CAPÍTULO 20 — La frontera que arde #5
—El engranaje propagandístico de Hagen ya está en marcha. Para la opinión pública europea, nosotros somos los defraudadores y ellos son los defensores de la ley. Mañana por la mañana no habrá un solo periódico en París o Berlín que no abra con el titular del fraude cooperativo vasco.
El contacto de su piel transmitió a Ainara una corriente de seguridad inmediata.
Durante semanas de investigación febril entre los archivos fiscales de Bilbao, las naves industriales de Fagor Ederlan en Eskoriatza, las curvas heladas del puerto de Deskarga en Bergara y los pasillos ensangrentados de Martutene, habían operado como dos profesionales de la ley blindados tras la distancia aséptica del deber institucional.
Pero en aquel instante, en el umbral exacto de la muga internacional, la complicidad profesional se había transformado en una alianza íntima y absoluta, indestructible como el acero templado en los hornos del Deba.
—¿Por dónde cruzaremos, Mathieu? —preguntó Ainara sin apartar los ojos del trazado sinuoso de la calzada que descendía entre caseríos silenciosos hacia el casco urbano de Hondarribia—.
La autopista AP-8 en el peaje de Biriatou estará tomada por la Gendarmería y por los controles antiterroristas de la Policía Nacional.
Si Madrid ha emitido una alerta previa de localización, nuestras matrículas saltarán en los lectores automáticos de la Dirección General de Tráfico antes de que toquemos la primera cabina francesa.
—No tocaremos la autopista —respondió Mathieu con voz pausada y precisa—.
Bajaremos por el barrio de Amute hacia el centro de Irún y enlazaremos con la avenida de Iparralde.
Cruzaremos por el puente internacional de Santiago sobre el río Bidasoa.
A pie de puente hay un control conjunto de la Policía Nacional española y la Police aux Frontières francesa, pero a esta hora de la noche, con el temporal arreciando y el tráfico de trabajadores transfronterizos regresando a Hendaya, la vigilancia se concentra en los furgones de carga pesada y en el transporte colectivo de viajeros.
Pasaremos a velocidad constante, sin frenar ni acelerar en el paso de cebra peatonal, como dos residentes habituales que vuelven a casa a cenar.
El vehículo cruzó la rotonda de entrada a Irún, dejando a la izquierda las instalaciones del aeropuerto de San Sebastián y los muelles fluviales de Hondarribia.
Las calles de la ciudad fronteriza presentaban ese aspecto gris, apresurado y húmedo característico de las noches de invierno en la muga: tiendas de tabaco y licores cerrando sus persianas metálicas, supermercados de descuento con los aparcamientos medio vacíos y grupos de vecinos cruzando bajo paraguas negros hacia las paradas del tren de cercanías de Euskotren.
El río Bidasoa discurría a escasos metros a la izquierda, ensanchándose en las marismas de Plaiaundi antes de desembocar en el estuario de Txingudi.
A menos de un kilómetro aguas arriba del puente de Santiago, envuelta en la oscuridad brumosa del estuario, descansaba la Isla de los Faisanes: ese diminuto islote fluvial de poco más de tres mil metros cuadrados que desde la firma del Tratado de los Pirineos en 1659 constituía el condominio más antiguo del planeta, cuya soberanía alternaba cada seis meses entre la corona española y la república francesa.
Aquel pedazo de limo y vegetación ribereña, donde Diego Velázquez había decorado el pabellón real para las bodas de Luis XIV y la infanta María Teresa, era el testimonio pétreo de cómo dos imperios habían pactado una frontera artificial dividiendo a un pueblo que hablaba la misma lengua milenaria en las dos orillas.
Para Ainara, cruzar el Bidasoa no suponía una huida hacia el destierro; era una vuelta a las raíces de una comunidad indivisible que no reconocía las aduanas de los tratados monárquicos:
—Bidean gaude, Mathieu —dijo la fiscal con voz queda y segura mientras el coche dejaba atrás las últimas farolas de Irún—. Estamos en el camino. No daremos un solo paso atrás.
—Inoiz ez, Ainara —respondió Mathieu con fervor—. Nunca más atrás.
A la derecha se alzaban las vías de la Estación Internacional de Hendaye-Irún, donde las catenarias ferroviarias brillaban bajo la lluvia con chispazos azulados.
Aquel laberinto de raíles, donde durante más de un siglo se realizaba el cambio de ancho de vía entre la red ibérica y la red europea normalizada, constituía el símbolo físico de una España históricamente aislada del continente por la barrera pirenaica.
Para Ainara, cruzar esas vías no era un simple tránsito administrativo: era adentrarse en el espacio donde las fronteras de los Estados se desdibujaban frente a la memoria viva de una comunidad milenaria.
Al encarar la recta final de la avenida de Iparralde, las farolas de vapor de sodio iluminaron la estructura de hormigón y barandillas verdes del puente internacional de Santiago.
Debajo de sus ojos de buey, las aguas oscuras y crecidas del Bidasoa fluían con fuerza hacia la bahía, arrastrando ramas desgajadas por el temporal y restos de fango de las marismas altas de Behobia.
Aquel puente centenario, escenario de intercambios históricos de prisioneros, tratados internacionales y huidas desesperadas, marcaba la frontera física entre dos reinos y dos repúblicas, pero en la memoria viva de la comarca no era más que una pasarela entre dos barrios de un mismo pueblo.
Al otro lado del río, bajo las marquesinas acristaladas del antiguo puesto aduanero francés de Hendaya, dos furgones de la Police Nationale permanecían estacionados con las luces de posición encendidas.
Cuatro agentes con impermeables reflectantes azules y chalecos antibalas patrullaban el carril de entrada a Francia, haciendo señas con linternas luminosas a los vehículos que se aproximaban desde el lado español.
Ainara redujo a tercera velocidad. El motor ronroneó con suavidad. Su mano derecha apretó los dedos de Mathieu con una fuerza instintiva:
—Hemen dator muga, Mathieu —susurró la fiscal en euskera, sintiendo cómo el corazón le latía con una cadencia pesada contra las costillas—. Aquí viene la frontera.
—Ez izan beldurrik, maitea —respondió Mathieu con una voz grave y dulce que resonó en el habitáculo como un bálsamo protector—.
Ya no hay vuelta atrás. Más allá de este puente está Labort, está la memoria de nuestros muertos y está la verdad que intentan destruir.
Deja que el coche ruede con suavidad, sin mirar a los guardias.
El vehículo subió al tablero del puente internacional de Santiago.
Las ruedas metálicas sobre las juntas de dilatación del puente emitieron dos chasquidos secos y rítmicos: clac-clac...
clac-clac . Durante tres segundos, el coche flotó sobre el cauce internacional del río Bidasoa, en esa franja de tierra de nadie donde la soberanía de los Estados se disuelve en el agua que corre hacia el mar abierto.
Al aproximarse a la garita de control francesa, un gendarme joven levantó la linterna de señales, iluminando fugazmente los rostros de Ainara y Mathieu a través del parabrisas mojado.
Ainara mantuvo la mirada al frente, imperturbable, con el perfil sereno y la barbilla alta, sin alterar un solo milímetro la trayectoria del volante.
El policía francés vaciló un instante, observó la placa de matrícula ordinaria del vehículo, bajó la linterna hacia el asfalto mojado y trazó un movimiento circular con el brazo, indicándoles que continuaran la marcha sin detenerse.
Ainara pisó el acelerador con suavidad. El vehículo superó la barrera abierta de la aduana y se adentró en la calzada empapada del bulevard del General de Gaulle en Hendaya.
Habían cruzado la muga.
Atrás quedaban los despachos de la Fiscalía en Donostia, los requerimientos de inhibición de Madrid, los muros sombríos del penal de Martutene y la tranquilidad engañosa de una legalidad que protegía a los poderosos mientras sacrificaba a los inocentes.
Delante de ellos, extendiéndose hacia el norte a lo largo de las carreteras comarcales de Labort y las sombras del río Nive, se abría el camino hacia el refugio familiar de Ustaritz, hacia el servidor clandestino del Quai Chaho de Bayona y hacia la batalla final, a tumba abierta y sin cuartel, que librarían en las páginas de La muga roja , donde la frontera dejaría de ser un límite para convertirse en el epicentro de la resistencia foral vasca.