CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo #4
La visión del metal líquido fluyendo con esa pureza salvaje y a la vez disciplinada por el ingenio técnico del hombre poseía una belleza sobrecogedora, casi sagrada.
Era la materia prima elemental de la civilización: el hierro dúctil de grafito esferoidal que se transformaría en manguetas de dirección para camiones de transporte en Suecia, en discos de freno para trenes de alta velocidad en Alemania y en componentes estructurales para las turbinas eólicas marinas del mar del Norte.
Cada gota de aquel torrente incandescente representaba el pan de dos mil hogares del valle, la soberanía productiva de una comunidad que se negaba a convertirse en un parque temático de servicios turísticos o en una colonia financiera de los fondos buitre de Luxemburgo.
A su lado, Mathieu observaba el vertido con la mandíbula apretada y una reverencia silenciosa en la mirada.
El inspector labortano, acostumbrado a los laberintos burocráticos de los expedientes de Bruselas y a las frialdades numéricas de las terminales de Europol, parecía hipnotizado por la fuerza telúrica del hierro fundido.
—En la mitología vasca —susurró Mathieu, inclinándose hacia el oído de Ainara para que sus palabras superasen el rugido ensordecedor de la cascada metálica—, los Gentiles no temían a los reyes de Castilla ni a los ejércitos que cruzaban los Pirineos; sólo temían a los herreros que sabían domar el fuego en las entrañas de la montaña.
Tenían razón. El que controla el hierro controla su propio destino.
La cuchara de colada, repleta con doce toneladas de metal líquido que desprendía un humo blanco y aromático de grafito calcinado, se elevó lentamente arrastrada por los cables de acero trenzado del puente grúa, iniciando su recorrido aéreo hacia las líneas automáticas de moldeo Disamatic donde los moldes de arena verde compactada aguardaban para recibir la forma definitiva de las piezas de automoción.
El crisol basculó de nuevo hacia su posición vertical con un suspiro de alivio de los cilindros hidráulicos.
El primer vertido tras el atentado se había consumado sin un solo fallo técnico, sin una sola oclusión de escoria y con los niveles de pureza química más altos registrados en la historia de la planta de Eskoriatza.
En la plataforma, los operarios rompieron a aplaudir con una emoción desbordada, abrazándose con los guantes manchados de carbón y lágrimas en los ojos mientras los dos hijos de Beloki recibían las palmadas afectuosas de los fundidores veteranos.
La fragua de Mondragón no sólo estaba abierta; estaba forjando el acero con el que el país resistiría el invierno.
♦ ♦ ♦
Media hora más tarde, cuando la cuchara de colada había completado el llenado de los dos primeros trenes de moldes de arena y el calor sofocante en el foso comenzaba a disiparse hacia las chimeneas cenitales, Ainara subió por una escalera de gato metálica hasta la pasarela superior de mantenimiento que discurría a quince metros de altura sobre las líneas de enfriamiento continuo.
Desde aquella atalaya industrial, la vista del valle de Eskoriatza era imponente.
A través de los ventanales de diente de sierra del tejado fabril, la luz del mediodía caía sobre las hileras interminables de manguetas de fundición nodular que avanzaban lentamente sobre las cintas transportadoras de placas metálicas, enfriándose al aire mientras despedían un vapor tenue y azulado que olía a tierra cocida y metal virgen.
En la línea Disamatic, los expulsores neumáticos desmoldaban trescientas cincuenta piezas por hora con la precisión rítmica de un metrónomo gigante.
A lo lejos, las cumbres calizas de Aitzgorri brillaban recortadas contra el cielo limpio, como una muralla natural que protegía los talleres del valle de las intrusiones del exterior.
Ainara apoyó los brazos sobre la barandilla de tubo de acero galvanizado, disfrutando de la corriente de aire templado que ascendía desde la nave.
El Certina de su padre Josu, ajustado sobre su muñeca izquierda con su correa de piel desgastada, marcaba la una y cuarto de la tarde.
Faltaban exactamente cuarenta y cinco minutos para que expirase el plazo formal concedido por la Fiscalía General del Estado en Madrid para remitir el sumario a la Audiencia Nacional, pero en aquel momento, suspendida entre el fuego de los hornos y la paz de las montañas vascas, la amenaza de los despachos ministeriales parecía extrañamente lejana e insignificante.
Recordaba a su padre Josu enseñándole a usar un calibre pie de rey con nonio en su pequeño taller de Durango cuando ella apenas tenía diez años.
«Mira las décimas de milímetro, Ainara», le decía con sus dedos manchados de grasa y taladrina.
«El hierro no engaña nunca. Si aprietas de más, marcas la pieza; si dejas holgura, vibra en la máquina.
La justicia tiene que ser igual de exacta que un micrómetro: ni un milímetro de abuso, ni una micra de debilidad».
Unos pasos ligeros resonaron a su espalda sobre la chapa perforada de la pasarela. Ainara se volvió lentamente y vio a Amets Ibarra que se acercaba con paso pausado, sosteniendo con su mano izquierda un paquete rectangular envuelto en un paño de lino blanco con ribetes rojos.
—Sabía que la encontraría aquí arriba, fiscal —dijo la joven portavoz del Consejo Social, deteniéndose a un metro de distancia con una sonrisa cansada pero luminosa—.
A los que nos hemos criado oliendo a fundición nos gusta mirar las piezas desde lo alto.
Es la única manera de recordar que cada kilo de acero que sale por la puerta de expediciones lleva dentro las horas de vida de los que estamos aquí abajo.
—Es una planta magnífica, Amets —respondió Ainara con sinceridad—.
He visto muchas fábricas en quiebra a lo largo de mi carrera judicial: talleres donde los dueños habían vaciado las cuentas antes de presentar el concurso, naves abandonadas con la maquinaria embargada pudriéndose bajo la lluvia y trabajadores esperando indemnizaciones del FOGASA que nunca llegaban a tiempo.
Lo que habéis logrado aquí en setenta y dos horas es una lección de economía real que no se enseña en ninguna facultad de derecho de este país.
Amets se apoyó contra la barandilla junto a ella, mirando las piezas incandescentes que se enfriaban en el piso inferior.
—La diferencia es muy sencilla, Ainara: en una sociedad anónima ordinaria, cuando vienen mal dadas los accionistas venden sus títulos en bolsa, cobran sus dividendos y se marchan a invertir a Singapur o a Delaware.
A ellos les da igual que el pueblo se quede sin pan.
Nosotros no podemos vender y marcharnos, porque no tenemos acciones: tenemos nuestro puesto de trabajo y tenemos nuestra tierra.
Si Ederlan cae, cae Eskoriatza, cae Arrasate y cae la universidad donde estudian nuestros hermanos pequeños.
La intercooperación no es una teoría sociológica para los discursos de los domingos; es el instinto de conservación de un pueblo que sabe que si no se cuida a sí mismo, nadie desde Madrid o desde Bruselas vendrá a sacarle las castañas del fuego.
Amets extendió los brazos y depositó el paquete envuelto en lino sobre la barandilla, frente a Ainara.
—Esto es para usted. Los compañeros del taller de matricería y los fundidores del horno número tres me pidieron que se lo entregase personalmente antes de que regresara a San Sebastián.
Ainara miró a la joven con sorpresa. Sus dedos vacilaron un instante antes de retirar con cuidado el paño de lino.
Bajo la tela apareció una placa maciza de fundición de acero inoxidable de veinte centímetros de largo por quince de ancho, pulida a espejo en sus cantos y con el fondo texturizado mediante granallado fino.
En el centro de la pieza, grabadas en relieve con la tipografía limpia y austera de las fresadoras de control numérico de cinco ejes, figuraban unas palabras que hicieron que el corazón de Ainara se detuviese por un segundo:
A JOSU ZUBIAGA (1952-2008). Tornero y forjador de Durango. El hierro de esta colada también lleva tu nombre. «Lanaren bidez, herria zutik».
Ainara acarició las letras metálicas con la yema del índice desprovista de guante.
El acero estaba tibio, reteniendo aún el calor residual de la colada del horno número tres que acababa de nacer apenas una hora antes.
Una oleada de emoción pura, profunda y desgarradora le subió por el pecho como una marea incontenible, anegándole los ojos de lágrimas calientes que cayeron sobre la superficie pulida de la placa.