CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre #3
—En Bayona —reveló Deschamps, tragando saliva con dificultad—.
En el número doce del Quai Chaho, en el barrio de Petit Bayonne.
Es un segundo piso en un inmueble decimonónico con entramado de madera sobre el río Nive, justo frente al mercado cubierto Les Halles y a cincuenta metros del Pont Pannecau.
El contrato de arrendamiento está a nombre de una sociedad inmobiliaria instrumental de San Juan de Luz llamada Nive Propriétés .
El edificio cuenta con un acceso discreto por el callejón trasero de la Rue des Cordeliers.
El servidor está oculto detrás del panel falso de la chimenea del salón principal, empotrado en el tiro ciego de ladrillo refractario, dentro de una caja ignífuga con refrigeración autónoma por ventiladores de bajo ruido y alimentación ininterrumpida por batería de litio.
Es una unidad Network Attached Storage de nivel militar con cuatro discos duros en configuración RAID 5 cifrados bajo el estándar AES de doscientos cincuenta y seis bits.
Mathieu anotó la dirección en su libreta con trazos firmes:
—¿Y la contraseña de descifrado maestro? Sin la clave de arranque del contenedor criptográfico, esos discos son sólo bloques de silicio inútiles.
Deschamps vaciló. Una gota de sudor frío le resbaló por la sien, goteando sobre el borde de la mesa:
—Si les doy la clave, quiero mi firma en el protocolo de testigo protegido antes de salir de esta habitación.
Quiero el compromiso vinculante de que el juez Irazábal solicitará mi traslado inmediato a una prisión militar en Burdeos o en Pau bajo la custodia de la Gendarmería francesa, con cambio de identidad y protección para mi hermana en Lyon.
Ainara extrajo de su carpeta el formulario oficial de incoación de la pieza separada de medidas cautelares de protección procesal:
—El juez Fernando Irazábal ha firmado esta mañana una providencia habilitando la tramitación urgente del estatuto.
En cuanto usted consigne en esta acta la contraseña de acceso y ratifique la titularidad del servidor de Bayona, el inspector Etcheverry transmitirá por conducto seguro de Eurojust la solicitud formal de traslado a las autoridades francesas.
Pero la clave tiene que ser exacta y verificable ahora mismo.
Deschamps respiró hondo, cerrando los ojos como si estuviera saltando a una fosa oscura:
—La contraseña es una sola palabra en minúsculas seguida del año del accidente de Amberes: isabelle2022 .
Con esa clave se desbloquean los dos volúmenes principales.
En la carpeta clasificada como DG-COMP/HAGEN encontrarán los correos electrónicos enviados desde la cuenta personal cifrada de Patricia Hagen donde ella misma revisa el borrador del requerimiento de inhibición de la embajada alemana y confirma que la Comisión Europea abrirá el expediente sancionador contra el Concierto Económico en cuanto Ederlan declare la suspensión de pagos.
Mathieu sintió una sacudida fría recorrerle la espina dorsal al escuchar el nombre de su prometida muerta convertido en la clave de acceso de los asesinos. Apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se tornaron blancos, pero mantuvo su voz en un susurro neutro y controlado:
—¿Hagen eligió esa contraseña?
—Fue una burla de Sorokin —confesó Deschamps con la voz rota—. Quería recordarme que nadie escapa a su alcance. Decía que mientras usted siguiera buscando fantasmas en los muelles de Amberes, nosotros cerraríamos la pinza sobre el dinero vasco.
Ainara redactó las últimas líneas del acta con una caligrafía rápida y precisa, estampando su firma y el sello de la Fiscalía al pie del folio:
—Señor Deschamps, queda usted formalmente incorporado al programa de protección de testigos bajo la salvaguarda de este tribunal.
Ahora vamos a ordenar su traslado inmediato al módulo de aislamiento de máxima seguridad de la planta baja, donde permanecerá custodiado por dos funcionarios dedicados en exclusiva hasta que se ejecute la orden de extradición voluntaria a Francia.
Ainara Zubiaga abrió la carpeta clasificadora de cuero negro y desplegó sobre la mesa de melamina los extractos de transferencias bancarias internacionales obtenidas mediante el canal seguro de Europol SIENA.
Eran documentos de liquidación SWIFT MT-103 procedentes de la sucursal del Banque Cantonale de Genève en Zúrich, con destino a la sociedad instrumental Atalante Capital SICAV en el Gran Ducado de Luxemburgo.
Las cantidades no dejaban margen para la duda: siete abonos fraccionados de trescientos cincuenta mil euros cada uno, emitidos bajo el concepto de «comisiones de estructuración técnica y consultoría metalúrgica», rubricados con la firma mancomunada de Deschamps y una cuenta fiduciaria domiciliada en el Dubai International Financial Centre bajo la titularidad de Horizon Trust.
—Usted conoce perfectamente la trazabilidad de estos fondos, señor Deschamps —afirmó Ainara Zubiaga con voz pausada y firme, señalando las líneas impresas en papel térmico con la punta metálica de su bolígrafo—.
No eran honorarios profesionales; eran primas de sabotaje diseñadas para estrangular los suministros de arrabio y chatarra en Fagor Ederlan.
Cada euro transferido coincide milimétricamente con los retrasos en las entregas del ferrocarril suizo y con los lotes de acero contaminado con fósforo que arruinaron la colada en Eskoriatza.
Si usted pretende acogerse a la eximente incompleta de confesión veraz del artículo veintiuno cuarto del Código Penal y al estatuto especial de colaboración judicial transfronteriza, tiene que entregarnos la arquitectura completa de la sociedad pantalla.
Mathieu se inclinó sobre la mesa, apoyando los antebrazos sobre el tablero. Su mirada escrutaba los tics nerviosos del financiero francés:
—El servidor de Quai Chaho doce en Bayona no es un simple archivo contable, Deschamps.
Lo sabemos desde que intervenimos los registros de llamadas satelitales en Biarritz.
Es un servidor blade Dell PowerEdge conectado a una línea simétrica dedicada, aislado de la red pública mediante un túnel VPN encriptado bajo el estándar AES de doscientos cincuenta y seis bits.
Queremos saber qué protocolo de seguridad protege el volumen cifrado y qué claves de desbloqueo utiliza.
Si la policía francesa entra allí con una orden judicial ordinaria y activa por error el protocolo de borrado remoto con ceros binarios, su valor como testigo para la Fiscalía quedará reducido a cero.
Deschamps tragó saliva con dificultad. Su pecho subía y bajaba con una agitación espasmódica:
—El volumen contenedor se llama Atlas-2024.
tc —confesó el financiero con un hilo de voz que apenas superaba el zumbido de los fluorescentes—.
Está oculto en una partición oculta dentro del disco secundario del servidor.
La contraseña de montaje es isabelle2022 , todo en minúsculas y sin espacios.
Pero hay una segunda capa: una clave física almacenada en una memoria USB cifrada con carcasa de titanio que guardo en el falso fondo del armario empotrado de la habitación principal, detrás del panel de madera del cabecero.
Sin esa llave USB, el algoritmo de arranque destruye la tabla de particiones tras tres intentos fallidos de autenticación.
Tienen que entrar ustedes mismos; la Gendarmería destruirá la prueba antes de entender cómo funciona.
Deschamps firmó el documento con mano temblorosa. Por primera vez en tres días, un atisbo de alivio pareció relajar la tensión de su rostro demacrado:
—Sáquenme de aquí esta noche, fiscal. Por favor. No dejen que me quede en Martutene.
♦ ♦ ♦
El trámite formal de la firma concluyó a las seis y doce minutos de la tarde.
El director de la prisión, Javier Elizalde, tomó el acta judicial rubricada por Ainara y Deschamps para tramitar el cambio de clasificación penitenciaria de urgencia y remitirla por conducto telemático seguro al juzgado de Bergara, mientras los dos funcionarios de custodia se disponían a escoltar al financiero francés a través de la galería central de la enfermería hacia las celdas de aislamiento del rastrillo principal.
El pasillo de seguridad presentaba una penumbra fría y desapacible.
En el exterior, el temporal arreciaba contra los ventanales enrejados con un estruendo de granizo menudo que golpeaba los cristales dobles.
En el interior del edificio no se escuchaba más que el eco sordo de las botas de los guardias sobre el suelo de terrazo y el tintineo metálico de los manojos de llaves maestras colgadas de sus cinturones.
Los internos de los módulos comunes permanecían encerrados en sus celdas por el toque de recuento vespertino de las seis, creando una atmósfera de sepulcro artificial donde cada crujido metálico resonaba amplificado a lo largo de las bóvedas de hormigón.
El olor a comida caliente —arroz caldoso y pescado hervido— se mezclaba con el desinfectante de pino que los ordenanzas habían aplicado en las esquinas.
Ainara y Mathieu caminaban tres pasos por detrás de la comitiva, custodiando las carpetas judiciales y la grabadora con la confesión.
El inspector labortano mantenía la mirada en alerta continua, escrutando cada esquina del pasillo, cada recodo de las puertas metálicas de los boxes de curas y cada sombra que se proyectaba bajo los tubos fluorescentes.
Había un silencio denso y anormal en la galería; esa quietud viscosa que precede a las emboscadas en los callejones portuarios.