CAPÍTULO TRES #2
—No tiene nada que ver contigo —resopló ella—. ¿Cómo sabes que esto no es un asesinato cualquiera, Daniels? No tengo noticia de nada que esté operando en Chicago y pueda interesar al FBI. Esto es una trampa o una distracción.
—¿De qué?
—No puedo decírtelo. Lo que sí te digo es que no necesito al FBI respirándome en el cogote mientras averiguo cuál de las dos es.
Él se acercó más, y su corpulenta figura le bloqueó la vista del pavimento manchado de sangre.
—Puede que no me necesites —dijo, bajando la voz a ese tono sereno y autoritario que siempre la ponía nerviosa—.
Pero me tienes. Te guste o no. Por si se te ha olvidado, Cerberus no tiene ningún estatus oficial.
A ella se le tensó la mandíbula; la tensión entre ellos era tan densa que se podía cortar. —Soy consciente, pero esto nos afecta, y no vamos a quedarnos al margen.
—Nadie está intentando excluirte. Alguien dejó un cadáver con un mensaje vinculado directamente a tu equipo —replicó Daniels, endureciendo el tono—. Pero no voy a dejar que vayas de llanera solitaria en algo tan gordo. No tienes por qué querer mi ayuda, Reyna, pero te juro que la vas a aceptar.
Reyna lo fulminó con la mirada, todavía con los brazos cruzados, taladrándolo con sus ojos afilados.
Por un momento, pensó en mandarlo al diablo.
En darse la vuelta y dejarlo lidiar con las consecuencias solo.
Pero la verdad era que no podía. Esto no iba solo de Cerberus.
Ni siquiera iba de ella. Era más grande que eso, y Daniels lo sabía tan bien como ella.
—Esto es personal —dijo al fin, con la voz más calmada—. Para mí. Para mi equipo. No entiendes lo que eso significa.
Daniels se acercó aún más y bajó la voz. —¿Crees que para mí no es personal? He visto lo que pasa cuando a gente como esta no se la detiene a tiempo. He vivido con las consecuencias. Así que no te pongas ahí a actuar como si tuvieras el monopolio de la preocupación, porque no lo tienes.
Sus palabras le golpearon más fuerte de lo que esperaba, y por un momento, no supo cómo responder.
Apretó los puños a los costados mientras su mente buscaba una réplica, pero no le vino nada.
En cambio, volvió la atención al pavimento manchado de sangre, donde las letras garabateadas la miraban como un desafío.
—Bien —dijo al fin, con voz tensa—. Pero si vas a meter las narices, seguirás mis órdenes.
Daniels arqueó una ceja sin apartar la mirada. —¿Tus órdenes?
—Sí —dijo ella, volviéndose hacia él con fuego en la mirada—. Este sigue siendo mi territorio, Daniels.
—No, Reyna, no lo es. ¿Quieres que trabajemos juntos? Entonces juegas con mis reglas.
Ella apretó los dientes, pero no discutió.
El silencio que siguió estaba cargado de tensión.
Tras un largo momento, él suspiró y se pellizcó el puente de la nariz, como si ella acabara de provocarle una migraña.
—Mira, no estoy aquí para interferir con Cerberus —dijo finalmente—.
Pero si este asesino tiene en el punto de mira a gente del ambiente, o a Cerberus, o peor aún, si es alguien de dentro, vas a necesitar más que a tu equipo para enfrentarte a esto.
Reyna vaciló. El peso de aquellas palabras se le instaló en el pecho. Él no se equivocaba. Odiaba que no se equivocara. Finalmente, asintió con expresión reacia. —Bien. Pero esto queda entre nosotros. Nada de altos mandos del FBI, nada de prensa, nada de filtraciones.
—De acuerdo —dijo Daniels con tono firme.
Su mirada se detuvo en él un momento. La intensidad de aquellos ojos oscuros le provocó una oleada de algo que se negaba a nombrar. Finalmente, se volvió hacia la pared, donde el acto final de la víctima seguía clamando por respuestas que ninguno de los dos tenía.
—¿Qué tienes hasta ahora? —preguntó Reyna mientras se acercaba al cuerpo.
—No mucho. ¿Primeras impresiones?
—Veda no jugaba a menudo en Southside. No era miembro, pero conocía a gente que sí lo era, y a otros que jugaban con privilegios de invitado. Llevaba mucho tiempo en la escena, el suficiente para conocer los riesgos de jugar con las personas equivocadas.
Daniels asintió. Su expresión se endureció mientras estudiaba el mensaje garabateado. —¿Y Cerber? ¿Qué opinas de eso?
—No tengo ni idea —dijo Reyna con voz tensa—.
Pero tiene que ser algún tipo de advertencia.
Veda intentaba decirnos algo. Nadie dedica los últimos momentos de su vida a escribir algo con su propia sangre a menos que sea importante.
Yo diría que es algo o alguien vinculado a nosotros, y que no les importa mancharse las manos.
Daniels la miró y apretó la mandíbula. —Entonces será mejor que averigüemos quién es y qué quiere antes de que vuelva a atacar.
Recorrió con los dedos enguantados las letras irregulares que deletreaban Cerber, y un escalofrío le recorrió la espalda.
El mensaje de Veda era crudo, desesperado: una súplica garabateada en sus últimos momentos.
La mente de Reyna bullía de posibilidades; sus instintos le gritaban que aquello no era un simple acto de violencia al azar.
Quien lo había hecho estaba enviando un mensaje muy concreto.
—¿Por qué aquí? —murmuró, más para sí misma que para Daniels, que permanecía unos metros detrás de ella, con una presencia tan firme como las sombras que los rodeaban.
—Está relativamente aislado; la mayoría de los habituales entran por la puerta principal —dijo Daniels. Su voz profunda resonó en el aire frío—. Es tranquilo. Fácil de controlar. Si yo quisiera enviar un mensaje sin llamar la atención, este sería el lugar.
Ella se volvió y sus miradas se encontraron. Los ojos oscuros de él eran agudos, evaluadores, pero había algo más allí, algo más profundo que rara vez dejaba ver. ¿Preocupación? No, era más complicado que eso. Siempre lo era con él.
La forma en que lo dijo, en voz baja y serena, le oprimió el pecho.
Odiaba eso de él: cómo podía hacerla sentir cosas que no quería sentir, como simpatía, conexión, o peor aún, comprensión.
Era más fácil mantener las defensas cuando él no estaba cerca, pero ahora, en la tenue luz del callejón, con el olor a sangre y muerte todavía flotando en el aire, esas defensas le parecían de cristal.
—Reyna —dijo Daniels, sacándola de sus pensamientos—. Mírame.
Ella no quería. Quería centrarse en el caso, en la tarea que tenían por delante. Pero su voz tenía ese filo, esa autoridad callada que siempre la hacía detenerse. Lentamente, a regañadientes, levantó la mirada para encontrarse con la de él.
—Estoy bien —dijo con voz más cortante de lo que pretendía—. Volvamos al caso.
Daniels la estudió un momento, con la mirada fija en ella, antes de asentir. —La bolsa de pruebas está aquí —dijo, señalando una furgoneta cercana.
Reyna lo siguió; sus botas resonaban suavemente contra el suelo. En el estante había una bolsa sellada con el contenido claramente visible: un collar de cuero negro, impoluto y sin marcas, como si lo hubieran colocado deliberadamente junto al cuerpo de la víctima.
Lo miró fijamente mientras se le revolvía el estómago. —Ese no es suyo.
—Lo sé —dijo Daniels—. Mistress Veda no usaba collares. Era Domme.
—Eso lo sabemos nosotros, pero ¿lo sabía el asesino? —dijo Reyna. Su mente iba a toda velocidad.
Daniels asintió. Reyna extendió la mano y rozó el borde de la bolsa con los dedos enguantados. El collar era simple pero inconfundiblemente simbólico, con un mensaje claro para cualquiera del ambiente. Sumisión. Control. Posesión.
—Esto no fue solo un asesinato —dijo en apenas un susurro.
Daniels se acercó; su presencia era sólida, reconfortante. —¿Qué ves, Reyna?
Soltó el aire y se obligó a pensar. —Veo a alguien que sabe cómo operamos. Alguien que sabe lo suficiente sobre Cerberus para usar ese conocimiento en nuestra contra.
Daniels no respondió, pero ella podía sentir la aprensión que emanaba de él. Se habían metido más de lo que ninguno de los dos quería admitir, y lo peor era saber que aquello era solo el comienzo.
La mirada de Reyna se detuvo en el suelo manchado de sangre. Aquello era personal. Y quien estuviera detrás no había terminado.