras como arma, pero Artemis logró liberarse.
El atacante se lanzó hacia ellas, pero Daniels no dudó. Se abalanzó hacia delante y atrapó la muñeca del atacante cuando este iba a coger el cuchillo. Un giro brutal hizo que la hoja cayera al suelo con un repiqueteo. Pero Artemis y su secuaz no habían terminado de pelear.
Artemis le estrelló un codo en las costillas, justo donde lo habían apuñalado días antes. El dolor estalló en el costado, ardiente y brutal. Apretó los dientes y contraatacó con un puñetazo en la mandíbula que la hizo tambalearse.
Reyna ya estaba libre; pateó la silla hacia atrás, cogió el cuchillo caído y cortó las cuerdas de los tobillos.
Artemis se recuperó rápido y le lanzó una patada que conectó con la rodilla de Daniels. Él cayó sobre una pierna, pero se recuperó antes de que ella pudiera aprovecharse.
Reyna se lanzó a por la garganta de Artemis.
Las dos mujeres golpearon el suelo con fuerza, luchando por el control. Artemis era buena, demasiado buena. Pero Reyna luchaba como una mujer que no tenía nada que perder. Se retorció, aprovechando su menor tamaño, trabó las piernas alrededor del brazo de Artemis y tiró con fuerza.
Un chasquido agudo resonó por la sala y Artemis gritó y se echó hacia atrás.
Daniels ya estaba de pie, con el arma apuntando a la cabeza de Artemis.
—Muévete y te mato.
Por primera vez, Artemis vaciló. Respiraba de forma entrecortada, con el brazo colgando inerte a un costado. Pero entonces, algo brilló en su mirada.
Un clic agudo a un lado. Daniels se giró y vio al sicario con un pequeño detonador en la mano. Disparó. La bala dio en el blanco, justo entre los ojos. El sicario se desplomó y el detonador se le escapó de la mano cuando el cuerpo cayó al suelo.
Cuando se volvió, Reyna estaba desplomada contra la pared, jadeando, y Artemis había desaparecido. Se llevó la mano al comunicador.
—Artemis no está bajo control. Repito, Artemis anda suelta.
Daniels llegó junto a Reyna en un instante y le recorrió los brazos con las manos, el rostro: estaba viva.
—Daniels —susurró ella, y había algo desgarrado en la forma en que pronunció su nombre.
—Estás a salvo —murmuró él, atrayéndola hacia sí.
El almacén aún retumbaba con los ecos del tiroteo, el olor a sangre y sudor impregnando el aire. Pero Reyna estaba aquí. En sus brazos. Respirando.
Y Daniels nunca había estado más seguro de nada en su vida: jamás la dejaría ir.
El aire del almacén estaba cargado de pólvora y adrenalina, el olor a sangre flotando en el espacio como un mal presagio.
Los disparos habían cesado, sustituidos por el zumbido grave de los motores en el exterior mientras Fitz y Mitch aseguraban el perímetro.
Pero Daniels apenas oía nada de eso. Toda su atención estaba puesta en la mujer que tenía delante.
Reyna se apartó de la pared, con las muñecas en carne viva por las ataduras que Artemis había usado, un fino hilo de sangre en la comisura de la boca. Se la veía feroz, indómita, el cuerpo aún temblando por la adrenalina de la pelea. Su luchadora. Su mujer.
Él le tomó el rostro y le acarició la mejilla con el pulgar.
—¿Estás herida en algún otro sitio?
Ella tragó con dificultad, clavando la mirada en la de él con algo indescifrable.
—Nada que no pueda aguantar.
Esa respuesta no bastaba. Daniels la recorrió con la mirada, buscando cualquier cosa que ella no le estuviera contando.
Tenía un moretón formándose en la mandíbula, un corte en el labio, pero ni heridas de arma blanca ni agujeros de bala.
El alivio aflojó la opresión que sentía en el pecho, pero solo un poco.
Quería estrecharla contra él. Quería llevarla a un lugar seguro y no perderla de vista nunca más.
Pero aún quedaba trabajo por hacer.
La voz de Fitz crepitó por el comunicador.
—Daniels, tenemos un problema.
Daniels se giró, retrocediendo lo justo para interponerse entre Reyna y lo que fuera a venir.
—Habla.
—No hay rastro de Artemis.
Las palabras le atravesaron como un cuchillo entre las costillas.
—Estaba aquí.
—Sí —murmuró Fitz—. Pero ya no.
Daniels apretó la mandíbula y aferró el arma con más fuerza mientras salía de la habitación a grandes zancadas, con Reyna pisándole los talones.
No estaba sorprendido, no del todo. Artemis no era de las que caían fácilmente.
Aun así, no debería haber podido escapar. No con Cerberus acordonando el lugar.
Pero lo había conseguido.
Y había dejado algo atrás.
Daniels llegó a la entrada del almacén, donde Fitz, Mitch y Anton estaban junto a uno de los contenedores oxidados. Anton tenía el rostro sombrío mientras sostenía un pequeño dispositivo: un móvil desechable.
—Ha dejado esto.
Daniels lo cogió y lo abrió. Un mensaje brillaba en la pantalla.
Casi, pero no. Más suerte la próxima.
Daniels sintió que Reyna se acercaba. Los dedos de ella le rozaron el antebrazo, recordándole que debía respirar.
—Perra arrogante —gruñó Mitch.
—No es arrogante —dijo Reyna en voz baja—. Es segura de sí misma. Y nos está manipulando.
Daniels sabía que tenía razón. Artemis no era solo una asesina. Era una estratega. Una depredadora. Había sabido exactamente cómo atraerlos hasta aquí, exactamente cómo mantenerlos ocupados mientras se escabullía.
—Está jugando con nosotros —murmuró Daniels.
Anton se ajustó las gafas.
—Entonces, ¿por qué dejar un mensaje?
Daniels se quedó mirando el teléfono mientras algo oscuro y certero se le retorcía en las entrañas.
—Porque esto no va solo de ganar. Va de hacernos perder.
Reyna se tensó a su lado.
—Quiere hacernos daño primero.
No solo hacernos daño. Destruirnos.
Daniels apretó los dientes, cerró el móvil de golpe y se lo metió en el bolsillo.
—Tenemos que movernos. Ya.
Fitz señaló la furgoneta aparcada junto al muelle de carga.
—Deberíamos registrar el resto del lugar primero. Ver si ha dejado algo más.
Se dispersaron y peinaron el almacén en busca de cualquier amenaza adicional, cualquier rastro de Artemis. Pero Daniels ya sabía que no la encontrarían.
Lo que sí encontraron le heló la sangre.
Una sola carta, pegada en el interior de un viejo contenedor.
La Reina de Picas.
Daniels la arrancó y le dio la vuelta. Escrita con una caligrafía precisa, casi delicada, había una sola línea:
¿Cuánto estás dispuesto a perder?
El viaje de regreso a la sede de Cerberus transcurrió en silencio, con el peso de la huida de Artemis aplastándolos. Daniels mantuvo las manos aferradas al volante, la mandíbula apretada, la mente a mil por hora.
Había perdido gente antes. Había perdido pistas, perdido combates. Pero esto ya no iba solo del trabajo.
Esto era personal.
Cuando se detuvieron en el garaje subterráneo, Reyna fue a abrir la puerta, pero Daniels le agarró la muñeca antes de que pudiera salir.
Ella se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—¿Daniels?
Él se quedó mirando al frente, con la tenue luz del garaje proyectando sombras marcadas sobre el salpicadero. Debería decir algo. Debería tranquilizarla. Debería prometerle que acabarían con Artemis.
Pero solo podía pensar en aquel mensaje.
¿Cuánto estás dispuesto a perder?
Soltó el aire con brusquedad y se volvió hacia ella.
—Vamos a acabar con esto.
Reyna lo estudió con sus ojos oscuros, indescifrables.
—Lo sé.
—No —dijo él, apretándole la muñeca con más fuerza—. No lo sabes.
Le escrutó el rostro, buscando las palabras adecuadas. Intentando hacerle entender.
—Esto no es solo otra operación, Reyna. No va solo a por Rowe o Hartley ni a por una simple lista negra.
Reyna asintió.
—Va a por todos los del equipo antitrata a quienes culpa de que secuestraran a su hermana.
—Va a hacernos sangrar antes de dar el golpe final.
Reyna tragó saliva con dificultad; él notó cómo le latía el pulso bajo los dedos mientras ella se recomponía. Pero entonces algo cambió. La vacilación desapareció, sustituida por algo feroz. Inquebrantable.
Levantó la mano libre y la posó sobre el pecho de él, justo encima del corazón.
—Entonces nos aseguraremos de que no tenga la oportunidad.
A Daniels se le cortó la respiración, solo por un segundo.
Reyna nunca bajaba la guardia. ¿Pero en ese momento? Lo estaba dejando entrar.
Despacio, con deliberación, le soltó la muñeca y dejó que su mano se deslizara hasta entrelazar los dedos con los de ella.
—¿Confías en mí?
Ella le apretó la mano.
—Con mi vida.
Daniels le sostuvo la mirada.
—¿Y con tu corazón?
Ella vaciló; la pregunta quedó flotando entre ambos, cruda y real. Pero entonces hizo algo que lo dejó sin aliento.
Se inclinó hacia él y lo besó despacio, un beso largo y pausado.
No fue apresurado. No fue desesperado.
Fue deliberado.
Y lo fue todo.
Cuando se apartó, su voz sonó firme.
—Sí, Daniels. Con mi corazón también.
Daniels cerró los ojos un instante, dejando que las palabras se le grabaran en el pecho como hierro candente. Cuando volvió a abrirlos, estaba seguro de una cosa.
Artemis no tenía ni idea de lo que acababa de hacer.
Porque ahora no iba solo a por los traficantes y Cerberus. Iba a por la mujer que él sabía que era suya. Y Daniels nunca perdía lo que era suyo.