La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

DANIELS

El sonido del disparo desgarró el callejón, agudo e implacable.

Daniels reaccionó por instinto: se lanzó hacia delante, agarró a Reyna y la atrajo contra él.

Cayeron al suelo con fuerza; el pavimento áspero le raspó las palmas mientras rodaba para protegerla.

Un segundo disparo. El chasquido metálico contra el contenedor a sus espaldas confirmó lo que había temido: un francotirador los tenía en el punto de mira.

—¡Quédate abajo! —ladró con voz baja pero autoritaria. El corazón le latía con fuerza en el pecho, la adrenalina corriéndole por las venas mientras escudriñaba los tejados en penumbra en busca de movimiento.

Reyna se retorció debajo de él, con la respiración agitada pero firme.

—Lo tenía controlado.

—Claro que sí —gruñó él, sin dejar de inmovilizarla mientras sacaba el arma de la funda—. Siempre lo tienes hasta que alguien te mete una bala.

—Daniels —siseó ella con tono cortante—. Déjame levantarme.

—Todavía no. —La sujetó con más fuerza, entornando los ojos al captar un leve destello de movimiento en las sombras de arriba. Ahí.

El francotirador no iba a quedarse. Había intentado dispararles, había fallado, y ahora se movía, retirándose por los tejados con soltura de experto.

Daniels sintió que la frustración le retorcía las entrañas.

Quería perseguirlo, bajarlo de su escondite a rastras y sacarle respuestas, pero no podía arriesgarse a dejar a Reyna expuesta.

—¿Lo ves? —preguntó Reyna, con la voz más serena, más controlada.

Daniels asintió sin dejar de escudriñar los tejados.

—Se está retirando. Seguramente tiene refuerzos.

Ella volvió a forcejear, y esta vez él la dejó levantarse, aunque mantuvo las manos cerca, listo para sujetarla si se le ocurría hacer alguna temeridad. Reyna se sacudió el polvo con expresión tensa mientras recuperaba el cuchillo de donde había caído durante el forcejeo.

—No podemos dejar que se escape —dijo con voz cortante.

Daniels negó con la cabeza, con la mirada fija en el tejado donde había desaparecido el francotirador.

—Tiene ventaja allá arriba. Si vamos tras él ahora, caeremos en una trampa.

Reyna abrió la boca para replicar, pero la mirada que él le lanzó la detuvo en seco. No era solo la mirada de un hombre que da una orden: era la mirada de un hombre que no estaba dispuesto a perder a nadie más estando él al mando.

—Está bien —dijo ella, retrocediendo a regañadientes—. Pero tenemos que movernos. Si dejó algo, no estará ahí mucho tiempo.

Daniels asintió, con la mente ya a mil, mientras la guiaba hacia el final del callejón. Al pasar por donde Reyna había peleado con los hombres, un trozo de papel le llamó la atención.

La letra era tenue, garabateada a lápiz según parecía, pero el mensaje estaba claro:

Esto no ha terminado. Siempre estamos observando.

Daniels apretó la mandíbula mientras miraba fijamente la nota, con la mente a toda velocidad.

No era mucho, pero bastaba para confirmar lo que había sospechado.

Quienquiera que estuviera detrás de esto no solo iba a por Reyna o Cerberus: estaban jugando a algo mucho más grande, algo que estaba lejos de terminar.

Reyna se inclinó sobre su hombro; él sintió su aliento cálido en el oído mientras ella leía la nota.

—Siempre observando —murmuró—. Qué tranquilizador.

—Tranquilizador no es la palabra que yo usaría —murmuró Daniels, guardándose la nota en el bolsillo mientras se ponía de pie. Recorrió el callejón con la mirada, pero el francotirador había desaparecido hacía rato. Habían perdido la pista, y la frustración le roía por dentro como un dolor sordo.

—Vámonos de aquí —dijo en tono seco—. Nos reagruparemos en Cerberus.

Reyna vaciló, con la mirada puesta en los tejados.

—No podemos dejarlo escapar así como así.

—No tenemos elección —dijo Daniels con voz firme—. No ahora. Vamos en mi coche.

—¿Por qué? Puedo conducir yo sola.

—Para empezar, quien envió al francotirador podría haber colocado un explosivo o un rastreador en tu todoterreno. Me quedaría más tranquilo si lo revisáramos antes de que te subas.

Ella apretó la mandíbula, pero no discutió. Lo siguió fuera del callejón con pasos rápidos y silenciosos junto a los de él. La fricción entre ambos crepitaba como electricidad estática, y las palabras no dichas flotaban en el aire mientras se dirigían al vehículo.

En cuanto estuvieron dentro, con las puertas cerradas y el motor en marcha, Daniels se volvió hacia ella.

—¿En qué demonios estabas pensando?

Los ojos de Reyna relampaguearon y se puso rígida.

—Pensaba que podía apañármelas sola.

—No es cuestión de que puedas apañártelas —dijo Daniels, alzando la voz a pesar de sus esfuerzos por contenerse—. Te metiste en una situación peligrosa sola, sin refuerzos, sin información. Podrías haber muerto.

—No te pedí que me salvaras —espetó ella con un tono que cortaba como un cuchillo.

—¡Me llamaste, ¿recuerdas? ¡Pero esa no es la cuestión! —Daniels descargó un puñetazo en el volante, incapaz de contener la frustración—. La cuestión es que sigues actuando como si no necesitaras a nadie, como si fueras invencible, y eso va a hacer que te maten.

Reyna le sostuvo la mirada con expresión dura.

—¿Crees que no conozco los riesgos? ¿Crees que no llevo el tiempo suficiente en esto para saber lo que hay en juego?

—Creo que eres temeraria —replicó Daniels—. Y creo que usas esa temeridad para no enfrentarte a lo que sea que te está consumiendo por dentro.

Ella entornó los ojos, y por un momento él pensó que iba a pegarle. Pero se recostó en el asiento y se cruzó de brazos con fuerza.

—No me conoces, Daniels.

—Sé lo suficiente —dijo él con voz baja pero firme—. Sé que alejas a la gente porque es más fácil que dejarla acercarse. Y sé que te estás engañando a ti misma si crees que no necesitas ayuda.

Ella apretó los labios, pero no respondió. El silencio se extendió entre ellos, denso y cargado, hasta que Daniels soltó la tensión de su cuerpo, exhaló despacio y dejó que los hombros se le aflojaran apenas un poco.

—No intento controlarte, Reyna —dijo, con voz más suave—. Intento mantenerte con vida.

Ella lo miró de reojo, con expresión indescifrable. Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada; el único sonido era el ronroneo del motor mientras seguían parados en la calle vacía.

—No necesito niñera —dijo al fin, en voz más baja.

Daniels negó con la cabeza.

—No sé si estoy de acuerdo, pero lo que sí sé es que necesitas a alguien que te cubra las espaldas. Te guste o no, voy a ser yo.

Ella tensó la mandíbula, como si sopesara su respuesta, pero al final se limitó a asentir. No era una aceptación de ayuda, no del todo, pero bastaba por el momento.

Daniels metió la marcha y volvió a concentrarse en la carretera. La noche no había terminado, y la lucha estaba lejos de acabar. Quienquiera que estuviera detrás de esto no solo observaba: estaba planeando. Y Daniels no iba a dejar que le ganaran la partida.

No mientras la vida de Reyna estuviera en juego. No mientras él fuera responsable de protegerla, le gustara a ella o no.

El club de abajo vibraba con música y energía, pero las oficinas de Cerberus en el piso de arriba estaban en silencio, salvo por el zumbido tenue de las luces y el sonido del agua que corría en el pequeño fregadero del bar, al fondo de la sala de reuniones.

Daniels estaba junto al mostrador, escurriendo un paño antes de volver al sofá desgastado donde Reyna permanecía sentada con la pierna estirada.

Las medias estaban rotas justo por encima de la rodilla, manchadas de sangre oscura.

Ella había insistido en que estaba bien, pero la tensión de su mandíbula decía otra cosa.

—Tienes que dejar de moverte —dijo Daniels en tono bajo pero firme, mientras se arrodillaba frente a ella y agrandaba el desgarro.

—Estoy bien —respondió Reyna, aunque el siseo de dolor que se le escapó cuando él le limpió la herida decía lo contrario.

—Quien está bien no sangra así —replicó Daniels, sin molestarse en disimular el filo de su voz.

Trabajó con cuidado, limpiándole la herida con manos firmes.

El corte era profundo, pero no tanto como para necesitar puntos.

Aun así, ver su sangre, sentirla estremecerse bajo sus manos, bastaba para despertar algo primitivo en él.

Algo protector. Algo que no quería nombrar.

Reyna se recostó en el sofá y ladeó ligeramente la cabeza mientras lo observaba.

—¿Siempre eres tan delicado o es que soy especial?

Daniels alzó la vista y clavó sus ojos oscuros en los de ella.

—Eres especial, desde luego. Lo bastante especial como para hacerme dudar de mi cordura.

Un amago de sonrisa le asomó a los labios, pero se desvaneció enseguida. Ella se removió y sus dedos rozaron el borde del sofá, como si necesitara algo a lo que aferrarse.

—No tienes por qué hacer esto. Me he curado sola muchas veces.

—No deberías tener que hacerlo —dijo Daniels, con voz más suave. Escurrió el paño de nuevo, lo dejó a un lado y cogió las vendas—. Sigues actuando como si estuvieras sola, pero no lo estás.

Reyna no respondió y bajó la mirada al suelo. El silencio entre ellos era denso, cargado de palabras que ninguno de los dos estaba dispuesto a pronunciar.

Daniels carraspeó y se concentró en enrollar la venda alrededor de la pierna de Reyna. El gesto era metódico, pero su mente se desvió hacia la primera vez que habían trabajado juntos. Hacia una misión que había puesto a prueba hasta el último ápice de confianza que tenía en ella.

Había sido cinco años atrás, en un pequeño pueblo en las afueras de Bogotá.

El objetivo era un miembro de alto rango de un cartel que llevaba tiempo usando la zona como centro de contrabando de armas.

Se suponía que sería una extracción sencilla: entrar, capturar al objetivo y salir.

Pero las cosas se habían torcido rápido.

Daniels había quedado atrapado en una choza en ruinas mientras los disparos resonaban por las calles estrechas.

Su equipo se había dispersado y el punto de extracción era un sueño imposible.

Entonces apareció Reyna, con un cuchillo en una mano y una pistola en la otra, la expresión serena a pesar del caos que la rodeaba.

—Parece que te vendría bien algo de ayuda —había dicho ella, alzando la voz por encima del estruendo.

—Llegas tarde —había respondido Daniels, aunque el alivio lo había invadido al verla.

—Tenía que hacer una entrada triunfal —había replicado ella mientras disparaba dos tiros certeros y derribaba a los hombres que les bloqueaban el paso.

Se había movido como una sombra, con movimientos fluidos y precisos mientras les despejaba el camino para escapar.

Pero no fue hasta que llegaron al punto de encuentro, ensangrentados y sin aliento, cuando Daniels se dio cuenta de cuánto había confiado en ella.

Confiado en que le cubriría las espaldas. Confiado en que los sacaría con vida.

—Nada mal —había dicho mientras subían al vehículo de extracción.

Reyna había arqueado una ceja, con expresión indescifrable.

—Pareces sorprendido.

—Sorprendido no —había respondido Daniels con voz firme—. Impresionado.

Ella había ladeado la cabeza y un destello fugaz le había cruzado la mirada.

—No te acostumbres.

Él se había reído entonces, algo poco habitual en él, y por primera vez se había dado cuenta de lo peligrosa que era ella. No por su habilidad, sino por lo que le hacía sentir. Como si fuera la única persona en quien podía confiar. Como si fuera la única que lo veía tal como era.

—Estás muy callado —dijo Reyna, y lo devolvió al presente. Su voz era suave, casi vacilante, y lo pilló desprevenido.

—Pensaba —respondió él mientras aseguraba el último tramo de la venda. Se sentó sobre los talones y la miró a los ojos—. En Bogotá.

Reyna ladeó la cabeza y esbozó una leve sonrisa.

—Aquello fue un desastre.

—Lo fue —coincidió Daniels—. Pero salimos. Porque me cubriste las espaldas.

La sonrisa se le borró y dio paso a algo más suave, algo vulnerable.

—Y tú las mías.

Una tensión palpable flotaba en el aire, un zumbido silencioso que vibraba entre ellos, denso y sofocante.

Daniels se levantó despacio, sin apartar los ojos de los de ella, y le tendió la mano.

Ella dejó que se la tomara; sus dedos estaban fríos contra la palma de él.

Era un gesto pequeño, pero parecía trascendental.

—Reyna —dijo en voz baja—. No tienes que hacer esto sola. Sea lo que sea, sea lo que sea que estén intentando haceros a ti y a Cerberus, lo resolveremos.

Ella le escrutó la mirada, y por un momento, él pensó que iba a decir algo. Pero entonces asintió y le apretó la mano un poco más fuerte. No era una declaración, pero bastaba.

Daniels retrocedió para darle espacio y se dirigió a la pequeña mesa donde tenían extendido el equipo.

La nota que habían encontrado en el callejón estaba allí, junto con las fotos de Veda y el collar de la escena del crimen.

Entrecerró los ojos al estudiar las fotos de nuevo, mientras su mente iba encajando los fragmentos del rompecabezas.

—Veda era prudente —dijo Reyna, rompiendo el silencio—. No se arriesgaba así.

—Alguien le forzó la mano —dijo Daniels con voz firme. Cogió la nota; el mensaje críptico seguía royéndole por dentro—. Pero ¿por qué? ¿Qué intentaban decirnos?

Reyna se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente las fotos.

—El collar. No era de ella, pero lo dejaron a propósito. Alguien quería que lo viéramos.

Daniels asintió y apretó la mandíbula.

—Lo reconociste.

—Sí. Ya hemos visto otros iguales. En eso Harris acertó: es del mismo tipo que usa el Cártel Obsidiana. Querían que supiéramos que estaba conectada con ellos. Esto no fue casualidad.

Reyna desvió la mirada hacia la nota y frunció el ceño antes de continuar.

—¿Y si no es un mensaje para Cerberus? ¿Y si es una advertencia?

Daniels frunció el ceño mientras las piezas encajaban en su sitio.

—¿Crees que van a por otros de la comunidad?

—Es posible —dijo Reyna con voz sombría—. Si Veda sabía algo que no debía saber, no habría sido la única.

Daniels exhaló; la mente le iba a mil. Había más en juego de lo que había pensado, y el tiempo corría. Quienquiera que estuviera detrás de esto no solo iba a por Cerberus: iban a por todos los vinculados al secreto de Veda.

—Lo resolveremos —dijo con voz firme. Se volvió hacia Reyna y la miró fijamente—. Pero no vas a meterte en esto sola. Esta vez no.

Ella entreabrió los labios como para protestar, pero se contuvo y su expresión se suavizó.

—De acuerdo —dijo en apenas un susurro.

Daniels asintió mientras una oleada de alivio lo recorría.

Por ahora, bastaba. Pero al mirar las fotos sobre la mesa, la magnitud de lo que se avecinaba se le anudó en el pecho.

El peligro no había terminado; apenas estaba empezando.

Y esta vez, no estaba seguro de que ni siquiera él pudiera mantener a Reyna a salvo.