La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO CINCO #2
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CAPÍTULO CINCO #2

—Cinco minutos es mucho tiempo —dijo, echando un vistazo atrás. La calle estaba vacía, pero sabía que no debía fiarse de las apariencias—. Pueden pasar muchas cosas.

—No si por una vez escuchas —replicó Daniels—. Y no discutas conmigo. Sé que vas armada. Úsalo si hace falta. Te juro por Dios que si no haces exactamente lo que te digo, te voy a dar unos azotes que no olvidarás en mucho tiempo.

Sus labios se curvaron en una ligera sonrisa a pesar del nudo que se le formaba en el pecho.

—No practico el juego de impacto.

—Y una mierda. Sube al puto vehículo.

—Oooh... parece que te importo. Qué protector eres conmigo, ¿eh?

—Reyna —dijo Daniels en tono bajo y de advertencia—. Esto no es un juego.

—Bien —respondió, sacando el cuchillo del bolsillo y apoyándolo contra el muslo—. Porque no estoy jugando.

Colgó antes de que él pudiera responder y se guardó el teléfono en la chaqueta mientras cruzaba la calle.

La luz tenue de una farola parpadeó y se apagó; el sonido de sus pasos resonaba contra los edificios.

Ya podía sentirlos: dos, que la seguían a una distancia prudencial. Profesionales. Calculadores.

El pulso de Reyna se aceleró y la adrenalina le agudizó los sentidos. Redujo el ritmo ligeramente, dándoles tiempo para acortar distancias. Los quería más cerca. Necesitaba que estuvieran más cerca.

Apretó la mano en torno al cuchillo al llegar a la entrada de un callejón. Se detuvo y se giró ligeramente para mirar por encima del hombro. La calle a su espalda estaba vacía, pero sabía que no debía fiarse de lo que veía. Estaban ahí. Podía sentirlos.

—Si quieren actuar —murmuró entre dientes—, ahora es el momento.

El primer ataque llegó rápido: una sombra se desprendió de la oscuridad a su izquierda.

Reyna giró sobre sí misma y su cuchillo cortó el aire mientras esquivaba por poco el golpe de una palanca dirigida a su cabeza.

El impacto metálico contra la pared de ladrillo resonó con un chasquido agudo, y su atacante maldijo mientras se recuperaba y volvía a la carga.

El segundo hombre se le echó encima antes de que pudiera contraatacar, con el brazo cerrándose en torno a su garganta mientras intentaba arrastrarla al callejón.

Reyna reaccionó clavándole el codo en las costillas con fuerza suficiente para hacerlo gruñir de dolor.

Se retorció, y el cuchillo captó la luz cuando se lo pasó por el antebrazo, obligándolo a soltarla.

—Qué monos —siseó, con la respiración agitada mientras se encaraba a los dos—. Pero van a necesitar mucho más que eso.

El de la palanca sonrió, con sangre goteándole del labio partido.

—Fogosa. Me gusta.

—No te gustará —replicó Reyna con voz cortante y fría—. No cuando acabe contigo.

El primer hombre se lanzó de nuevo con la palanca describiendo un arco amplio.

Reyna se agachó con movimientos fluidos, se coló dentro de su guardia y el cuchillo destelló hacia arriba para cortarle el pecho.

Él retrocedió tambaleándose entre maldiciones, pero el segundo hombre ya se movía, con los puños volando hacia su cara.

Reyna bloqueó y giró el cuerpo para asestarle una patada seca en la rodilla. Él trastabilló, pero solo por un momento. Era más grande, más fuerte, y estaba claro que conocía este tipo de peleas. Pero Reyna tenía algo que él no: entrenamiento.

Se agachó y le clavó el cuchillo en el muslo antes de girarse para encarar de nuevo al primer hombre. Este sangraba y se sujetaba el pecho, pero aún empuñaba la palanca, y su mirada le decía que no había terminado.

—Última oportunidad —dijo con voz firme, aunque el pulso le latía desbocado—. Lárgate.

No lo hizo.

La palanca descendió en un golpe brutal, pero Reyna se coló bajo su guardia y le rajó la muñeca con el cuchillo.

El hombre aulló; el arma repiqueteó contra el suelo mientras él retrocedía a trompicones.

Reyna no le dio tiempo a recuperarse. Avanzó, lo agarró por el cuello de la camisa y lo estrelló contra la pared.

—¿Quién te envió? —exigió, con el cuchillo presionado contra la garganta del hombre.

El hombre tenía los ojos desorbitados, llenos de pánico.

—No sé de qué me hablas...

—Respuesta equivocada —dijo Reyna con voz gélida.

Antes de que pudiera insistir, el chirrido de unos neumáticos frenando en seco rasgó el aire. Los faros iluminaron el callejón y una voz familiar atravesó el caos.

—¡Reyna!

Daniels.

El alivio y la irritación se disputaron su ánimo mientras se volvía hacia la voz, justo a tiempo para ver al segundo hombre levantarse y echar a correr. Aprovechando su distracción, el que tenía contra la pared le dio un fuerte empujón y también huyó. Maldita sea.

—¿Estás intentando que te maten? —gruñó Daniels, fulminándola con la mirada.

—Lo tenía controlado —respondió Reyna, aunque jadeaba y aún sentía la adrenalina corriéndole por las venas.

Daniels se acercó más; su presencia llenaba el estrecho callejón.

—Esto no es tenerlo controlado. Esto es temeridad.

Reyna abrió la boca para replicar, pero algo captó su atención por el rabillo del ojo. Un destello. El reflejo de la luz en un cañón.

Francotirador.

—¡Daniels! —gritó, y se lanzó hacia él justo cuando sonó el disparo.