CAPÍTULO 20 — La frontera que arde #4
—Ese caserío no es sólo una vivienda, Ainara —continuó Mathieu con voz firme, sin apartar la mirada de las luces del norte—.
Es un santuario de piedra caliza y vigas de roble centenario donde ningún funcionario de la DGSI francesa ni ningún mercenario de Viktor Sorokin se atreverá a entrar sin que los vecinos de Ustaritz den la voz de alarma mucho antes de que crucen el puente del río.
Mi madre conoce los caminos de contrabando entre las colinas, las bordas abandonadas donde se puede ocultar un vehículo durante semanas y los nombres de los viejos guardias de aduanas que jamás venderían a un vecino por una gratificación ministerial.
Si logramos cruzar la muga y llegar a Ustaritz esta noche, tendremos una base de operaciones inexpugnable a veinte minutos del centro de Bayona.
Ainara contempló la silueta de Mathieu recortada contra el abismo marino.
La ventisca sacudía las solapas de su abrigo y el salitre le escarchaba las cejas, pero en sus facciones no había la menor vacilación.
Durante los meses transcurridos desde que se conocieron en los pasillos de la Fiscalía de Bilbao, Ainara había visto en el inspector labortano a un técnico implacable, educado en la disciplina de Europol y en el análisis frío de flujos financieros opacos.
Sin embargo, en aquel promontorio barrido por la noche comprendió que bajo la armadura del funcionario internacional latía la misma herida abierta que la consumía a ella: la rabia de los que han visto a sus seres queridos aplastados por la soberbia del dinero sin que nadie pidiera perdón.
—En Zeebrugge, cuando asesinaron a Isabelle en los muelles —dijo Mathieu en un susurro que el rugido de las olas apenas lograba apagar—, me dijeron en la OLAF que fuera paciente.
Me dijeron que abriéramos un expediente administrativo, que solicitáramos un informe pericial a la policía belga y que esperáramos el curso ordinario de la justicia.
Tardaron tres años en cerrar el sumario sin un solo culpable.
Los contenedores de fertilizante sospechoso habían zarpado hacia los puertos francos de Turquía y los comisionistas rusos disfrutaban de sus yates en Mónaco.
Me prometí a mí mismo que jamás volvería a dejar que un burócrata con corbata de seda me dijera cuándo una vida tiene precio y cuándo un crimen debe quedar sepultado bajo el polvo de un archivo.
Cuando te vi en Eskoriatza, con la mano ensangrentada y la barbilla alta frente a los directores del Consejo Rector, supe que tú eras de la misma estirpe que los ferrones de mi tierra: gente que no dobla la rodilla aunque el fuego le queme las entrañas.
—¿Y qué haremos una vez en Bayona, Mathieu?
—preguntó Ainara, midiendo cada palabra con rigor procesal—.
Entrar en el número doce del Quai Chaho sin mandamiento judicial no es una diligencia de investigación; es un allanamiento de morada nocturno con fuerza en las cosas.
Si la Gendarmería nos sorprende en el interior del inmueble, el fiscal de la República en Bayona ordenará nuestra detención inmediata.
No habrá inmunidad diplomática de la OLAF ni aforamiento judicial de la Fiscalía española que nos salve del banquillo penal.
Mathieu sonrió con una frialdad sombría, en la que asomaba la determinación salvaje de sus antepasados navegantes:
—En la OLAF aprendí que los grandes arquitectos del fraude internacional como Hagen y Sorokin prosperan precisamente porque saben que los magistrados y los fiscales siempre se detienen en la raya invisible que traza el mapa administrativo.
Cuentan con que el miedo a perder el estatus y la comodidad procesal paralice a los hombres y mujeres honrados.
Saben que un juez tardará semanas en redactar una comisión rogatoria y que para cuando el exhorto llegue al juzgado competente, el delito habrá prescrito o las pruebas se habrán volatilizado en una nube de ceros y unos.
Pero nosotros tenemos la ventaja que ellos no pueden prever: tenemos las coordenadas exactas de la máquina, el nombre del volumen cifrado Atlas-2024.
tc , la contraseña isabelle2022 que Deschamps me confesó antes de expirar y la ubicación física de la llave USB de titanio oculta tras el cabecero de la cama.
El viento del Cantábrico levantó una ráfaga de espuma marina que salpicó las mejillas de ambos como una bendición salobre.
Ainara contempló el perfil de Mathieu: su mandíbula apretada, la sombra de dolor en sus ojos por el recuerdo de la mujer asesinada en el puerto de Zeebrugge y esa lealtad visceral que no entendía de límites jurídicos cuando la verdad estaba en peligro de muerte.
—Si entramos en ese piso y volcamos el disco duro en una unidad externa —añadió el inspector—, no necesitaremos que ningún tribunal francés valide la entrada como prueba de cargo en un juicio ordinario.
Subiremos los archivos a los servidores seguros del consorcio internacional de periodistas de investigación en Bruselas y los enviaremos simultáneamente a las redacciones de Le Monde , Der Spiegel y El País .
Cuando el lunes por la mañana Patricia Hagen se siente en la sala de prensa de la Comisión Europea para anunciar la liquidación del Concierto Económico, los periodistas tendrán sobre sus mesas las copias de sus correos electrónicos cifrados y las transferencias de Dubái que demuestran que vendió la soberanía de este país por un asiento en el consejo de administración de una multinacional siderúrgica de Fráncfort.
Ainara extendió los dedos enguantados y tomó la llave de hierro de la mano de Mathieu.
El contacto del metal helado contra el cuero del guante le transmitió una sacudida eléctrica que le recorrió el brazo hasta el pecho.
Cerró el puño con fuerza sobre el paletón y la cinta roja, sintiendo la solidez inmutable del hierro forjado:
—Mi padre Josu me decía siempre una frase de los viejos ferrones de Oñati y Arantzazu: «Burdina berotan landu behar da» .
El hierro se trabaja mientras está caliente; cuando se enfría, sólo sirve para romperse o para oxidarse en el rincón de un desguace.
En Martutene intentaron matar la causa asesinando al testigo; en Bruselas y Madrid intentan matar nuestro futuro confiscando nuestras fábricas.
No voy a quedarme sentada en un despacho de Donostia esperando a que un ujier me entregue la notificación de cese de la Fiscalía General.
Vamos a Ustaritz, Mathieu. Vamos a buscar ese servidor a Bayona y forjemos la sentencia con el fuego que ellos mismos han encendido.
♦ ♦ ♦
A las ocho y diez minutos de la noche, el vehículo abandonó la explanada del mirador de Jaizkibel e inició el descenso por la vertiente oriental de la montaña, en dirección a Hondarribia y al valle del bajo Bidasoa.
La lluvia había cesado momentáneamente, sustituida por una niebla densa y fría que ascendía desde los cañaverales de la bahía de Txingudi envolviendo los taludes de la carretera en una penumbra fantasmal.
Ainara conducía con los sentidos en máxima alerta.
Su mano derecha descansaba sobre el pomo de la palanca de cambios de cinco velocidades, sintiendo las vibraciones secas del motor diésel.
El reloj Certina DS de su padre Josu, con su esfera blanca inalterable y su pulsera de eslabones de acero inoxidable, marcaba las ocho y doce minutos bajo la bocamanga arremangada de su blusa de seda oscura.
Aquel reloj mecánico, rescatado del cajón de la mesilla de noche de Durango tras la muerte de su padre, era mucho más que un instrumento para medir el tiempo: era el testigo mudo de una promesa de justicia que ahora se adentraba en territorio desconocido, más allá de los códigos procesales y de los despachos oficiales.
A su lado, Mathieu mantenía el teléfono satelital apagado y la batería extraída de su compartimento trasero para evitar cualquier triangulación de señales telemáticas a través de los repetidores de telefonía móvil instalados en la cima de Jaizkibel y en el monte Larrún.
El inspector labortano colocó su mano izquierda sobre la de Ainara, entrelazando sus dedos con una presión firme, cálida y serena sobre la palanca de cambios.
Al descender por la vertiente de Hondarribia, el vehículo dejó a la derecha el casco histórico amurallado, con la imponente silueta del castillo de Carlos V —convertido en parador de turismo— dominando la bocana del puerto.
En la calle San Pedro del barrio de la Marina, las tradicionales casas de pescadores con sus balcones de madera pintados en verde, azul y rojo marinero permanecían en penumbra tras los temporales del invierno.
En aquellas tabernas del muelle, los patrones de bajura solían descargar el bonito del norte y la merluza del Cantábrico; esta noche, sin embargo, los pantalanes se mecían desiertos bajo una llovizna persistente que borraba la línea del horizonte.
En el asiento del copiloto, Mathieu encendió brevemente la pantalla de su receptor de radio portátil sintonizado en la frecuencia de noticias de France Info. La locutora leía con voz aséptica el boletín de las ocho de la tarde:
«Urgente desde Bruselas: la Comisión Europea acaba de anunciar la apertura formal de una investigación profunda contra las medidas fiscales del País Vasco español por presuntas ayudas de Estado ilegales.
La comisaria de Competencia, Patricia Hagen, ha declarado que la Unión no tolerará santuarios tributarios que distorsionen el mercado único en el sector metalúrgico y aeroespacial.
La noticia coincide con el fallecimiento en circunstancias no esclarecidas en la prisión de San Sebastián del ciudadano francés Sylvain Deschamps, presunto cerebro de una red de fraude contable transfronterizo... »
Mathieu apagó el receptor con un chasquido seco. Sus ojos se clavaron en el puente que se aproximaba: