La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre #2
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CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre #2

—El efecto psicológico ha sido demoledor —admitió Elizalde con evidente amargura—.

Deschamps ha destrozado el lavabo de porcelana de la celda catorce y ha intentado seccionarse la yugular con un fragmento roto de loza.

Los auxiliares médicos y dos guardias tuvieron que reducirlo a la fuerza entre cuatro funcionarios y aplicarle una sujeción mecánica de cuatro puntos con correas de cuero a la cama articulada.

El médico de guardia le ha administrado dos ampollas de haloperidol y diez miligramos de diazepam por vía intramuscular, pero el sedante apenas ha logrado aplacar el delirio.

No deja de gritar que tiene las coordenadas del servidor espejo de Bayona y que si no le garantizamos la presencia física de la fiscalía antes de las seis de la tarde, se arrancará las venas a mordiscos.

Dice que está dispuesto a firmar la confesión completa bajo el estatuto de testigo protegido a cambio de su traslado inmediato a una instalación militar en Francia.

Llegaron a la puerta blindada de acceso a la enfermería penitenciaria. El funcionario de servicio accionó la cerradura electrónica desde el puesto de control interior y el pesado batiente de acero macizo con mirilla de cristal blindado se abrió hacia adentro con un chasquido neumático.

El pasillo de la enfermería estaba iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con una vibración intermitente. En el fondo de la galería, tras la puerta enrejada de la celda catorce, se escuchaban los gemidos roncos, entrecortados y animales de un hombre que se ahogaba en su propio terror.

♦ ♦ ♦

La sala de visitas y reconocimientos médicos de la enfermería de Martutene era un habitáculo rectangular y aséptico de doce metros cuadrados, con paredes alicatadas hasta media altura con azulejos blancos y una ventana enrejada que daba a un patio interior de hormigón batido por la lluvia.

En el centro de la estancia había una mesa de melanina gris atornillada al pavimento mediante pernos de acero y cuatro sillas metálicas sin tapizar.

El ambiente olía intensamente a clorhexidina, sudor frío y a ese vaho dulzón y espeso que desprenden los ansiolíticos inyectables de acción rápida.

Cuando los dos funcionarios de prisiones introdujeron a Sylvain Deschamps en la sala, Ainara y Mathieu ya estaban sentados al otro lado de la mesa.

La fiscal había desplegado su cuaderno de diligencias procesales, el sello oficial de la Fiscalía de Delitos Económicos y la grabadora digital de audio con certificado de autenticidad criptográfica del Gobierno Vasco.

El hombre que se sentó frente a ellos apenas conservaba un vestigio del financiero arrogante y sofisticado que cuarenta y ocho horas antes vestía trajes de corte italiano en los salones de la villa de Miraconcha.

Deschamps llevaba un pantalón de chándal gris desgastado de la institución penitenciaria y una camiseta blanca de manga corta empapada en sudor que dejaba al descubierto las marcas amoratadas de las correas de inmovilización en ambas muñecas.

Su rostro, ceniciento y demacrado por tres noches de insomnio farmacológico, mostraba tics espasmódicos en el ojo izquierdo y un temblor continuo en los labios que le impedía articular las palabras con fluidez.

Sus manos huesudas, cubiertas de vello oscuro erizado por el frío, se entrelazaban convulsivamente sobre el tablero gris.

—Me van a matar, fiscal —fueron sus primeras palabras, pronunciadas en un susurro áspero que parecía raspado con una lija—.

Me van a degollar en cuanto apaguen las luces de la galería.

Ese kosovar de la cocina no venía a traerme tabaco; venía a marcarme el cuello.

Conozco a los hombres de Sorokin. Sé cómo trabajan en Viena, en Nicosia y en Amberes.

No dejan testigos vivos que puedan sentarse en un banquillo a explicar cómo funciona la red fiduciaria.

Ainara lo miró con una frialdad serena, sin mostrar ni desprecio ni compasión. Mantuvo la espalda recta y las manos apoyadas sobre el borde del acta procesal:

—Usted está bajo la tutela judicial del Juzgado de Instrucción número dos de Bergara y de esta Fiscalía, señor Deschamps.

Si quiere que el Estado español y las autoridades judiciales de la Unión Europea garanticen su integridad física, tiene que ganárselo en este mismo folio.

El artículo dos de la Ley Orgánica 19/1994 de Protección de Testigos y Peritos en Causas Criminales exige una colaboración activa, eficaz, veraz y determinante para la desarticulación de la trama delictiva.

Y el artículo trescientos setenta y seis del Código Penal sólo permite rebajar la pena en uno o dos grados si aporta pruebas fehacientes que permitan la captura de los cabecillas de la organización.

Deschamps apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos huesudas. Sus hombros se sacudían con espasmos secos:

—Tengo todo lo que necesitan. Todo. Los contratos fiduciarios suscritos entre Atalante Capital Partners y la sociedad pantalla de Viktor Sorokin en Dubái, las actas notariales de emisión de los pagarés del MARF y los registros de las transferencias bancarias canalizadas a través de bancos suizos y luxemburgueses para financiar el estrangulamiento de Fagor Ederlan.

Todo se diseñó en una suite privada del Hotel Baur au Lac de Zúrich en febrero del año pasado.

Patricia Hagen estuvo allí. Se sentó a la mesa con Sorokin y conmigo.

Nos garantizó que la Dirección General de Competencia miraría hacia otro lado mientras colocábamos la deuda tóxica, y que en cuanto Ederlan entrase en concurso de acreedores, ella misma redactaría la resolución declarando ilegales las exenciones del Concierto Económico vasco.

Deschamps tomó con dedos temblorosos el vaso de plástico con agua que un funcionario le había dejado a un lado, bebiendo con avidez mientras la mitad del líquido se le derramaba sobre la barbilla:

—Hagen fue muy clara, Etcheverry. Dijo textualmente: «El modelo cooperativo vasco es un tumor proteccionista que distorsiona la competencia en el sector de la automoción.

Los fabricantes alemanes no pueden competir con fundiciones que reciben respaldo financiero de una banca propia como Laboral Kutxa y desgravaciones forales a la inversión en I+D.

Si quebramos Ederlan en noviembre, el Gobierno Vasco tendrá que salir al rescate con dinero público.

Y en cuanto Lakua ponga un solo euro de aval foral, mi departamento en Bruselas incoará el procedimiento de infracción del artículo el marco del artículo 108 del tratado fundacional de la Unión.

Obligaremos a Madrid a suspender la foralidad fiscal bajo amenaza de multas coercitivas de diez millones de euros diarios».

—¿Cómo articularon la compra de la deuda? —preguntó Ainara con precisión técnica—. Los pagarés se emitieron en el mercado regulado.

—A través de Vandamme Metals Holding BV en Róterdam y tres cuentas fiduciarias en Clearstream Banking Fráncfort —confesó Deschamps, con la respiración entrecortada—.

Un operador corrupto en un banco privado de Düsseldorf nos facilitaba el bloqueo de las líneas secundarias.

Compramos cuarenta millones de euros con un descuento del sesenta y cinco por ciento.

El plan era ejecutar los títulos ante los juzgados mercantiles de Luxemburgo el veintiocho de noviembre.

Pero cuando el ingeniero jefe Beloki descubrió que la chatarra estaba contaminada y amenazó con denunciarnos ante la fiscalía europea, Sorokin dio la orden de neutralizarlo.

Yo no quise que lo mataran, fiscal. Se lo juro por la memoria de mi madre.

Yo sólo pedí que le asustaran, pero Sorokin envió a sus propios operativos desde Chipre.

Los cuatrocientos mil euros pagados a Constantinou se camuflaron como informes de prospección minera en Finlandia.

—Eso ya lo sospechábamos por el volcado pericial de sus discos duros de Miraconcha —intervino Mathieu con voz glacial, inclinándose hacia adelante para clavar sus ojos en los del financiero francés—.

Lo que necesitamos es el eslabón documental directo.

Necesitamos los archivos originales que no hayan pasado por intermediarios, con las cabeceras completas de los correos electrónicos enviados desde los servidores seguros de la Comisión Europea.

Deschamps alzó la cabeza de golpe. Sus ojos desorbitados se fijaron en la gabardina de Mathieu, reconociendo en el inspector labortano al sabueso que no se detendría ante ninguna cortina de humo:

—Los discos duros de Miraconcha sólo contienen las copias de trabajo locales, Etcheverry.

Lo que realmente incrimina a Hagen nunca estuvo en territorio español.

Sabíamos que la policía española o la Ertzaintza podían intervenir la villa en cualquier momento.

Por eso los contratos originales y las grabaciones de audio de las reuniones preparatorias celebradas en Zúrich y en Fráncfort están almacenados en un servidor espejo blindado en el País Vasco francés.

—¿Dónde exactamente? —inquirió Ainara, acercando el micrófono de la grabadora digital.