La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO DOCE #2
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CAPÍTULO DOCE #2

—No es mi sumisa —respondió Daniels.

—Chorradas. Ninguno de los dos juega con nadie más ni siquiera mira a nadie más. Tienes que sentar las bases con ella y dejarle claro cómo van a ser las cosas.

—No puedo darle un garrotazo en la cabeza y arrastrarla a mi cueva por el pelo.

—Tienes razón. Tiene el pelo demasiado corto. Pero te sugeriría aplicar tu mano con criterio en su trasero antes de meterte entre sus piernas y explicarle el nuevo orden de las cosas.

Daniels soltó una carcajada.

—Fácil decirlo. JJ no es una de las mejores francotiradoras del mundo.

—Cierto, pero JJ tampoco pensaba que quería un Dom como pareja.

Solo quería a alguien que la dominara cuando a ella le apeteciera.

Pregúntale ahora y te dirá que está justo donde quiere y necesita estar.

Reyna es diferente. Más de ir al grano, pero os he visto juntos, y ella responde contigo como no lo hace con nadie más.

Te necesita, Daniels. No la decepciones.

Fitz se dio la vuelta y volvió al área de trabajo de Cerberus. Daniels lo vio alejarse y se preguntó si el escocés tendría razón. Solía tenerla cuando se trataba de lidiar con sumisas independientes y temperamentales.

Dentro de la sala de interrogatorios, Reyna golpeó la mesa con las palmas y las esposas tintinearon. Winkie, un hombre anodino de treinta y tantos al que en su día habían confiado la información más delicada del club, se estremeció pero no levantó la vista.

—Mírame —exigió Reyna. Su voz cortó el aire denso como una cuchilla.

Winkie no se movió.

Reyna apartó la silla con un chirrido y volvió a caminar de un lado a otro.

—No te hagas la víctima, Winkie.

Aun así, nada.

Daniels se removió contra la pared, apretando la mandíbula. Ella estaba presionando demasiado, demasiado rápido. Si no se contenía, el cabrón se cerraría en banda.

Y entonces Reyna hizo algo que no esperaba.

Se quedó callada.

Dejó de caminar y se sentó en la silla frente a Winkie, juntó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—¿Cuánto?

Winkie vaciló.

—¿Qué?

Su voz sonaba inquietantemente serena ahora.

—¿Cuánto te pagaron?

Winkie tragó saliva, pero no respondió.

Reyna se recostó en la silla.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, ladeando ligeramente la cabeza—. Confié en ti. Todos confiamos. Y nos vendiste como si no significáramos nada.

Winkie finalmente levantó la vista, y Daniels pudo ver la culpa en sus ojos.

Bien.

Reyna se inclinó hacia delante de nuevo, con la voz baja y venenosa.

—¿Quién fue? ¿Quién te dio las órdenes? ¿Quién te envió a buscar información sobre Veda, sobre Titan?

Winkie entreabrió los labios y volvió a cerrarlos.

Reyna cerró los puños.

—Di algo.

Winkie soltó un suspiro entrecortado.

—Se suponía que esto no iba a pasar.

Daniels se tensó.

Reyna entrecerró los ojos.

—¿Cómo se suponía que iba a ser, Winkie? ¿Cuál era el plan?

Winkie negó con la cabeza, la voz apenas un susurro.

—Pensé que solo estaba pasando información. Nombres. Nada más. No sabía que iban a matar a nadie.

Daniels quería romper algo. Eso no bastaba.

Reyna soltó una risa amarga.

—¿Así que eso es lo que te dices? Así es más fácil, ¿no?

El silencio se extendió entre ellos.

Daniels había visto suficiente. Se apartó de la pared y entró en la sala de interrogatorios para unirse a Reyna y Winkie. Reyna levantó la vista, con algo indescifrable en los ojos, pero no dijo nada.

Daniels sacó la silla junto a ella y se sentó; su presencia añadió peso al aire ya sofocante de la habitación. Dejó que el silencio se asentara, que Winkie sintiera el peso de lo que había hecho.

Luego habló, con voz suave, calmada, aterradoramente serena.

—No puedes hacerte la víctima, Winkie.

Winkie se estremeció.

Daniels se inclinó hacia delante, clavándole la mirada.

—Les diste acceso. Los dejaste entrar. Les entregaste nombres, información y material para chantajear. Y ahora hay gente muerta por tu culpa.

Winkie tragó con dificultad.

—Yo...

Daniels bajó aún más la voz.

—Vas a contarnos todo lo que sabes. Ahora mismo.

Winkie vaciló.

Daniels dejó que el silencio se extendiera, que la presión aumentara. Luego apoyó las manos sobre la mesa y dijo:

—Si no empiezas a hablar, dejaré que Reyna te lleve a la galería de tiro y te use de diana.

A Winkie se le cortó la respiración y miró a Reyna. Y entonces, por fin, se derrumbó.

—Es una mujer —soltó—. Nunca la conocí cara a cara. Usaba un teléfono desechable. Enviaba los pagos a través de una cuenta en el extranjero. No sé quién es realmente, pero se hacía llamar Artemis.

Reyna y Daniels intercambiaron una mirada.

Artemis. Así que Orion no trabajaba solo.

A Daniels se le revolvió el estómago. Conocía ese nombre. No personalmente, pero sí por rumores, por informes de inteligencia. Era una intermediaria de información, un fantasma del submundo, alguien que solo salía a la superficie cuando había algo que merecía la pena vender.

El rostro de Reyna se ensombreció.

—¿Y el próximo objetivo?

Winkie vaciló y negó con la cabeza.

—No lo sé.

Daniels no le creyó.

—Más te vale empezar a recordar.

Winkie abrió la boca y volvió a cerrarla. Le temblaban los dedos. Estaba ocultando algo.

A Reyna se le agotó la paciencia. Lo agarró de la camisa y tiró de él hacia delante, con voz fría y cortante.

—¿Quién es?

Winkie respiraba de forma entrecortada, con el miedo asomándole a los ojos.

—Lo juro, no sé exactamente. Pero estaban buscando a alguien. Alguien de la comunidad.

Daniels entrecerró los ojos.

—¿Quién?

Winkie tragó con dificultad.

—Un informante. Alguien que sabía demasiado sobre lo que Veda había estado haciendo. Creen que esta persona tiene registros. Archivos. Pruebas.

Daniels intercambió otra mirada con Reyna mientras se le aceleraba el pulso.

Sebastian Rowe.

Reyna se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—Tenemos que movernos.

Daniels no vaciló. Agarró el teléfono y empezó a marcar.

—Fitz, tenemos un nombre. Sebastian Rowe. Pasamos por su casa esta mañana y no estaba. Habían saqueado su oficina. Tenemos que encontrarlo.

Reyna se volvió hacia Winkie con expresión pétrea.

—Si estás mintiendo, volveré.

Winkie no discutió.

Daniels siguió a Reyna fuera de la habitación, igualando su paso mientras avanzaban con urgencia.

Se les acababa el tiempo.

Si Artemis iba tras Sebastian, solo significaba una cosa: él tenía algo que ella quería. Y si no llegaban primero, estaría muerto antes del amanecer.