La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

DANIELS

Presente

Lo primero que notó Daniels fue el silencio.

Antinatural, sofocante, como si alguien hubiera aspirado todo el aire del callejón detrás del exclusivo club BDSM.

El resplandor de la farola cercana proyectaba una luz tenue sobre la escena, suficiente para distinguir el cuerpo desplomado contra la pared de ladrillo. Se le revolvió el estómago.

—Mierda —murmuró entre dientes mientras sacaba un par de guantes del bolsillo del abrigo.

Los faros del coche patrulla iluminaban la zona y la escena parecía aún más surrealista.

El característico letrero de neón rojo de The Velvet Glove parpadeaba en lo alto, un contraste macabro con la mujer sin vida que yacía bajo su sombra.

La Domme era joven —treinta y tantos, calculó— con una cascada de cabello negro que le caía sobre los hombros.

Llevaba un elegante corsé de cuero y botas hasta el muslo, pero no era su llamativa apariencia lo que captaba la atención de Daniels.

Era el mensaje garabateado junto a ella, escrito inconfundiblemente con su propia sangre:

Cerber

Daniels se puso en cuclillas junto al cuerpo y recorrió la escena con ojos entrenados.

Los dedos de la mujer estaban manchados de rojo, las uñas irregulares y rotas, como si hubiera arañado el pavimento en sus últimos momentos.

Una herida de cuchillo le atravesaba el abdomen en diagonal, brutal pero imprecisa. Se había desangrado lentamente.

—Intentaba enviar un mensaje —murmuró. Su voz sonaba firme, pero la ira hervía bajo la superficie. Aquello no era solo un asesinato: era una declaración.

El detective Whitman, un policía local con más años en el cuerpo que la mayoría, permanecía a unos metros de distancia, el rostro pálido bajo el resplandor intenso de las luces del coche patrulla.

—El gerente del club dio el aviso. Dijo que era socia. No lleva identificación encima, pero el personal la reconoció. Dicen que se hace llamar «Mistress Veda».

Daniels apretó la mandíbula. Había oído ese nombre antes.

Veda no era socia del Club Southside, pero era conocida en el mundillo BDSM de Chicago.

Tenía fama de ir al límite en todo, tanto en el juego como en la vida.

Era el tipo de persona que atraía admiración y enemigos a partes iguales.

Estaba claro que uno de estos últimos la había encontrado.

—¿Algo más? —preguntó Daniels con voz cortante.

Harris vaciló.

—Solo esto.

Levantó una bolsa de pruebas sellada que contenía un collar de cuero negro. Estaba impecable, sin rastro de sangre, como si alguien lo hubiera colocado deliberadamente junto a ella.

A Daniels se le encogió el estómago. El collar no era de ella: Veda no llevaba collar. Era Domme, no sumisa. Quien lo hubiera dejado estaba enviando un mensaje, y él pensaba descifrarlo.

—Hay que recoger todas las pruebas que podamos y enviarlas al laboratorio —dijo Daniels, incorporándose—. Huellas, ADN, lo que encuentren.

Harris asintió, pero la preocupación le marcaba el rostro.

—¿Crees que esto tiene que ver con Cerberus?

Daniels no respondió de inmediato. Su mente iba a toda velocidad, encajando los fragmentos de lo poco que sabía.

Cerber tenía que ser Cerberus incompleto.

Cerberus no era solo un nombre: era una organización de seguridad privada con vínculos con el mundo BDSM.

Y también era el nombre del equipo de Reyna Marx.

La conexión no era solo escalofriante; era personal.

—No creo en las coincidencias —dijo Daniels por fin—. Quien hizo esto quería enviar un mensaje. O Cerberus es el objetivo, o quieren que pensemos que lo es.

Harris se frotó la nuca.

—¿Vas a llamar a los tuyos?

Daniels asintió con gesto sombrío.

—No creo que tenga otra opción.

Harris esbozó una sonrisa.

—El jefe y el alcalde estarán encantados de pasarle el marrón al FBI.

Más tarde, Daniels volvió a pensar en el sueño que había tenido la noche anterior: fragmentos de escenas de shibari y suspensiones que habían compartido a lo largo de los años.

La suave iluminación ámbar de la sala privada del Club Southside le jugaba malas pasadas y convertía la cuerda roja en sus manos en algo parecido a fuego líquido.

Se detuvo a unos metros de Reyna y se tomó un momento para observarla mientras ella permanecía en silencio en el centro de la habitación.

Su lengua afilada y sus defensas erizadas habían desaparecido esa noche, sustituidas por algo más sereno, casi vacilante.

Ella siempre era una tormenta, pero esa noche era el ojo.

No llevaba más que un simple tanga negro; su piel resplandecía bajo la tenue luz.

Los brazos le colgaban relajados a los costados, pero Daniels percibía la ligera rigidez de sus hombros, cómo sus dedos se curvaban levemente hacia las palmas.

Estaba nerviosa. En Reyna, el nerviosismo se disfrazaba de determinación.

—Todavía puedes decir que no —dijo Daniels con voz serena, aunque el cuerpo le vibraba de anticipación—. No tienes por qué hacer esto.

Ella le sostuvo la mirada, los ojos firmes a pesar del destello de incertidumbre que le cruzó el rostro.

—No he venido a decir que no, Daniels.

—Entonces dilo —replicó él con tono firme—. Quiero oírlo.

Ella dejó escapar un suspiro de frustración, pero no apartó la mirada.

—Quiero esto. Quiero intentarlo.

Con eso bastaba. Daniels asintió y se acercó con las cuerdas enrolladas en las manos. Sus movimientos eran deliberados, metódicos. Sabía que para ella aquello no era solo una suspensión: era rendirse a algo que no terminaba de entender. Tenía que guiarla hasta allí, paso a paso.

—Extiende los brazos —ordenó en voz baja pero firme.

Ella obedeció con movimientos fluidos, aunque la tensión de sus músculos delataba su aprensión.

Él le tomó las muñecas con manos firmes y comenzó a enrollar las cuerdas alrededor de su piel.

Cada nudo lo ataba con cuidado, preciso, sin prisa.

No le quitaba los ojos de encima mientras trabajaba, atento a cualquier señal de que estuviera reconsiderando.

—Estás conteniendo la respiración —dijo con suavidad, rozándole el antebrazo con los dedos—. Respira, Reyna.

Ella entreabrió los labios e inspiró despacio; los hombros se le relajaron un poco. Era un comienzo.

Mientras seguía tejiendo las cuerdas alrededor de su cuerpo, cruzándolas sobre el pecho y los muslos, Daniels le hablaba en tono sereno, y su voz la anclaba.

Le explicaba lo que hacía: cada nudo, cada vuelta, diseñados tanto para la belleza como para la función.

Ella apenas respondía, pero él veía cómo su atención se volvía hacia dentro, cómo la tensión se disipaba poco a poco mientras se dejaba hundir en el momento.

Cuando terminó, ella era una visión. Las cuerdas carmesí enmarcaban su cuerpo en diseños intrincados, realzando la curva de sus caderas y la fuerza de sus hombros. Tenía los brazos atados a la espalda, las piernas sujetas lo justo para permitirle moverse, pero no para darle control.

Daniels dio un paso atrás y la recorrió con la mirada.

—¿Cómo te sientes?

—Como si estuviera flotando —dijo ella, con la voz más suave que él le había oído jamás. Sin sarcasmo, sin mordacidad. Solo honestidad.

—Todavía no —respondió él, con un amago de sonrisa en los labios. Se acercó al sistema de suspensión y pasó las cuerdas por las poleas con soltura—. Vas a tener que confiar en mí, Reyna.

—Confío en ti —dijo ella, y por una vez, él le creyó—. No es la primera vez que hago esto.

—Lo sé —dijo él con paciencia—, pero ha pasado tiempo. Solo quiero asegurarme.

—Eres el puto Dom; ¿no se supone que deberías saberlo?

La tentación de gruñirle era fuerte, pero si le daba la oportunidad de marcharse, lo haría. También sabía que la suspensión era la forma más fácil de que ella alcanzara el subespacio.

Le colocó el arnés de vuelo y lo enganchó a las ataduras.

Tiró de las cuerdas despacio, elevándola del suelo centímetro a centímetro.

El cuerpo de ella se inclinó ligeramente hacia delante, suspendido en el aire como una delicada obra de arte.

Su respiración se hizo más profunda, la cabeza le cayó hacia delante y la rigidez de su cuerpo se fue disolviendo.

Daniels tensó las cuerdas lo justo para mantenerla segura y retrocedió a observar.

Esta era su parte favorita. No el acto de atar ni la satisfacción de una suspensión perfecta, sino este momento: ver a alguien soltarse.

Las defensas de Reyna, los muros que llevaba como armadura, se desvanecían con cada segundo que pasaba.

Los labios se le entreabrieron, los ojos se le cerraron con un aleteo y su cuerpo se meció suavemente en el aire.

La estaba encontrando: la paz que ni siquiera sabía que buscaba.

—Buena chica —murmuró, casi para sí. Las palabras no pretendían engatusarla ni animarla; eran un reconocimiento de lo que ella le estaba dando. Confianza. Entrega. Sumisión.

Durante varios largos momentos, la habitación quedó en silencio, salvo por el leve crujido de las cuerdas y el sonido de la respiración de ella. Daniels permaneció cerca, rozándole los tobillos y los muslos con las manos mientras comprobaba la resistencia y el equilibrio.

Ella apenas reaccionó a su contacto; la cabeza se le ladeó ligeramente. Subespacio. Lo había visto cien veces, pero con ella era diferente. Verla deslizarse hacia ese lugar tranquilo y eufórico le llegó a un sitio profundo, un sitio que no quería examinar demasiado.

—Eres hermosa así —susurró. Le posó la mano en el hombro un instante y luego retrocedió.

Finalmente, comenzó a bajarla, con cuidado de no perturbar la frágil serenidad que ella había encontrado.

Los pies de Reyna tocaron el suelo, pero no se movió.

Su cuerpo se apoyó en las cuerdas y el arnés, la respiración lenta y acompasada.

Daniels desconectó el arnés y le desató las muñecas; sus dedos trabajaron rápido para liberarla de las intrincadas ataduras.

Cuando deshizo el último nudo, ella dio un paso atrás con las piernas temblándole ligeramente. Daniels alargó la mano por instinto para sujetarla, pero ella lo rechazó con un gesto.

—Estoy bien —dijo con voz suave pero firme. Lo miró y sus labios se curvaron en una sonrisa perezosa que no le llegaba a los ojos—. Entonces, ¿esta es la parte en la que te la chupo?

—No tienes que hacer eso —dijo él, frunciendo levemente el ceño. Algo en el tono de ella sonaba... raro.

Ella ladeó la cabeza y lo estudió.

—Pero quieres algo. Los Doms siempre quieren.

—Reyna —dijo él con voz firme pero teñida de advertencia—. Esto no es una transacción.

Ella se acercó más y le rozó la pechera de la camisa con los dedos. Sus ojos brillaban con un desafío juguetón, pero había algo vacío detrás.

—Podría convertirlo en una —dijo, bajando la voz a un tono sensual—. Se me da bastante bien usar la boca.

La oferta quedó suspendida en el aire entre ellos, pesada e inequívoca. Por un momento, Daniels no pudo moverse, no pudo pensar. No porque no estuviera tentado —que Dios lo ayudase, lo estaba—, sino porque podía ver las grietas bajo la fachada de ella. Aquello no era seducción. Era autodefensa.

—No —dijo al fin con voz firme—. Esto no va de eso.

Ella enarcó una ceja y sus labios se curvaron en una leve sonrisa amarga.

—Como quieras.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y fue hacia su ropa. Se movía con una despreocupación que rozaba la indiferencia, como si nada de aquello hubiera importado. Sin aftercare, sin vulnerabilidad. Solo un encogimiento de hombros y un gesto de despedida.

Daniels la observó; quería detenerla, decirle que aquello no debería ser así. Que ella merecía más que los pensamientos oscuros que la habían llevado a ofrecerse como moneda de cambio. Pero no lo hizo. La dejó marchar, porque en el fondo sabía que no se habría quedado de todos modos.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Daniels se quedó solo en la habitación silenciosa, con el aroma de su piel aún flotando en el aire.

Debería haberse sentido satisfecho, orgulloso de la confianza que ella le había dado.

En cambio, se sentía vacío, como si ella se hubiera llevado algo de él al marcharse.