CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre #4
El pasillo central de la enfermería de Martutene era una garganta de hormigón desnudo de sesenta metros de longitud, construida sobre el lecho aluvial del Urumea, donde la humedad de las crecidas invernales rezumaba a través de las juntas de dilatación como un sudor frío y continuo.
A lo largo de siete décadas de historia carcelaria, aquel corredor había presenciado intentos de fuga desesperados, motines sofocados con botes de humo y agresiones violentas entre clanes rivales del crimen organizado internacional.
En los años más oscuros del penal, los internos de mayor peligrosidad eran trasladados por ese mismo suelo bajo escolta reforzada con armas automáticas; ahora, el centro envejecido agonizaba entre la escasez crónica de personal y la precariedad de unas instalaciones obsoletas donde los sistemas de videovigilancia sufrían caídas constantes provocadas por las sobrecargas del temporal.
Krasniqi había calculado su emboscada con la precisión milimétrica de un zapador balcánico.
El sicario kosovar sabía que el cambio de turno de las seis de la tarde dejaba los puestos de control intermedios bajo la supervisión de un único funcionario en la garita central, mientras los ordenanzas de mantenimiento retiraban las bandejas metálicas de la cena.
La varilla de acero templado que empuñaba no procedía de un desecho ordinario; había sido sustraída del taller de mantenimiento mecánico del penal, recortada con una sierra de mano para metales y rebajada pacientemente contra el zócalo de granito de la lavandería hasta lograr un filo lanceolado capaz de perforar un chaleco antipunzón de dotación.
Cuando el recluso irrumpió en la galería técnica, sus pupilas estaban dilatadas por la adrenalina pura.
No buscaba una fuga imposible ni pretendía negociar con la dirección penitenciaria: en las redes de Europa del Este vinculadas a Viktor Sorokin, un contrato no admitía prórrogas ni cancelaciones.
El precio de la sangre ya había sido garantizado en Pristina, y la eliminación de Deschamps antes de que su declaración llegase a la Audiencia Nacional constituía la única salvaguarda para su propia vida.
Al llegar al recodo donde el pasillo de la enfermería se bifurcaba hacia el montacargas de servicio y la cancela de acceso al rastrillo principal, la puerta metálica de la sala de calderas de vapor se abrió de golpe.
No hubo aviso previo, ni grito de amenaza, ni un solo segundo de vacilación.
Un hombre corpulento vestido con el buzo gris de los internos de mantenimiento de la cocina central irrumpió en el pasillo con la velocidad fulminante de un depredador entrenado.
Era Arben Krasniqi. El recluso kosovar no estaba en la celda de castigo donde el director creía haberlo confinado; alguien dentro del engranaje penitenciario le había facilitado una llave maestra de paso o había dejado deliberadamente sin cerrojo la puerta de servicio de la lavandería para que pudiese acceder a la galería técnica.
Caminaba empuñando un periódico doblado bajo el cual ocultaba el arma homicida.
En su mano derecha, sujeta con fuerza entre los dedos desnudos mediante un vendaje de gasa empapada en resina para evitar que el sudor resbalara, brillaba un pincho carcelario de fabricación artesanal: una varilla de acero templado de treinta centímetros, afilada a cuatro caras como una bayoneta militar a partir de un fleje de muelle de suspensión industrial, con la punta endurecida al fuego de un soplete de fontanería.
—¡Cuidado! —bramó Mathieu, abalanzándose hacia adelante con el hombro derecho por delante para interponerse entre el atacante y Ainara.
Pero el objetivo del sicario no era la fiscal ni el inspector de Eurojust.
Krasniqi arrolló al primer funcionario de prisiones con una bofetada brutal del antebrazo izquierdo que lo estrelló contra los azulejos de la pared, esquivó el intento de placaje del segundo guardia con una finta ágil y se lanzó en carrera directa sobre Sylvain Deschamps.
El financiero francés sólo tuvo tiempo de girar el rostro con los ojos desorbitados por el espanto y levantar las manos abiertas en un gesto instintivo de súplica:
—¡No...!
El sicario descargó el pincho de acero con la frialdad mecánica de un matarife profesional entrenado en las guerras de los Balcanes.
La primera puñalada penetró con un chasquido sordo y húmedo en el hipocondrio derecho de Deschamps, atravesando el lóbulo hepático y rompiendo el cartílago costal.
La segunda estocada, lanzada de abajo hacia arriba con todo el peso del cuerpo de Krasniqi, entró en el bajo vientre, perforando la pared muscular y desgarrando los intestinos.
Y la tercera, la más mortífera, quirúrgica y calculada, fue clavada con una torsión salvaje en el triángulo de Scarpa de la ingle izquierda, seccionando limpiamente la arteria femoral profunda en su bifurcación con la ilíaca externa.
Un chorro espeso, caliente y continuo de sangre arterial de color rojo oscuro brotó a presión a través del tejido rasgado del pantalón de chándal, salpicando las paredes blancas alicatadas, el suelo de terrazo y las mangas de la camisa de Mathieu con la fuerza de una tubería rota bajo ciento veinte milímetros de mercurio de presión sistólica.
Deschamps emitió un gorgoteo ahogado, se dobló sobre sí mismo como un muñeco de trapo al que le hubieran cortado los hilos y se desplomó pesadamente sobre las baldosas en mitad de un charco escarlata que crecía a una velocidad pavorosa.
Mathieu llegó sobre el atacante una décima de segundo después.
A pesar del dolor desgarrador que la clavícula herida le envió a través del omóplato, el inspector labortano descargó un golpe seco con la base de la palma en la mandíbula de Krasniqi, haciéndole perder el equilibrio, y lo proyectó contra el marco de acero de la cancela mediante una llave de inmovilización judo.
El arma homicida cayó al suelo con un tintineo metálico agudo, rebotando sobre el pavimento ensangrentado.
El segundo funcionario de prisiones y el inspector Gorka Atxaga, que acababa de irrumpir en el pasillo con la porra extensible desplegada tras escuchar los gritos, se arrojaron sobre el preso kosovar, reduciéndolo contra el suelo y colocándole los grilletes de acero con una violencia desesperada.
Krasniqi no ofreció resistencia. Con la mejilla aplastada contra las baldosas ensangrentadas, el sicario clavó sus ojos inexpresivos en el cuerpo moribundo de Deschamps y dejó escapar una sonrisa gélida y muda. Su misión estaba cumplida.
♦ ♦ ♦
—¡Un torniquete! ¡Traed un torniquete de combate y gasas hemostáticas de la farmacia de guardia, rápido! —gritó Mathieu mientras caía de rodillas sobre el charco de sangre que empapaba el terrazo del pasillo.
Ainara se arrodilló a su lado sin importarle que el bajo de su abrigo de lana gris se empapara en el líquido viscoso y caliente que manaba de la ingle de Deschamps.
Con las manos desnudas, la fiscal presionó con todas sus fuerzas sobre el pliegue inguinal del financiero, hundiendo los dedos sobre la arteria rota en un intento desesperado por contener la hemorragia masiva que amenazaba con vaciar el cuerpo del testigo en menos de dos minutos.
La presión arterial era tan brutal que la sangre caliente se escapaba entre los dedos de Ainara, tiñéndole las uñas, las muñecas y los puños de la camisa.
—¡Aguante, Deschamps! ¡Quédese conmigo! —ordenó Ainara con una voz ronca y urgente, sintiendo bajo las palmas el latido débil, acelerado y trémulo de un corazón que se quedaba sin caudal.
Dos sanitarios de la prisión llegaron a la carrera empujando un carro de paradas con desfibrilador, cánulas de intubación y sueros fisiológicos de reposición rápida.
Uno de ellos colocó un torniquete táctico de molinete sobre el muslo del herido, apretando la cincha de nailon con giros desesperados de la varilla de plástico, pero la herida estaba situada demasiado arriba, prácticamente en el ligamento inguinal, lo que impedía que la compresión mecánica estrangulase el vaso por encima de la rotura.
El médico de guardia rasgaba la camiseta de Deschamps para colocar los parches adhesivos del monitor cardíaco e intentaba empaquetar la herida con gasas impregnadas en caolín hemostático, pero la sangre las expulsaba al instante con cada sístole agónica.
El pitido del monitor resonaba en el pasillo con una frecuencia errática y sincopada: ciento sesenta pulsaciones por minuto que caían en picado a medida que el shock hipovolémico colapsaba el sistema circulatorio.
Deschamps abrió los ojos. Sus pupilas estaban completamente dilatadas, veladas por esa capa grisácea y vidriosa que anuncia la llegada inminente de la muerte.
Sus labios, azulados por la falta de oxígeno, se movían sin emitir sonido hasta que su mano izquierda, manchada de su propia sangre, se alzó con un temblor agónico y aferró la manga de la gabardina de Mathieu con los dedos crispados como garras.
Mathieu se inclinó sobre él, acercando el oído a escasos centímetros de la boca del moribundo:
—Dígamelo, Sylvain. Estoy aquí. Soy Mathieu Etcheverry. Lo estoy escuchando.
Deschamps clavó su mirada vidriosa en los ojos del inspector. El aire salía de sus pulmones acompañado de un silbido espumoso de sangre que le asomaba por la comisura de los labios:
—El servidor... —balbuceó el financiero con un esfuerzo sobrehumano que le contrajo los músculos del cuello—. Quai Chaho doce... segundo piso... la clave es la que le dije... isabelle2022 ...
Una tos convulsiva sacudió su pecho, salpicando el cuello de la camisa de Mathieu con gotitas rojas. El financiero apretó los dedos sobre la tela con una fuerza desesperada, como si aferrarse al inspector fuese el único puente que lo mantenía atado a la vida:
—La orden... la orden no vino de Dubái, Etcheverry... Sorokin sólo puso el dinero para los pagarés...
—¿Quién dio la orden de volcar la chatarra y matar a Beloki? —preguntó Mathieu con voz firme, sin apartar la mirada—. ¿Quién autorizó el atentado?