CAPÍTULO CINCO
REYNA
El resplandor del letrero del Velvet Glove bañaba el callejón con una luz inquietante mientras Reyna se ajustaba el dobladillo del ceñido vestido negro de licra.
La tela elegante se le pegaba al cuerpo; la peluca larga y oscura y las lentillas de color completaban el disfraz necesario para pasar desapercibida entre la clientela de alto nivel del club.
Respiró hondo y se encaminó hacia la entrada, con los tacones repiqueteando contra el suelo a un ritmo constante.
La noche era fresca, el aire vibraba de electricidad, y cada nervio de su cuerpo se estremecía ante la certeza de que se adentraba directamente en una guarida de secretos y mentiras.
El portero, un hombre enorme con brazos del tamaño de troncos de árbol, apenas la miró cuando le entregó la identificación.
Tenía una expresión fría como la piedra, pero se hizo a un lado para dejarla pasar sin decir palabra.
Reyna pasó junto a él y de inmediato sus sentidos se vieron asaltados por el bajo pulsante de la música y el murmullo sensual de las conversaciones, salpicado por el ocasional chasquido del cuero contra la piel.
El club rebosaba una vida que resultaba tan embriagadora como sofocante.
Dentro, el Velvet Glove era un laberinto de rincones sombríos, asientos de felpa e iluminación roja ambiental que dejaba gran parte de la actividad envuelta en misterio.
Los aromas de cuero, sexo y cera de vela flotaban en el aire, una mezcla embriagadora que se le adhería a los sentidos.
Reyna recorrió la sala con la mirada, catalogando salidas, rostros y amenazas potenciales en cuestión de segundos.
No estaba allí para jugar. Estaba allí para recopilar información.
Una camarera, una mujer alta que llevaba poco más que un corsé de cuero y botas hasta el muslo, se acercó con una sonrisa ensayada.
—Bienvenida al Velvet Glove. ¿Está aquí para observar o... participar?
Reyna esbozó una sonrisa coqueta, de esas que había visto usar a cientos de mujeres cuando querían parecer interesadas pero no demasiado ansiosas.
—Solo a observar, esta noche.
La camarera asintió con expresión inescrutable.
—Avíseme si necesita algo. Disfrute del espectáculo.
Reyna se adentró más en el club mientras su mirada revoloteaba sobre la multitud.
Reconoció algunos rostros —habituales de la escena BDSM de Chicago a los que había visto en el Club Southside o en eventos privados—, pero ninguno que le resultara útil.
No fue hasta que llegó a la barra cuando detectó su primera pista.
Un hombre de unos cuarenta y tantos años estaba sentado solo, saboreando un vaso de whisky.
Llevaba el cabello entrecano peinado hacia atrás, y su traje a medida rezumaba dinero e influencia.
Tenía ese tipo de presencia que hacía que la gente se apartara cuando entraba en una habitación.
Se llamaba Alan Porter, y ella sabía que era un habitual en la escena del club.
Y lo más importante: había estado cerca de Veda.
Reyna se deslizó en el taburete junto a él, con la postura relajada pero los sentidos en alerta máxima.
—¿Noche difícil? —preguntó con voz ligera, teñida de curiosidad.
Porter se volvió hacia ella. Sus ojos agudos se entornaron ligeramente antes de que sus labios se curvaran en una leve sonrisa.
—No difícil, solo... propicia a la reflexión.
—Curioso —dijo Reyna, haciéndole una señal al camarero—. No parece del tipo reflexivo.
—Y tú no pareces pertenecer aquí —contraatacó él, con un tono que llevaba justo el filo suficiente para ponerla sobre aviso.
Reyna le sostuvo la mirada sin retroceder.
—Es mi primera vez —admitió encogiéndose de hombros—. Intento averiguar si esto es lo mío.
Porter la estudió un momento con expresión indescifrable.
—Eres audaz. Te lo concedo.
—Soy curiosa —dijo Reyna, inclinándose ligeramente—. Sobre el lugar, la gente, las... dinámicas. Me dijeron que había alguien aquí que podía iniciarme, por así decirlo.
Él soltó una risita, un sonido bajo y seco.
—Si te refieres a ser Domme, hablas de Veda, pero si te refieres a ser sumisa, hay clases de entrenamiento.
Se le revolvió el estómago, pero mantuvo la expresión neutra.
—Veda. Sí. Alguien mencionó su nombre.
—Bueno, ella ya no está aquí —dijo Porter, con el tono volviéndose gélido—. Y te aconsejaría que no indagues en sus asuntos. Es una buena manera de ganarse enemigos. Veda no siempre caía bien a todo el mundo.
Reyna ladeó la cabeza, fingiendo confusión.
—¿Enemigos? Creía que esto era una comunidad.
—Lo es —dijo él, dando un sorbo a su bebida—. Pero las comunidades tienen sus... disputas. Veda se metió en algo en lo que no debería haberse metido. Ahora ya no está, y te sugiero que andes con cuidado.
A Reyna le bullía la mente, analizando sus palabras en busca de pistas. Porter no solo estaba rememorando: la estaba advirtiendo. Fuera cual fuese la disputa interna en la que Veda se había visto envuelta, estaba claro que había sido más profunda de lo que ella había imaginado.
—Buen consejo —dijo con tono desenfadado—. Gracias.
Porter no respondió, pero la forma en que su mirada se demoró en ella mientras se deslizaba del taburete le provocó un escalofrío en la columna.
Se alejó hacia la multitud con el pulso acelerado.
Porter sabía más de lo que dejaba entrever, pero presionarlo más esa noche despertaría demasiadas sospechas.
Mientras se dirigía hacia uno de los nichos en sombras del club, se quedó helada. Al otro lado de la sala, parcialmente oculto por la multitud, había un rostro que no había visto en años. Un rostro que jamás esperó volver a ver.
Julius Fowler.
Se le cortó la respiración y la mente le dio un vuelco.
Julius había sido operativo de Cerberus, parte de su equipo antes de desaparecer.
Se había marchado después de que una misión en Venezuela saliera mal y se había esfumado sin dejar rastro.
Verlo allí, en medio de aquel caos, hizo que todas las alarmas saltaran en su cabeza.
Julius estaba apoyado contra la pared, con una postura despreocupada pero los ojos alerta mientras recorría la sala con la mirada.
Aún no la había detectado, y no debería reconocerla con el disfraz, pero la expresión de su rostro le decía todo lo que necesitaba saber.
No estaba allí para jugar. Estaba cazando.
Reyna se deslizó entre las sombras con el pulso martilleándole en los oídos.
Julius Fowler era un fantasma de su pasado, uno con el que había esperado no tener que volver a lidiar jamás.
Si estaba vinculado al asesinato de Veda —o peor, al mensaje dejado para Cerberus—, las cosas estaban a punto de complicarse muchísimo más.
Sacó el teléfono con los dedos suspendidos sobre el número de Daniels. Odiaba llamarlo, odiaba cómo su voz siempre parecía atravesar sus defensas, pero aquello no era algo que pudiera ignorar. Julius no era solo una pieza del rompecabezas: era una bomba a punto de estallar.
Pero si enviaba un mensaje codificado, sería más seguro que hablar con él en un lugar sin garantías. Reyna empezó a teclear.
Tenemos un problema
con la mirada puesta en el lugar donde había estado Julius. Había desaparecido entre la multitud.
Define problema
Julius Fowler está aquí. Si conozco a Julius, está tramando algo.
Quédate ahí. Voy hacia ti.
Reyna guardó el teléfono en el bolso de mano mientras su cabeza iba a mil. Julius Fowler no era solo un fantasma de su pasado: era el tipo de problema que podía destruirlo todo.
Decidida a esperar a Daniels fuera y evitar que Julius la viera, Reyna salió al frío de la noche del Velvet Glove.
El aire gélido le mordía la piel mientras se ceñía la chaqueta de cuero.
El ritmo constante del bajo del interior del club aún le vibraba en el pecho, pero el silencio relativo del exterior supuso un alivio.
El resplandor rojo del letrero de neón se reflejaba en el pavimento mojado, proyectando un brillo inquietante mientras se dirigía hacia donde había aparcado su todoterreno.
Sus tacones repiqueteaban contra la acera, cada paso calculado y deliberado. Años de entrenamiento le habían enseñado a mantener un ritmo despreocupado, la postura relajada, incluso cuando sus sentidos le gritaban que se mantuviera alerta. Y ahora le estaban gritando.
Se le erizaron los vellos de la nuca, y una sensación familiar de hormigueo le recorrió la piel. No estaba sola. Alguien la seguía.
Reyna no dejó de caminar ni giró la cabeza.
En lugar de eso, metió la mano en el bolsillo fingiendo revisar el teléfono mientras los dedos le rozaban el metal frío del cuchillo que siempre llevaba.
Desvió la mirada hacia los escaparates oscurecidos a su alrededor, buscando reflejos, movimiento, cualquier cosa que confirmara lo que sus instintos ya sabían.
El teléfono le vibró en el bolsillo. Lo sacó y la pantalla se iluminó con el nombre de Daniels. Por una fracción de segundo, consideró ignorarlo, pero el pulgar le deslizó la pantalla antes de que pudiera detenerse.
—Daniels —dijo, con la voz baja y uniforme.
—¿Dónde estás? —Su voz era cortante. No estaba de humor para juegos.
—Acabo de salir del club —respondió, recorriendo las sombras con la mirada—. Algo me dice que no estoy sola.
Hubo una pausa al otro lado de la línea, justo lo suficiente para que ella imaginara cómo se le tensaba la mandíbula y se le fruncía el ceño, como siempre que estaba cabreado.
—¿Dónde está tu vehículo?
—A dos manzanas —dijo. Apretó la mano en torno al cuchillo del bolsillo al percibir un destello de movimiento con el rabillo del ojo—. Puedo manejarlo.
—Esa no era la pregunta, Reyna —dijo Daniels, con el tono bajando a ese registro autoritario que siempre la ponía nerviosa—. Ve al todoterreno. Ya.
Reyna se permitió una risita seca.
—No me das órdenes, Daniels.
—Reyna —gruñó él, y el sonido de su nombre en sus labios le provocó un escalofrío de naturaleza muy distinta—. Lo digo en serio. Sube al vehículo, cierra las puertas y espérame. Estoy a cinco minutos.