CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo #3
La nave quedó sumida en un silencio sepulcral.
Los más de doscientos operarios que ocupaban las pasarelas superiores, los fosos de moldeo y las líneas de machería descubrieron sus cabezas al unísono, sosteniendo los cascos de protección bajo el brazo en señal de luto y respeto por el compañero caído.
No se escuchaba más que el silbido lejano del aire comprimido en los cilindros neumáticos y el goteo constante del agua de refrigeración en las tuberías de cobre de las torres exteriores.
Miren miró a sus dos hijos, tomó aire con fuerza y presionó el pulsador con la palma abierta.
Un chasquido seco y ensordecedor, similar al estampido de un cañón de artillería en un túnel cerrado, sacudió la estructura metálica del edificio cuando los disyuntores de vacío de diez mil voltios conectaron las líneas de alimentación subterráneas de la subestación eléctrica con el transformador principal de seis megavatios.
Al instante, un zumbido electromagnético de media frecuencia, grave, denso y continuo, comenzó a brotar de las entrañas del crisol cilíndrico.
No era un ruido mecánico de engranajes rozando o pistones golpeando; era la vibración pura, invisible y telúrica de cuatro mil amperios de corriente alterna oscilando a quinientos hercios a través de las bobinas de cobre electrolítico de sección rectangular, induciendo corrientes parásitas de Foucault en el corazón de los lingotes de arrabio sólido.
El suelo de chapa de la plataforma vibró bajo las botas de Ainara con una energía profunda que parecía emanar del núcleo mismo de la tierra.
Los paquetes de chapa magnética de grano orientado que rodeaban las bobinas absorbían las líneas de flujo con un gemido contenido que hacía vibrar el aire en los pulmones.
El horno número tres estaba vivo de nuevo.
La muerte de Xabier Beloki no había logrado apagar la fragua; había encendido en sus compañeros un fuego que ninguna orden ministerial de Madrid ni ninguna directiva comunitaria de Bruselas podría jamás extinguir.
♦ ♦ ♦
Durante las tres horas siguientes, Ainara y Mathieu permanecieron en la pasarela de seguridad del foso de moldeo, observando la metamorfosis elemental que tenía lugar en el interior del crisol de inducción.
A través de las pantallas térmicas de vidrio dicroico instaladas en la plataforma de supervisión, la carga inicial de arrabio sólido, lingotes de retorno y chatarra certificada comenzó a perder su coloración gris pizarra para transformarse en una masa compacta que brillaba primero con un rojo cereza apagado a seiscientos grados, pasando sucesivamente al naranja brillante a novecientos y alcanzando finalmente una incandescencia amarilla cegadora a medida que la temperatura del baño superaba los mil cuatrocientos grados centígrados.
El calor que irradiaba la boca del horno era una presencia física demoledora.
A pesar de los trajes aluminizados que los fundidores vestían y de los potentes extractores de humos de campana móvil que tragaban los vapores de grafito hacia los filtros de mangas exteriores, el aire a diez metros de la plataforma quemaba la garganta y resecaba los ojos en cuestión de minutos.
Los operadores de colada, veteranos con décadas de oficio que conocían el comportamiento del metal líquido por el mero sonido del campo magnético y la forma del menisco central inducido por la agitación electromagnética, vigilaban los pirómetros ópticos infrarrojos sin pestañear.
Urretabizkaia se acercó a Mathieu, contemplando el baño hirviente a través del visor:
—¿Sabe cuál es el secreto de una mangueta de dirección que no se quiebra a doscientos kilómetros por hora en una autopista alemana, inspector?
—preguntó el presidente de la cooperativa—.
El menisco electromagnético. En estos hornos de inducción de media frecuencia no hace falta meter aspas mecánicas para mezclar el hierro; el propio campo magnético empuja el metal fundido desde el fondo hacia arriba por el centro del crisol, creando un remolino constante que homogeneiza la aleación a nivel atómico.
El carbono y el silicio se reparten de manera uniforme en cada milímetro cúbico.
Si Sorokin y Deschamps hubieran logrado que colásemos el fósforo de su chatarra podrida, ese mismo remolino habría dispersado el veneno por todas las piezas, provocando microfisuras invisibles que habrían reventado en frío en los camiones de media Europa.
Mathieu asintió con gravedad. La dimensión del sabotaje criminal adquiría en aquel momento una escala aterradora:
—Querían provocar accidentes masivos en carretera para obligar a las marcas de automoción a cancelar todos los contratos de suministro con las cooperativas vascas.
—Así es —corroboró Urretabizkaia—. Scania, MAN, Daimler y Renault compran el ochenta por ciento de sus componentes de fundición pesada en este valle.
Si Fagor Ederlan cerraba, se paraban diez cadenas de montaje de vehículos pesados en toda Europa en menos de dos semanas.
Por eso los fondos buitre querían arrebatarle el control a los socios: para despedir a la mitad de la plantilla, abaratar costes suprimiendo los controles de calidad y vender la empresa troceada a un conglomerado siderúrgico estatal extranjero.
A las doce y cuarto, dos operarios protegidos con chaquetones de cuero grueso y pantallas faciales doradas se aproximaron al borde del crisol con largas palas de escoriado de mango refractario.
Con movimientos acompasados y diestros, retiraron la capa flotante de óxidos e impurezas superficiales que el propio remolino electromagnético había empujado hacia los bordes, depositándola en una cuba metálica inferior.
El baño de hierro quedó limpio como un espejo de oro derretido.
A las doce y media en punto, el jefe de equipo de fusión, un hombre enjuto llamado Joseba Aranzabal que lucía una cicatriz antigua en la mejilla izquierda provocada por una salpicadura de escoria en sus años de aprendiz, tomó una lanza de muestreo protegida con cartón refractario y la sumergió durante cuatro segundos en el corazón del baño incandescente.
Extrajo una probeta cónica de fundición líquida, la enfrió de golpe en un cubo de agua desmineralizada que silbó violentamente desprendiendo una nube de vapor blanco y la entregó a través de la ventanilla de paso al laboratorio de espectrometría de emisión óptica situado en la cabina acristalada.
Tres minutos de tensa espera transcurrieron mientras el espectrómetro de chispa quemaba la superficie de la muestra y calculaba las concentraciones atómicas.
Simultáneamente, el microscopio metalográfico analizaba una probeta pulida al diamante a cien aumentos, certificando que los nódulos de grafito esferoidal alcanzaban un grado de esferoidización del noventa y dos por ciento, garantizando la tenacidad y la resistencia al impacto del material.
Finalmente, la impresora de línea del laboratorio emitió el reporte de análisis y el técnico asintió con una sonrisa radiante tras la cristalera.
Aranzabal levantó el pulgar hacia la cabina de mando principal:
—¡Composición química perfecta! —gritó por el interfono con una voz que el zumbido eléctrico no lograba apagar—.
¡Carbono al tres con treinta y ocho por ciento!
¡Silicio al dos con doce! ¡Manganeso al cero con veinticinco!
¡Fósforo y azufre por debajo de treinta partes por millón!
¡Nodularización con ferrosilicio-magnesio completada con éxito!
¡Temperatura de régimen: mil cuatrocientos cincuenta y cuatro grados! ¡El baño está listo para la colada!
Urretabizkaia invitó a Ainara a aproximarse a la barandilla de observación del foso, entregándole unas gafas protectoras con filtro de cobalto azul para proteger sus pupilas del resplandor de la radiación ultravioleta.
—Mire con atención, fiscal —dijo el presidente del Consejo Rector con un orgullo que no cabía en su pecho—. Esto es lo que querían arrebatarle a este país.
El operador principal accionó la palanca del servomecanismo hidráulico.
Con un gemido sordo y potente de los pistones de aceite presurizado a doscientos bares, el colosal cilindro de cincuenta toneladas comenzó a bascular lentamente sobre sus muñones de apoyo mecánicos.
La boca refractaria del crisol se inclinó con precisión milimétrica hacia el foso de colada, donde una cuchara de transporte suspendida de un puente grúa de sesenta toneladas aguardaba con su revestimiento interno precalentado al rojo vivo por quemadores de gas.
En el instante preciso en que el labio del crisol superó el plano horizontal, una cascada incandescente de hierro fundido a más de mil cuatrocientos cincuenta grados brotó en un torrente perfecto, compacto y deslumbrante.
Era un río de luz pura, de un amarillo canario tan intenso que borraba todas las sombras de la nave.
El metal líquido cayó en un arco parabólico continuo de cuatro metros, precipitándose sobre el fondo de la cuchara con un estrépito sordo y continuo que sonaba como mil tormentas descargando a la vez sobre un techo de chapa.
En el punto de impacto, el alimentador automático inyectó el inoculante granular a base de bario y cerio, desatando una breve deflagración violeta que desprendió una lluvia torrencial de chispas doradas.
Las centellas estallaron en todas direcciones, trazando arcos incandescentes en la penumbra de la nave y rebotando contra los escudos de protección térmica de chapa antes de apagarse sobre el lecho de arena refractaria del foso.
Ainara dio un paso atrás de forma instintiva ante el impacto brutal de la onda de radiación térmica. El calor le golpeó el rostro como una bofetada de fuego, secándole la saliva y obligándola a entrecerrar los párpados incluso detrás de las lentes azuladas. Pero no apartó los ojos.