CAPÍTULO DOCE
DANIELS
Daniels estaba sentado en su coche frente a la entrada de personal del Club Southside, tamborileando sobre el volante mientras observaba el ir y venir de la gente.
Aquello ya no era solo un club: era un lugar donde se estaba gestando un crimen, un caldo de cultivo para el engaño.
Alguien entre esas paredes le estaba pasando información a un asesino.
Alguien conspiraba contra quienes trabajaban y jugaban allí.
Llevaba años cazando a gente así, fantasmas que prosperaban en las grietas entre la ley y el caos. Pero esta vez era personal. Demasiado personal. Y con cada segundo que pasaba, Reyna corría más peligro.
Pensar que ella pudiera ser la siguiente desató algo primitivo en él, algo oscuro y posesivo que lo hizo aferrar el volante con más fuerza.
Se obligó a concentrarse.
Gracias a sus contactos en la Oficina, había conseguido una lista de empleados y colaboradores de Velvet Glove con acceso a información sensible.
Todavía no tenía un nombre, pero estaba muy cerca.
Quienquiera que fuese el topo, sabía lo suficiente sobre Cerberus, el Club Southside y la comunidad BDSM para pasarle información al asesino.
Y eso significaba que era alguien arraigado en ese mundo.
Daniels soltó un suspiro cortante y miró la hora. Tenía una reunión con Anton Greene, el jefe de seguridad de Cerberus: un exmarine con fama de mantener la boca cerrada a menos que algo amenazara su negocio. Si alguien sabía quién no encajaba allí, era él.
Salió del coche y se ajustó los puños de la camisa oscura mientras se dirigía a la entrada. El portero le echó un vistazo, asintió y le abrió sin decir palabra. Daniels había estado allí las suficientes veces como para no necesitar presentación.
Saludó a la recepcionista con un gesto y esta le franqueó el paso hacia la entrada que conectaba el vestíbulo público con la mazmorra privada al otro lado.
Dentro, el club aún estaba sumido en la calma previa a la apertura; el aire olía a cuero y a un leve rastro de cera de vela.
La planta principal estaba vacía, con las luces tenues y sin el habitual retumbar de la música.
Anton ya lo esperaba en la barra, con los brazos cruzados y expresión inescrutable.
—FBI —dijo el hombre con voz grave y ronca cuando Daniels se acercó—. No esperaba verte tan pronto.
Daniels se apoyó en la barra y lo miró fijamente.
—Necesito nombres, Anton. Gente con acceso a las salas traseras del club, a las grabaciones de seguridad, a las listas de socios. Alguien nos está vendiendo.
Anton suspiró y se frotó la cabeza rapada.
—¿Crees que no lo sé? —Señaló con la cabeza hacia un pasillo lateral—. Ven. Hablaremos en mi despacho.
Daniels lo siguió con la certeza instintiva de que Anton sabía más de lo que dejaba ver.
El despacho era pequeño pero funcional: una pared cubierta de monitores de seguridad, un archivador en la esquina y un escritorio que claramente había conocido tiempos mejores. Anton se dejó caer en la silla y abrió un registro digital en una de las pantallas.
—Empecé a investigar después de que mataran a Veda —admitió—. Algo no me cuadraba. Le pedí a mi informático que revisara los registros de Southside y The Velvet Glove. Descubrimos que alguien ha estado accediendo a archivos a los que no debería.
Daniels se inclinó sobre su hombro.
—¿Quién?
Anton resopló.
—Ahí está el problema. Son buenos. Borraron sus huellas. Pero mira aquí... —señaló una línea de código—. Este es un inicio de sesión reciente. Alguien extrajo una lista de clientes de hace tres años. Socios con cláusulas de discreción de alto nivel.
Daniels notó que el pulso se le aceleraba.
—El tipo de gente que no querría ver su nombre asociado a este lugar si algo saliera a la luz.
—Exacto —Anton se volvió para mirarlo—. Veda tenía sus propios registros encriptados. Si estaba chantajeando a alguien, habría tenido algo sólido. Alguien debió de pensar que estaba a punto de usarlo.
Daniels asimiló la información mientras las piezas encajaban en su sitio. El asesino no solo atacaba a miembros de la comunidad BDSM: iba a por los que tenían algo que perder. Y ahora tenían una lista de nombres.
—¿Quién es el siguiente? —preguntó Daniels con una calma letal.
Anton vaciló.
—Ahí es donde la cosa se pone peor. El último archivo al que accedieron era de alguien muy concreto. Un socio del club conocido por guardar secretos.
Daniels se enderezó.
—¿Quién?
Anton abrió el archivo. Daniels se quedó mirando el nombre mientras un músculo le palpitaba en la mandíbula.
Sebastian Rowe.
El hombre era una leyenda en la escena BDSM, conocido por su discreción férrea.
Dirigía un club privado exclusivo donde gente de alto perfil podía practicar los juegos más peligrosos sin temor a quedar expuesta.
Si alguien estaba atando cabos sueltos, Sebastian era uno que no podían permitirse dejar con vida.
Daniels sacó el móvil y llamó a Reyna. Ella contestó al primer tono.
—Dime que tienes algo —dijo ella sin preámbulos.
—Lo tengo. Necesitamos encontrar a Sebastian Rowe. Ya.
Hubo una pausa.
—Maldita sea. Me acaban de decir que desapareció hace dos días. Nadie lo ha visto desde entonces.
Daniels se pasó una mano por el pelo.
—Ya es un objetivo. Puede que ya lo hayan localizado.
—Lo encontraremos —dijo Reyna con determinación.
Daniels quería creerlo. Pero se les acababa el tiempo.
Horas después, Daniels estaba con Reyna frente a la última ubicación conocida de Sebastian: un ático en el centro, de esos que presumen de exclusividad y seguridad. El problema era que la seguridad no había servido de nada para mantener a raya a quienquiera que fuese tras él.
La puerta había sido forzada.
Reyna lo miró con el arma en la mano.
—Yo voy primero.
Daniels no discutió. Ella era más rápida, y en ese momento necesitaban cualquier ventaja.
Se deslizaron dentro. Los recibió el olor a colonia cara y la visión de muebles volcados. El lugar había sido registrado.
—Despejado —murmuró Reyna mientras se adentraba más.
Daniels la siguió con un nudo en el estómago. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, la cama aún hecha, las sábanas intactas. Allí no había señales de lucha. Pero el despacho era otra historia.
Reyna entró primero y pasó por encima de una lámpara destrozada. Había papeles esparcidos por el escritorio, un portátil aún abierto con la pantalla parpadeante.
Daniels se acercó al escritorio y examinó los documentos. Extractos bancarios. Registros de membresía. Y algo más.
Una nota.
La recogió. La letra era irregular, apresurada.
Lo saben. No tengo tiempo.
Reyna se acercó y leyó por encima de su hombro.
—Hijo de puta. Huyó.
Daniels soltó el aire.
—O se lo llevaron.
El pensamiento quedó flotando entre ellos, pesado.
Reyna lo miró a los ojos.
—Tenemos que averiguar quién está detrás de esto.
Daniels asintió. Pero en el fondo, ya lo sabía: fuera quien fuese, estaba dentro de su círculo. Tan cerca como para conocer sus movimientos antes de que los hicieran.
El asesino seguía un paso por delante. Y si no acortaban distancias pronto, Sebastian Rowe no sería el último en desaparecer.
Sin saber en quién confiar, Daniels y Reyna decidieron no llamar a la policía ni al FBI. Al fin y al cabo, no había cadáver, y siempre podían alegar que Sebastian era un descuidado que se había ido de vacaciones; una excusa endeble, pero a la que aferrarse si hacía falta.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, sonó el teléfono de Reyna. Miró el identificador y contestó.
—Anton, estás en altavoz.
—Bien. Supongo que Daniels está contigo. Creo que he encontrado a nuestra comadreja.
—Topo —corrigió Reyna.
—No, este tipo no es lo bastante sofisticado para ser un topo. Es solo una comadreja. Lo pillé intentando acceder al sistema desde fuera a través de una puerta trasera que se había dejado abierta.
—¿Y quién es? —preguntó Daniels.
—Winkie —fue la escueta respuesta de Anton.
—¿Winkie? —preguntó Reyna, incrédula.
—¿Quién es Winkie? —preguntó Daniels.
—Alvin Winkle. Lleva años en administración —explicó Reyna—. Winkie. Jamás lo habría creído capaz.
—Yo tampoco —respondió Anton—. Conseguimos mantenerlo conectado el tiempo suficiente para localizarlo. Os estará esperando cuando volváis.
—Buen trabajo, Anton.
—No, buen trabajo habría sido pillarlo antes de que alguien saliera herido.
Daniels esperaba junto a la sala de interrogatorios de Cerberus, con los brazos cruzados, observando a través del espejo bidireccional.
Dentro, Reyna iba y venía, una tormenta apenas contenida.
Si uno miraba con atención, podía ver el pulso latiendo en la base de su garganta, la energía contenida que irradiaba en oleadas, pero solo si la conocía bien.
Por fuera parecía tranquila y serena, pero Daniels sabía que estaba furiosa.
No la culpaba.
Dentro de la sala, Alvin Winkle, un miembro del personal del Club Southside, estaba sentado y esposado a la mesa de metal, con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a Reyna.
Winkie, como lo llamaban, llevaba en administración desde la fundación del club: procesaba solicitudes de membresía, gestionaba las listas de invitados y se encargaba de la confidencialidad de los clientes. Tenía acceso a todo.
Y los había traicionado. Daniels veía la furia arder en los ojos de Reyna. No solo estaba enfadada: estaba herida.
Eso era lo que le preocupaba.
Quería entrar, asegurarse de que no perdiera el control, pero sabía que era mejor no hacerlo. Aquella era su pelea. No tenía derecho a quitársela.
Fitz había llegado solo unos minutos después y ahora estaba junto a Daniels, con los brazos cruzados y expresión inescrutable.
—Está al límite.
Daniels no apartó la vista de Reyna.
—Sí.
—¿Crees que se pasará de la raya?
Daniels exhaló despacio.
—No. Pero no creo que se detenga hasta quedarse muy cerca.
Fitz guardó silencio un momento antes de negar con la cabeza y soltar una risita.
—Casi me da pena el pobre cabrón. Puede que tengas que arreglar los platos rotos con tu sumisa cuando termine. Parece muy alterada.