CAPÍTULO 20 — La frontera que arde #3
—La Secretaría de Estado de Hacienda en Madrid ha emitido una nota interna clasificada como confidencial.
Sostienen que para evitar una sanción general contra el Reino de España que comprometa el desembolso de los próximos tramos de los fondos comunitarios de recuperación, el Estado no formulará recurso de anulación ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea salvo que las Diputaciones Forales acepten previamente la cesión de la tutela financiera y la armonización de las figuras tributarias forales con el régimen común del territorio del Estado.
En términos llanos, Ainara: Madrid está dispuesto a pactar con Berlín y Bruselas a costa de nuestro régimen foral.
Quieren utilizar la amenaza de la multa comunitaria como una palanca política irreversible para liquidar el Concierto Económico y someter la capacidad fiscal vasca al control directo del Ministerio de Economía.
—Una traición histórica disfrazada de disciplina comunitaria —dijo Mathieu con desprecio—.
Los conglomerados siderúrgicos alemanes de Renania del Norte-Westfalia llevan una década perdiendo cuota de mercado frente a las aleaciones avanzadas de Mondragón y la tecnología aeroespacial vasca.
No pueden competir con nuestra productividad ni con el modelo cooperativo de reinversión social, de modo que utilizan a sus comisarios en Bruselas y a sus aliados en Madrid para estrangularnos por decreto.
—El lehendakari ha convocado un consejo de gobierno extraordinario en Ajuria Enea para las nueve de la noche —añadió Mendieta—.
Pero estamos jurídicamente atados de pies y manos.
La Comisión basa su procedimiento en una denuncia documentada con auditorías forenses que imputan a la dirección de Fagor Ederlan falsedad contable y triangulación mercantil opaca con sociedades radicadas en Suiza y Luxemburgo.
Sin las actas de descargo ni los servidores originales que demuestren que esas auditorías fueron falsificadas por Kepa Arostegui y Sylvain Deschamps, las alegaciones del Gobierno Vasco serán desestimadas de plano en Bruselas.
—Nosotros tenemos la confesión de Deschamps grabada en Martutene —afirmó Ainara—. Confesó la autoría de los informes falsos, la trama de los pagarés saboteados y la orden directa recibida desde Dubái.
—Deschamps está muerto, Ainara —cortó Mendieta con brutalidad—.
Su homicidio en el interior de Martutene acaba de ser difundido por los teletipos de todas las agencias de noticias del continente.
La Fiscalía General del Estado ha reaccionado como un resorte mecánico: la Secretaría Técnica ha cursado un requerimiento de inhibición perentorio al Juzgado de Instrucción número uno de Bergara, ordenando que el juez Fernando Irazábal y tú remitáis la totalidad de las diligencias previas y las piezas de convicción al Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional antes de las diez de la noche.
Invocan razones de alta seguridad del Estado y orden público europeo.
Si no entregas el expediente y la grabadora antes de esa hora, la Fiscalía Superior en Bilbao tiene orden de decretar tu suspensión cautelar inmediata y abrirte expediente por delito de desobediencia judicial grave.
Ainara clavó los ojos en el parabrisas mojado, donde las gotas de lluvia se estrellaban como lágrimas heladas:
—Si entrego esas diligencias a la Audiencia Nacional, viceconsejero, la causa será archivada bajo secreto de sumario en un cajón de Madrid y la verdad morirá con Deschamps. No voy a entregar las carpetas.
—¡Ainara, vas a arruinar tu vida! —clamó Mendieta con desesperación—. Te inhabilitarán. Te procesarán penalmente. No volverás a ejercer el derecho en este país.
—El derecho no es un sueldo a fin de mes ni una plaza consolidada en el escalafón, viceconsejero —sentenció la fiscal con una serenidad majestuosa y definitiva—.
Mi padre Josu se quitó la vida en la soledad de su taller en Durango con un pagaré quebrado en la mano mientras los burócratas miraban hacia otro lado.
No permitiré que hagan lo mismo con tres mil familias de Mondragón.
Si el precio de defender la verdad es perder la toga, que vengan a quitármela a la muga.
Ainara pulsó la tecla roja del teléfono, cortando la comunicación de raíz. En el interior del coche sólo quedó el silbido del viento y el latido desbocado de dos voluntades que acababan de romper todas las ataduras con el poder establecido.
♦ ♦ ♦
El silencio que siguió a la llamada de Lakua se prolongó durante varios minutos, espeso y gravitatorio, como el aire que precede al colapso de una bóveda minera.
Fuera, sobre las rocas desnudas del mirador de Jaizkibel, la ventisca arreciaba levantando espumas blancas en los rompientes del cabo de Higer.
La línea de costa francesa parecía ahora más cercana y a la vez infinitamente más peligrosa: un territorio extranjero donde la jurisdicción de la Fiscalía de Gipuzkoa no tenía validez alguna y donde cualquier actuación procesal sin comisión rogatoria formal constituía un delito tipificado en el Código Penal francés.
Mathieu abrió la puerta del copiloto y bajó del coche.
El viento helado le azotó el rostro, revolviéndole el cabello oscuro empapado de lluvia.
Caminó diez pasos hasta el borde mismo del cantil de arenisca, donde la roca caía verticalmente hacia el abismo de olas rugientes, y clavó la mirada en las luces doradas de Hendaya, San Juan de Luz y Bayona.
Ainara se apeó tras él, ajustándose el cinturón del abrigo de paño gris.
El frío le caló los huesos al instante, disipando cualquier rastro de cansancio mental.
Se colocó a su lado, sintiendo el hombro de Mathieu rozando el suyo en una complicidad tácita forjada a través de emboscadas en Oñati, persecuciones en el puerto de Deskarga y salas de autopsias en Donostia.
—Mendieta tiene razón en una sola cosa —dijo Ainara, contemplando el abismo marino—.
Si Madrid toma el control de las diligencias previas, el servidor de Bayona no será registrado jamás.
La Audiencia Nacional tardará seis meses en tramitar una orden europea de investigación ante el Tribunal Judicial de Bayona.
Para cuando un juez de instrucción francés autorice la entrada en el piso del Quai Chaho, los administradores de Atalante Capital habrán enviado a un equipo de limpieza forense para retirar los discos duros, desmantelar las conexiones y quemar la documentación societaria.
Y el lunes por la mañana, cuando Patricia Hagen dé su rueda de prensa en Bruselas, las cooperativas de Mondragón estarán sentenciadas a muerte sin haber podido presentar una sola prueba en su defensa.
—Ustaritz no es un pueblo cualquiera en la memoria de este país, Ainara —añadió Mathieu, señalando hacia el interior de los valles de Labort que se adivinaban tras las brumas de la costa—.
Antes de que la Revolución Francesa de 1789 aboliera los fueros vascos de un plumazo jacobino y creara la ficción administrativa del departamento de los Bajos Pirineos, Ustaritz era la capital jurídica y política histórica de Labort.
Allí se reunía el Biltzar , la asamblea foral de los hombres libres de los pueblos, bajo la sombra de los robles comunales.
Allí los representantes de los caseríos decidían sobre sus propios impuestos, sobre el aprovechamiento de los montes y sobre el derecho de vecindad sin someterse a los intendentes de Burdeos ni a los ministros de París.
Mi familia ha vivido en esa ribera del Nive desde el siglo diecisiete; el caserío Larre-Ostatua tiene grabada en su dintel de piedra arenisca la fecha de 1642 y el lazo de ocho puntas.
Cuando los jacobinos guillotinaron a los procuradores forales o cuando los nazis instalaron su cuartel de aduanas en el puente, la gente de Ustaritz no huyó a las ciudades: se replegó en las colinas y resistió en silencio.
Mathieu metió la mano derecha en el bolsillo interior de su cazadora de cuero negro.
Sus dedos rozaron la herida vendada del hombro antes de extraer un objeto pesado y metálico envuelto en un pañuelo de seda oscura.
Retiró la tela con movimientos pausados y ceremoniosos, revelando una llave de hierro forjado de unos diez centímetros de longitud, con paletón de doble guarda y un lazo de cinta de tela roja anudado en el ojo.
—Esta llave pertenecía a mi abuelo Jean-Baptiste —dijo Mathieu, sosteniéndola sobre la palma de su mano abierta frente al resplandor distante de la costa de Iparralde—.
Abre la cancela exterior y la puerta de roble del caserío familiar de Ustaritz, a orillas del río Nive, a quince kilómetros al sur de Bayona.
Mi madre vive allí sola desde que mi padre murió en los muelles de Boulogne.
En ese caserío, durante la Segunda Guerra Mundial, mi familia formó parte de la red de evasión Comète , organizada por la resistencia belga y vasca bajo el liderazgo de Andrée De Jongh.
Los mugalaris de la cuenca del Nive ocultaban en el pajar a los aviadores aliados derribados en los cielos de Francia y Bélgica, y los guiaban a pie, sorteando las patrullas de la Gestapo, a través de los hayedos de Aldudes y el collado de Izpegi hacia el valle de Baztan para ponerlos a salvo en territorio neutral.
Ainara miró la llave de hierro. El metal oscuro conservaba la pátina rugosa del trabajo artesanal de los herreros de Labort de principios del siglo pasado, con diminutas muescas en el paletón que atestiguaban décadas de inviernos y resistencia.