La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

REYNA

El aire gélido de Chicago le mordía el rostro mientras se agazapaba tras el muro de ladrillo desmoronado de una fábrica abandonada, los dedos tensos alrededor de la empuñadura de su pistola con silenciador.

Se suponía que la misión era sencilla: entrar, colocar los dispositivos de escucha y salir sin ser vista.

Era un trabajo típico de Cerberus, el tipo de operación que podía hacer con los ojos cerrados.

Sin embargo, esa noche, todos sus instintos estaban en alerta máxima, gritándole que no bajara la guardia.

—¿Estado? —susurró Reyna por el comunicador, la voz apenas audible por encima del débil silbido del viento.

—El perímetro norte está despejado —respondió Mitch, el genio tecnológico del equipo—. No hay señales de movimiento en el térmico.

—El sur también está despejado —intervino Caro, su compañera en esta misión, apostada en el lado opuesto del edificio—. Puedes colocar y largarte.

El aliento de Reyna salió en una nube blanca mientras se pegaba más al suelo.

—Recibido. Me muevo.

Sus botas apenas hicieron ruido sobre el pavimento mientras salía de su escondite y se dirigía hacia la puerta lateral.

La cerradura era antigua, apenas funcional, y cedió con un suave clic bajo sus manos expertas.

Dentro, la fábrica estaba oscura y húmeda, el aire cargado de olor a moho y óxido.

Se movió con rapidez, deslizándose entre las sombras como un espectro.

Uno por uno, colocó los dispositivos en las ubicaciones designadas, con precisión y deliberación.

Estaba colocando el último dispositivo cuando la vibración del teléfono contra la cadera la sobresaltó.

Se quedó inmóvil, el pulso acelerado, mientras terminaba rápidamente el trabajo y se agachaba detrás de una columna cercana.

Sacó el teléfono, miró la pantalla y sintió una punzada de irritación al ver el nombre.

Daniels. El hombre tenía un pésimo sentido de la oportunidad. De todos los momentos para llamar, tenía que ser ahora.

—¿Qué quieres? —siseó, la voz baja pero cargada de molestia.

—Reyna —su voz profunda y firme atravesó la línea, con una gravedad que la puso en alerta de inmediato—. Tenemos que hablar. Ahora.

—Estoy en medio de algo —espetó, asomándose por la columna para asegurarse de que seguía sola.

—Esto no puede esperar —dijo él, con un tono que no admitía discusión—. Es Veda.

El nombre la golpeó como un puñetazo en el pecho.

Veda no era amiga suya, pero sí alguien a quien conocía.

Una Domme muy conocida dentro de la comunidad BDSM, alguien a quien Reyna respetaba como se respeta a otra profesional del ambiente que juega duro y limpio.

Veda no se metía en problemas, al menos no del tipo que acababa con Daniels llamándola así.

—¿Qué pasó? —preguntó, la voz suavizada a pesar de sí misma.

—Está muerta —dijo Daniels sin rodeos—. Asesinada. Y antes de que preguntes, sí, esto involucra a Cerberus. Dejó un mensaje antes de morir.

Reyna se recostó contra la columna, con el estómago revuelto.

—¿Qué tipo de mensaje?

—Una palabra —respondió Daniels—. Cerber. Escrita con su propia sangre.

Reyna cerró los ojos mientras las implicaciones la golpeaban como una ola.

—Maldita sea —murmuró—. ¿Dónde estás?

—Justo a las afueras del Velvet Glove —dijo—. La escena ya está fría, pero te necesito aquí. Ahora.

—Bien —dijo, y se guardó el teléfono—. Pero más vale que esto no sea otra de tus exageraciones.

—Lo verás por ti misma pronto —respondió Daniels, con un tono que zanjó la conversación antes de que pudiera discutir más. La línea se cortó y Reyna soltó un suspiro brusco, la mente ya en otra cosa.

Tocó el comunicador.

—Mitch, Caro, la operación terminó. Nos retiramos.

—¿Qué? —la voz de Caro crepitó en su oído—. Se supone que debemos vigilar durante veinticuatro horas. Ese era el objetivo.

—Cambio de planes —dijo Reyna, ya de camino a la salida—. Recoged el equipo y nos vemos en la furgoneta. Ha pasado algo serio. Tengo que estar en otro sitio.

—¿Todo bien? —preguntó Mitch, su habitual tono relajado teñido de preocupación.

—Ni de lejos —respondió Reyna antes de cortar la línea. Se movió con rapidez, el cuerpo en tensión, mientras se deslizaba de vuelta a la fría noche. Fuera cual fuera el lío en el que Daniels se había metido, estaba claro que pensaba que ahora era problema de ella.

Quince minutos después, Reyna detuvo su todoterreno negro frente a la valla metálica que bloqueaba el acceso al callejón junto al aparcamiento trasero del Velvet Glove.

La imponente estructura de hormigón y acero se alzaba ante ella, austera y sin vida contra el oscuro horizonte de la ciudad.

Apagó el motor, se recostó en el asiento un segundo y respiró hondo.

El aire frío de la noche se colaba por la ventanilla entreabierta, pero no sirvió de mucho para calmarle los nervios.

Agarró el bolso del asiento del copiloto, abrió la puerta de un empujón y salió; el viento le mordía la piel expuesta.

Daniels estaba de pie cerca de la entrada, su silueta recortada contra el débil resplandor de las farolas.

Parecía pertenecer allí: alto, imponente, el tipo de presencia que atraía la atención incluso sin proponérselo.

Vestido con sus habituales pantalones oscuros y abrigo a medida, era la viva imagen del agente federal, con esa autoridad rígida que prácticamente irradiaba de él.

Por un segundo, pensó en dar media vuelta.

Subirse de nuevo al todoterreno, largarse y llamar a King para que se encargara de lo que fuera que estuviera pasando. Pero no lo hizo. Nunca lo hacía.

Se ajustó la cazadora de cuero mientras se acercaba, los pasos firmes sobre el pavimento.

—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó, con suficiente filo en la voz para disimular el destello de inquietud que aún le revolvía el estómago.

—Mistress Veda —dijo él, la voz serena pero con un matiz más sombrío—. La han encontrado muerta detrás del Velvet Glove. Herida de cuchillo. Escribió Cerber con su propia sangre antes de morir.

A Reyna se le encogió el estómago.

—Alguien está intentando inculparnos.

—O hacerte salir —contrarrestó Daniels. Se cruzó de brazos, la mirada aguda clavada en ella—. Sea como sea, esto no es casualidad. Quien lo hizo sabía exactamente lo que hacía.

Reyna resopló y empezó a pasearse de un lado a otro; el repiqueteo constante de sus botas contra el pavimento llenaba el silencio. —Veda no era de los nuestros. Ni siquiera era asidua de Southside. ¿Por qué iba alguien a atacarla para llegar a nosotros?

Daniels la observó con expresión indescifrable. —Quizás sabía algo que no debía. O quizás la usaban como moneda de cambio. Sea como sea, tenemos que averiguarlo antes de que esto vaya a peor.

Reyna se detuvo en seco y se volvió para encararlo. Se le tensó la mandíbula y entrecerró los ojos con suspicacia. —¿Crees que Lang podría estar detrás de esto?

Daniels lo sopesó mientras se le endurecía el gesto.

Lang había sido un fantasma del submundo durante años: un depredador escurridizo que orquestaba redes de trata de personas con brutal eficiencia.

Cerberus por fin lo había derribado, pero hombres como él dejaban sombras muy largas.

—Es posible —admitió—. Pero esto tiene algo...

personal. La gente de Lang no dejaría un rastro tan evidente.

Reyna cambió el peso de un pie a otro, con la tensión enroscándosele por dentro. La caída de Lang había sido una victoria, pero también había dejado piezas peligrosas esparcidas por el tablero. Alguien seguía jugando la partida.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó con voz cortante y decidida.

Daniels se acercó más y el aire entre ellos cambió.

Bajó la voz, serena pero autoritaria. —Empezamos por las conexiones de Veda.

Alguien sabía que tenía privilegios de invitada en Southside.

Eso no es información pública. Investigamos su vida, sus compañeros de juego, a cualquiera con quien pudiera haberse cruzado.

Reyna asintió mientras su mente ya calculaba los próximos pasos. —Llamaré al equipo. Haremos verificaciones de antecedentes y vigilancia de todos los de su entorno. Alguien tenía un motivo para ir a por ella.

Daniels vaciló medio segundo y luego habló, esta vez con la voz más baja. —Y Reyna...

Ella se volvió hacia él y arqueó ligeramente una ceja ante el cambio de tono.

—Ten cuidado —dijo él, con algo tácito entretejido en sus palabras—. Quien hizo esto no tiene miedo de recurrir a la violencia.

No quiero que te metas en algo de lo que no podamos sacarte.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, pero no le llegó a los ojos. —¿Te preocupas por mí, Daniels?

La respuesta fue inmediata, sin titubeos. —Siempre.

La confesión silenciosa quedó suspendida entre ellos y espesó el aire. Él le sostuvo la mirada, firme e inquebrantable. Por un momento, no se trataba solo del trabajo, del caso ni del recuento de cadáveres. Era algo más, algo que ninguno de los dos tenía el lujo de reconocer en ese momento.

Reyna exhaló, rompiendo el momento antes de que pudiera echar raíces. —Bueno, pues no te preocupes. No tengo claro que el FBI tenga que involucrarse en esto. Cerberus puede encargarse.

—Oficialmente, ni siquiera deberías estar aquí —replicó él con voz igual de cortante.

Reyna sintió el fuego familiar que siempre la invadía cuando Daniels intentaba imponer su autoridad fuera del club.

—Y sin embargo me llamaste. Podría señalar que esto no es asunto del FBI.

Es un homicidio local —espetó—. Esto es competencia del Departamento de Policía de Chicago, y estoy segura de que pedirán nuestra ayuda si la quieren.

Daniels no mordió el anzuelo. En cambio, mantuvo la mirada fija en la de ella, serena pero inquebrantable.

—La jurisdicción no importa cuando alguien escribe mensajes con su propia sangre —dijo con calma—.

¿Crees que el alcalde o el comisario de Policía van a ignorar eso?

Han pedido ayuda a la Oficina, y la van a tener.