CAPÍTULO CUATRO
DANIELS
A la mañana siguiente, Daniels empujó la puerta de cristal de la oficina de campo del FBI en Chicago y la sostuvo el tiempo justo para que Reyna lo siguiera.
Ella no lo miró al pasar a su lado; sus botas repiqueteaban contra el suelo pulido, su postura era afilada y segura.
Se movía como si fuera la dueña del maldito lugar, aunque no tenía autorización para estar allí. Era impresionante e irritante a la vez.
—Por aquí —dijo Daniels con tono cortante, guiándola a través del control de seguridad.
Los agentes apostados cerca de la entrada miraron a Reyna y entornaron los ojos con curiosidad y, en algunos casos, con sospecha.
Iba vestida con sus habituales pantalones tácticos negros, una chaqueta de cuero sobre una camisa ajustada, y ese aire inconfundible de alguien capaz de destrozar a un hombre con sus propias manos.
Daniels ignoró las miradas, concentrado en llevarla a la sala de reuniones sin incidentes.
Reyna no dijo una palabra, pero él percibía cómo evaluaba todo a su alrededor: las salidas, las posiciones de las cámaras, probablemente incluso la rapidez con que podría neutralizar al guardia armado más cercano si fuera necesario.
Era puro instinto en ella, y él no sabía si eso lo irritaba o lo excitaba. Temía que fueran ambas cosas.
Cuando llegaron a la sala de reuniones, Daniels abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrara. Ella le lanzó una mirada rápida, con una ceja arqueada como diciendo: «Te estoy haciendo un favor, ¿recuerdas?». Él lo ignoró, entró tras ella y cerró la puerta.
La sala era pequeña, con una mesa de conferencias en el centro y una pantalla en la pared que mostraba un mapa de Chicago con varios puntos marcados en rojo.
Algunos agentes ya estaban sentados, incluido el Agente Especial Adjunto a cargo, Charlie Harris, que no parecía nada contento con la presencia de Reyna.
—Agente Daniels —dijo Harris con voz inexpresiva—. ¿Le importaría explicar por qué ha traído a una civil no autorizada a una reunión clasificada?
—No es una civil —respondió Daniels con tono uniforme, con el acero justo en la voz para dejar claro que no estaba de humor para debates—. Reyna Marx es de Cerberus. Su equipo está vinculado al mensaje que dejó nuestra víctima, y vamos a necesitar su perspectiva si queremos darle sentido a esto.
Harris desvió la mirada hacia Reyna, que se había sentado a la mesa y se reclinaba en la silla con ese desafío relajado que le crispaba los nervios a Daniels.
—Cerberus —dijo Harris lentamente, con desdén evidente—. Se refiere a los mercenarios privados que se creen por encima de la ley.
—Más bien la gente que limpia los desastres que ustedes no pueden —dijo Reyna con voz serena pero cortante—. No se preocupe, Harris. No estoy aquí para robarle la gloria. Solo la información, siempre que tenga alguna.
Daniels cerró los ojos medio segundo, obligándose a mantener la calma.
—Reyna.
Ella se encogió de hombros, se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa.
—¿Qué? Él empezó.
Harris apretó la mandíbula, pero no insistió. En cambio, señaló la pantalla.
—Vayamos al grano, entonces. La víctima, Mistress Veda, no era miembro del Club Southside, pero era muy conocida en el ambiente. Una Domme con reputación de discreción y, aparentemente, de crearse enemigos.
—¿Discreción? —repitió Reyna con tono escéptico—. No suena a alguien que terminaría desangrándose en un callejón. Si no querían que la encontraran, había muchos otros lugares para matarla, incluidas las salas de privacidad insonorizadas del Velvet Glove.
—Mire, aquí es donde se complica la cosa —dijo Harris, pulsando un botón para mostrar una foto de Veda en la pantalla—. Nuestra investigación descubrió vínculos entre Veda y un grupo que se hace llamar el Cartel Obsidiana.
Daniels frunció el ceño.
—Nunca he oído hablar de ellos.
Por un momento vio un destello en los ojos de Reyna. Ella sí había oído hablar de ellos, pero era evidente que no tenía intención de compartir esa información.
—Eso es porque no se anuncian —respondió Harris—. Operan dentro de la comunidad BDSM, pero la usan como fachada para actividades ilícitas: tráfico de personas, chantaje, extorsión. Sospechamos que Veda estaba involucrada con ellos o tenía información comprometedora sobre alguien que sí lo estaba.
Reyna se inclinó hacia delante, con la expresión aguzada.
—¿Y creen que quien la mató estaba enviando un mensaje a Cerberus? ¿Por qué?
—Por esto —dijo Harris, mostrando una imagen del collar encontrado en la escena—.
Esto no lo dejaron ahí solo por efecto dramático.
Es idéntico a los que el Cartel Obsidiana usa para sus sumisos: sumisos que no están jugando simplemente para satisfacer sus fetiches.
Son propiedad; algunos voluntariamente, otros no.
Reyna apretó la mandíbula y entornó los ojos.
—¿Y creen que Veda era una de ellos? Parece que han pasado por alto dos puntos importantes: uno, Veda era Domme, no sumisa; le habría cortado la polla a cualquier tipo que intentara ponerle un collar; y dos, no era miembro del Club Southside.
Eso pareció sorprender a Harris. Dios santo, el tipo al mando no sabía nada del mundillo y lo estaba dejando en evidencia.
—Bueno —empezó Harris—, alguien quería que pensáramos que Cerberus está conectado con esto.
—Ya me di cuenta de eso. Y la única conexión que podríamos tener es que estén usando a Veda para mandarnos un mensaje: que nos larguemos —espetó Reyna—. Nosotros no traficamos con personas. Detenemos a los cabrones que lo hacen.
—Y sin embargo aquí estamos —dijo Harris con retintín.
Daniels levantó una mano, interviniendo antes de que la conversación se descontrolara del todo.
—Aquí no se trata de echar culpas. Se trata de averiguar por qué mataron a Veda y quién está detrás.
Reyna le lanzó una mirada con los labios apretados en una línea fina, pero no discutió.
Se reclinó de nuevo y apoyó las manos sobre la mesa mientras Harris continuaba exponiendo el caso.
La tensión en la sala era palpable, pero Daniels mantuvo la concentración en lo que importaba.
Ya lidiarían con sus diferencias más tarde, si vivían lo suficiente para permitirse ese lujo.
Cuando terminó la reunión, Harris y los demás agentes salieron de la sala, dejando a Daniels y Reyna a solas. Ella no dijo nada al principio; se limitó a mirar el mapa en la pantalla como si contuviera las respuestas que necesitaban.
—No te fías de él —dijo Daniels por fin, rompiendo el silencio.
—¿Tú sí? Es un idiota que no tiene ni puta idea de nada —dijo ella, volviéndose para mirarlo. Tenía la mirada afilada, pero había algo vulnerable bajo la superficie, algo que jamás le dejaría ver si pudiera evitarlo.
Daniels se acercó más y bajó la voz.
—Reyna, esto no va de Harris. Se trata de que por una vez dejes que alguien te ayude.
—No necesito ayuda —dijo ella con la voz tensa—. Ni de él. Ni de ti.
—Gilipolleces —replicó Daniels con tono más duro—. No puedes hacer esto sola, por mucho que quieras creer que sí.
Ella abrió la boca para replicar, pero él no se lo permitió. Se acercó aún más, y su presencia llenó el espacio entre ambos.
—Tengo un puto equipo entero. Uno que me seguirá sin rechistar.
—Esto no va de control —dijo él, bajando la voz—. Va de supervivencia. ¿Quieres pelear conmigo? Bien. Pero no dejes que tu orgullo te impida encontrar a quien hizo esto. Veda se merece algo mejor.
Durante un momento, ella se limitó a mirarlo fijamente, con la respiración entrecortada, la mirada clavada en la suya.
El espacio entre ellos estaba cargado de electricidad, de esa tensión que le ponía todos los nervios en alerta.
Quería zarandearla, obligarla a entrar en razón.
Pero más que eso, quería alargar la mano, tocarla y recordarle que no estaba tan sola como creía.
—Bien —dijo ella finalmente, casi en un susurro—. Pero no creas ni por un segundo que voy a acatar tus órdenes, Daniels. No pienso aguantar esa mierda de yo Dom, tú sumisa.
Él se permitió una pequeña sonrisa de satisfacción.
—Ni se me ocurriría.
Ella puso los ojos en blanco, pero no se apartó cuando él retrocedió; el momento se había roto, aunque no olvidado. Daniels sabía que aquello era solo el principio, y que lo que viniera después tendrían que afrontarlo como equipo, aunque los matara.
Daniels se apoyó en el borde de la mesa de conferencias con los brazos cruzados, observando a Reyna.
Ella permanecía de pie frente a él, con el cuerpo en tensión y la mirada fija en las fotos desplegadas ante ella.
La iluminación tenue de la sala dejaba los rincones en penumbra; el único sonido era el zumbido grave del proyector.
El silencio entre ellos era cualquier cosa menos vacío.
—Estás demasiado tensa —dijo Daniels con voz baja y firme.
Reyna no levantó la vista.
—¿Y qué novedad es esa?
—Hablo en serio —dijo él, endureciendo el tono lo justo para captar su atención. Ella ladeó ligeramente la cabeza y alzó la mirada penetrante hasta encontrar la suya—. No vas a ver nada si estás así de tensa. Respira.
Ella entreabrió los labios, a punto de protestar, pero se contuvo.
En su lugar, inspiró hondo y el pecho se le elevó mientras obedecía.
Daniels observó el cambio sutil en su postura, cómo los hombros se le relajaban, cómo la tensión se disipaba.
No era mucho, pero bastaba para recordarle por qué se sentía tan atraído por ella.
Incluso sin darse cuenta, ella respondía a él.
—Mejor —dijo él, ahora con voz más suave—. Dime qué ves.
Reyna volvió la atención a las fotos y rozó una de las imágenes con los dedos. Era una captura granulada de una cámara de seguridad en la que se veía a Veda entrando en un bar de lujo del centro. Junto a ella había un hombre con el rostro parcialmente oculto por una gorra de béisbol.
—Esto —dijo ella, dando un golpecito en la foto—. Esto no cuadra. Veda no quedaba con nadie en público a menos que confiara en ellos.