La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo #5
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CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo #5

Durante dieciocho años, desde aquella mañana gris de noviembre en que encontró el cuerpo de su padre suspendido de una viga de su pequeño taller auxiliar tras la quiebra fraudulenta provocada por los impagos de las grandes constructoras de Madrid, Ainara había llevado dentro una herida que ningún ascenso profesional, ninguna condena judicial y ningún código penal habían logrado cicatrizar.

Había estudiado oposiciones a la fiscalía con la furia sorda de quien busca venganza contra un sistema ciego y cruel que devoraba a los hombres honrados mientras premiaba a los comisionistas de cuello blanco.

Pero al contemplar el nombre de su padre grabado a fuego en el corazón del acero cooperativo de Mondragón, comprendió que la justicia no era el castigo frío de los tribunales; la justicia era la memoria viva de los que no se rendían.

—Los talleres de Durango también están en esta colada, fiscal —dijo Amets con una ternura infinita en la voz, apoyando su mano sana sobre el hombro de Ainara—.

Mi abuelo fue tornero en Arrasate en los años cincuenta, cuando don José María Arizmendiarrieta reunió a los cinco primeros chavales para enseñarles a fundir aluminio en una estufa vieja.

Me decía siempre que el acero no olvida nunca las manos que lo han trabajado.

Su padre estaría muy orgulloso hoy, Ainara.

Estaría orgulloso de ver que su hija no dejó que los buitres apagaran el fuego de los que se queman las manos para que este país siga en pie.

Ainara no pudo responder con palabras. Apretó la placa de acero contra su pecho con una fuerza desesperada, cerrando los ojos mientras las lágrimas resbalaban libremente por sus mejillas y se mezclaban con el olor a grafito que ascendía desde la nave.

Sintió la presencia invisible de Josu a su lado: el olor a serrín empapado en taladrina, el sonido rítmico del torno copiador desbastando manguetas y la voz tranquila de su padre diciéndole que la honradez era el único patrimonio que ningún banco podía embargar.

A diez metros de distancia, al final de la pasarela, Mathieu Etcheverry permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el valle exterior, guardando un silencio respetuoso que protegía la intimidad del momento.

En sus ojos brillaba esa complicidad serena y protectora de quien comprende que algunas deudas sólo pueden saldarse con la sangre y con el hierro.

Ainara respiró hondo, se secó las lágrimas con el envés de la manga y envolvió de nuevo la placa con el paño de lino. Cuando levantó el rostro hacia Amets, sus ojos oscuros habían recuperado esa luz acerada y letal que Mathieu conocía tan bien.

—Dile a los compañeros del Consejo Rector que este metal estará en mi despacho de la fiscalía mientras yo siga viva —dijo con voz firme, clara y sin temblores—.

Y dile a la viuda de Beloki que los hombres que ordenaron su asesinato van a responder ante los tribunales de este país, caiga quien caiga en Madrid, en Berlín o en Bruselas.

Amets asintió con una reverencia sobria de la cabeza.

—Lo sabemos, Ainara. Que la tierra os sea leve en la batalla que viene.

Cinco minutos después, Ainara y Mathieu descendían por las escaleras de la fábrica hacia el aparcamiento exterior. El reloj marcaba la una y veintiocho minutos. El coche patrulla del inspector Gorka Atxaga acababa de detenerse junto a la garita de seguridad con los rotativos azules apagados.

Atxaga bajó del vehículo con el semblante tenso y un sobre cerrado en la mano derecha.

—Ainara, Mathieu —dijo el inspector de la Ertzaintza sin preámbulos, mientras el viento del valle agitaba los faldones de su chaquetón reglamentario—.

Acabo de recibir una llamada de máxima prioridad del director del centro penitenciario de Martutene.

Tienen un problema gravísimo en el módulo de enfermería.

Ainara se detuvo en seco, sujetando el paquete de la placa contra su costado.

—¿Qué ha pasado con Sylvain Deschamps?

—Ha sufrido un ataque de histeria paranoica tras recibir una nota de amenaza directa introducida en su bandeja de comida —respondió Atxaga con voz sombría—.

Un paquete de tabaco con un ideograma cirílico y un casquillo percutido de nueve milímetros Parabellum en su interior, deslizado por un recluso kosovar del módulo dos que trabaja en el reparto de comidas de la cocina central.

Deschamps ha destrozado el mobiliario de la celda catorce de la enfermería y exige comparecer ante ti de urgencia para firmar el protocolo de delación premiada y entregar las contraseñas del servidor espejo de Bayona.

Dice textualmente que si no estamos en la prisión antes de que caiga la noche, los hombres de Sorokin lo degollarán dentro de la celda.

Ainara miró a Mathieu. El inspector labortano asintió despacio, abriendo la puerta del copiloto del coche con una frialdad glacial.

—El precio de la sangre, Ainara —dijo Mathieu en un susurro grave—. Vamos a Martutene antes de que le cierren la boca para siempre.