CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre
La lluvia de la tarde caía con una violencia renovada sobre las marismas del río Urumea cuando el convoy policial cruzó el puente de hierro que daba acceso al Centro Penitenciario de Martutene.
Eran las cinco y veintiocho minutos. La luz del día se había extinguido por completo detrás de una masa de nubes plomizas que bajaban desde los altos de Hernani y Astigarraga, dejando el recinto carcelario envuelto en una penumbra húmeda y fría, recortada únicamente por los focos halógenos de alta intensidad de las cuatro torretas perimetrales y los destellos azules, apagados y discretos, del coche patrulla del inspector Gorka Atxaga que abría la marcha.
—En Madrid están histéricos —había comentado Atxaga mientras sorteaban el tráfico pesado de camiones en la circunvalación de Hernani—.
La Secretaría Técnica de la Fiscalía General ha llamado tres veces a la Fiscalía Superior en Bilbao exigiendo que Ainara remita las actuaciones a la Audiencia Nacional antes de las seis de la tarde.
Dicen que hay fondos soberanos comunitarios implicados y que la permanencia de Deschamps en una prisión provincial de Gipuzkoa supone un riesgo diplomático para el Estado.
El fiscal jefe de Gipuzkoa ha recibido una advertencia verbal durísima: si Deschamps declara formalmente como imputado colaborador ante el juez Fernando Irazábal, la Inspección Fiscal incoará un expediente por falta muy grave de desobediencia contra Ainara.
Saben que el testimonio de Deschamps dinamita el relato oficial y pone al descubierto la connivencia entre los comisionistas de Dubái y los altos funcionarios de la Comisión Europea.
Mathieu, sentado en el asiento del copiloto, había respondido con la frialdad de quien ha visto desmoronarse demasiadas investigaciones en los pasillos de Bruselas:
Ainara conducía con la mandíbula apretada, sintiendo la vibración del motor diésel en las palmas de las manos.
En el asiento trasero del vehículo, envuelta en el paño de lino blanco con ribetes rojos, descansaba la pesada placa de fundición de acero inoxidable con el nombre de su padre Josu Zubiaga grabado a fuego.
El contacto visual con aquel paquete a través del espejo retrovisor central actuaba como un ancla silenciosa en medio del vendaval de presiones que amenazaba con devorar la causa judicial.
Ainara sentía el peso del metal como una responsabilidad moral ineludible: su padre había muerto en la soledad más absoluta de un taller quebrado, pero esta vez los culpables no iban a marcharse impunes en un vuelo privado hacia Dubái.
—Deschamps no es un ideólogo —dijo Ainara, tomando la salida hacia Martutene entre el tráfico de cercanías—.
Es un tecnócrata financiero. Un hombre acostumbrado a los trajes de mil quinientos euros y a los restaurantes con estrella Michelin.
En cuanto comprenda que sus socios lo han dejado solo en una celda de diez metros cuadrados rodeado de presos comunes, cantará hasta la última coma del sumario.
Por eso han intentado intimidarlo hoy en el patio; saben que su umbral de resistencia es de cristal.
A su lado, Mathieu mantenía la mirada fija en los muros de hormigón armado coronados por concertinas de cuchillas de acero inoxidable que delimitaban el perímetro del penal.
Construido en 1948 bajo un diseño panóptico obsoleto, Martutene era una prisión envejecida, carcomida por las filtraciones del río y condenada a un derribo largamente aplazado, donde la saturación de reclusos y la escasez de módulos de aislamiento hacían que cualquier medida de protección especial fuese una quimera administrativa.
El edificio principal de ladrillo rojo y ventanales enrejados mostraba las cicatrices de siete décadas de hacinamiento, motines históricos y regímenes de excepción: los muros exteriores estaban tiznados por el hollín de las calderas de carbón antiguas y la humedad ascendía desde los cimientos fluviales formando grandes manchas de salitre blanquecino en los zócalos de piedra sillar.
Al aproximarse a la garita de control exterior, el paisaje circundante acentuaba la sensación de encierro: a un lado del meandro del Urumea se extendían los manzanos pelados y los caseríos sidreros de Astigarraga, con sus huertas bajas cubiertas por el agua del desbordamiento; al otro, las tapias de cinco metros de hormigón gris con alambradas electrificadas donde cumplían condena más de trescientos internos preventivos y penados del territorio histórico de Gipuzkoa.
El viento del noroeste arrastraba el olor dulzón de la manzana fermentada de las sidrerías cercanas, mezclándolo con el tufo a combustible quemado y agua estancada que manaba de los colectores del penal.
Antes de cruzar la primera esclusa de seguridad exterior, Mathieu extrajo de la cartuchera sobaquera su pistola semiautomática reglamentaria Sig Sauer Pro de nueve milímetros.
Con movimientos metódicos y mecánicos, retiró el cargador con quince cartuchos de dotación, tiró de la corredera hacia atrás para expulsar la bala alojada en la recámara, recogió el proyectil al vuelo con la palma izquierda y depositó el arma, el cargador y la munición en la taquilla de seguridad de la guardia exterior, cumpliendo con la normativa estricta del Reglamento Penitenciario que prohibía de manera absoluta la entrada de armas de fuego al recinto interior.
Atxaga hizo lo propio con su arma de dotación reglamentaria de la Ertzaintza.
La cancela exterior de barrotes tubulares se deslizó lateralmente sobre sus guías engrasadas con un gemido hidráulico sordo.
Un funcionario con impermeable reflectante amarillo y linterna de señales comprobó la matrícula del vehículo y la acreditación judicial de Ainara, levantando la barrera de control con un saludo marcial y apresurado:
—Adelante, fiscal. El director del centro y el jefe de servicios la esperan en el rastrillo principal. La situación en la enfermería se está complicando por minutos.
El coche se detuvo en el patio interior de aduanas, frente al edificio central de ladrillo caravista y ventanales enrejados.
Al abrir las puertas, el olor penetrante del río crecido, mezclado con el hedor a rancho carcelario, humedad de sótano y desinfectante de lejía concentrada, golpeó sus sentidos con la aspereza inconfundible de los recintos penitenciarios.
En el control de accesos del rastrillo, tras cruzar los dos arcos detectores de metales, someterse al escáner de huellas dactilares y dejar los teléfonos móviles en las taquillas precintadas con llave, los recibió el director de la prisión, Javier Elizalde, un hombre enjuto de cincuenta y cinco años con el pelo completamente canoso y ojeras profundas que delataban una jornada extenuante.
Junto a él permanecían dos funcionarios de prisiones de la escala técnica de instituciones penitenciarias y el jefe de seguridad del módulo de aislamiento.
Elizalde los condujo a través del despacho de dirección para ponerlos en antecedentes antes de bajar a la enfermería.
Sobre la mesa de despacho de roble oscuro descansaba el libro de incidencias penitenciarias abierto por la página del día, junto a una bolsa de plástico transparente para evidencias biológicas:
—Gracias por llegar tan rápido, Ainara —dijo Elizalde, estrechándole la mano con un gesto rápido y nervioso—.
Esto se nos está yendo de las manos. Sylvain Deschamps ha entrado en una fase de pánico psicótico absoluto.
A las cuatro y media de la tarde, durante el reparto del café en el módulo de enfermería, un interno de confianza de la cocina central deslizó una cajetilla de tabaco vacía por la rendija de la trampilla de su celda.
En el interior había un casquillo percutido del nueve milímetros Parabellum y una nota manuscrita con caracteres cirílicos que decía textualmente: «El silencio es oro; el suelo está frío» . Miren la bolsa.
Ainara y Mathieu examinaron la bolsa de plástico.
La cajetilla era de una marca rusa de lujo, Sobranie Black Russian , con el águila imperial bicéfala dorada impresa sobre fondo negro mate.
El casquillo percutido presentaba una percusión limpia en el fulminante, con marcajes de la fábrica estatal de municiones de Tula.
—¿Quién entregó esa cajetilla? —preguntó Mathieu con voz cortante.
—Un preso kosovar llamado Arben Krasniqi —respondió el director bajando la voz mientras caminaban por la galería subterránea acristalada que comunicaba el rastrillo con el edificio de sanidad—.
Lleva dos años cumpliendo condena por tráfico internacional de estupefacientes y robo con violencia con uso de armas de fuego.
Tiene un régimen de vida ordinario en el módulo dos y hasta hoy no había presentado ningún parte disciplinario grave, por lo que la junta de tratamiento lo había asignado a las tareas de apoyo en la distribución de bandejas de comida de la enfermería.
En cuanto los funcionarios interceptaron el altercado en la celda de Deschamps, hemos aislado a Krasniqi en una celda de castigo del módulo de preventivos, pero el tipo se niega a abrir la boca.
Se limita a sonreír y a decir que encontró la cajetilla tirada en el suelo del patio de lavandería.
—Krasniqi no actúa por iniciativa propia —intervino Ainara, con el paso firme resonando sobre el terrazo desgastado del pasillo—.
Es un mensaje directo y sin intermediarios de la red de Viktor Sorokin.
En los últimos años, las mafias del este de Europa han establecido canales de enlace dentro de los centros penitenciarios de la cornisa cantábrica.
Querían recordarle a Deschamps que las paredes de una prisión provincial no son ningún refugio blindado y que sus tentáculos llegan hasta la última celda de este país.