CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo #2
—Esto es lo que los despachos de Fráncfort y las cancillerías de Berlín jamás podrán entender, Mathieu —murmuró ella, con la vista fija en los camiones que comenzaban a maniobrar marcha atrás hacia las tolvas de entrada de la nave de almacenamiento—.
Creen que una empresa es una simple hoja de cálculo en un terminal de Bloomberg, una cartera de pasivos que se desguaza para repartir plusvalías en una junta de accionistas en Luxemburgo.
No entienden que aquí una fábrica no pertenece a ningún fondo buitre; pertenece a la comunidad que la levantó, a los hijos de los que empeñaron sus vacas y sus huertas hace sesenta años para comprar el primer torno, y a los nietos que hoy entran a trabajar con el orgullo de ser dueños de su propia herramienta.
Mathieu la miró de perfil. La luz limpia de la mañana recortaba los rasgos afilados de Ainara, disipando las sombras de agotamiento que las noches de guardia en los juzgados de San Sebastián habían dibujado bajo sus párparos.
En su mirada ardía esa misma llama que el inspector reconocía en la gente de su tierra labortana cuando defendían las ikastolas y los pastos comunales frente a los decretos jacobinos de París.
—En el monte de Ustaritz decimos que una pared de piedra seca aguanta todas las riadas no porque esté unida con argamasa, sino porque cada piedra se apoya en el peso y la firmeza de la de al lado —respondió Mathieu con su voz grave y pausada—.
Vamos dentro, fiscal. Amets Ibarra nos está esperando en la nave de fusión.
Hoy el horno número tres vuelve a rugir.
♦ ♦ ♦
El interior de la gran nave de fundición de Fagor Ederlan en Eskoriatza mantenía una temperatura densa y seca que contrastaba con el frescor húmedo del valle exterior.
El aire estaba cargado de esa suspensión microscópica de arena de sílice, resina de moldeo y polvo de grafito que dejaba un regusto ligeramente metálico en la lengua, pero las nubes de humo acre y el olor nauseabundo a componentes sintéticos calcinados que habían presidido la inspección ocular del primer día habían desaparecido por completo.
Un equipo de setenta trabajadores socios había trabajado en tres turnos ininterrumpidos de ocho horas para sanear el escenario del crimen.
La plataforma elevada de colada continua resplandecía bajo los focos de vapor de sodio con una limpieza industrial casi quirúrgica: las barandillas de seguridad habían sido repintadas de amarillo tráfico, los suelos de chapa de acero estriada estaban libres de escoria y las conducciones hidráulicas de alta presión mostraban precintos nuevos de goma sintética y abrazaderas de acero inoxidable.
En el centro neurálgico de la nave, el horno de inducción electromagnética número tres se alzaba como un cilindro colosal de acero acorazado de cinco metros de diámetro por seis de altura.
El crisol interior, donde Xabier Beloki había encontrado una muerte atroz entre las bobinas refrigeradas a mil cuatrocientos cincuenta grados, había sido completamente reconstruido.
Los operarios habían picado a mano, con martillos neumáticos ligeros y cinceles de widia, el antiguo revestimiento refractario contaminado por la chatarra saboteada, sustituyéndolo por una nueva masa de apisonado en seco de alúmina electrofundida de alta pureza con ligante cerámico sintético, sinterizada lentamente durante treinta y seis horas mediante quemadores de gas natural para evitar cualquier microfisura por dilatación térmica.
Antes de subir a la plataforma, Urretabizkaia guio a Ainara y Mathieu a través de la sala contigua de convertidores de potencia y celdas de media tensión.
En el recinto, presurizado con aire filtrado para impedir la entrada de polvo conductor, los módulos de tiristores de conmutación rápida y transistores bipolares de puerta aislada (IGBT) zumbaban con un tono agudo y contenido.
El técnico de mantenimiento mostró en el osciloscopio la forma de onda sinusoidal perfecta:
—Toda la electrónica de potencia ha sido sustituida —explicó Urretabizkaia señalando los armarios apantallados—.
La refrigeración de las bobinas de inducción opera con agua desmineralizada en circuito cerrado a diez bares de presión.
Si la temperatura del agua sube medio grado por encima del umbral de seguridad o si los sensores de masa detectan una sola derivación a tierra en el crisol, los disyuntores cortan la alimentación en menos de veinte milisegundos.
Al pie de la escalera de acceso a la plataforma superior, una comitiva sobria esperaba en silencio.
En el centro permanecía Miren Arregi, la viuda de Beloki, una mujer menuda de cuarenta y dos años con el cabello canoso recogido en una trenza austera, acompañada por sus dos hijos adolescentes, Jon y Mikel, de diecisiete y quince años, que vestían cazadoras oscuras y apretaban los puños con la mirada clavada en el armazón cilíndrico del horno.
A su lado se encontraban Iñigo Urretabizkaia, presidente del Consejo Rector de la cooperativa, y Amets Ibarra, la joven portavoz del Consejo Social que había sobrevivido al atentado en las curvas de Arantzazu.
Amets llevaba el brazo derecho inmovilizado en cabestrillo por la luxación sufrida durante el tiroteo en la cripta del santuario, pero su postura erguida reflejaba una entereza de hierro.
Al ver subir a Ainara y Mathieu por la rampa de servicio, la joven se adelantó dos pasos y estrechó la mano de la fiscal con una calidez que trascendía cualquier protocolo procesal.
—Eskerrik asko por venir, Ainara —dijo Amets con voz firme, sin soltar los dedos de la fiscal—.
El Consejo Rector consideró por unanimidad que este horno no podía volver a encenderse sin que estuviesen presentes las personas que impidieron que el asesinato de Xabier fuera archivado como un simple accidente laboral en un informe de prevención de riesgos.
Hoy esta planta sigue en pie gracias a que ustedes no se arrugaron ante los despachos de San Sebastián ni ante los enviados de Dubái.
Ainara inclinó levemente la cabeza, abrumada por la solemnidad del momento.
—Nosotros sólo cumplimos con nuestro deber constitucional, Amets. La verdadera fuerza que ha salvado Ederlan está en esos camiones que acaban de cruzar la báscula y en los compañeros que no han soltado las herramientas en toda la semana.
Miren Arregi dio un paso tímido hacia Ainara.
Sus ojos claros, hundidos por el llanto de tantas noches en vela pero limpios de rencor estéril, se posaron en los de la fiscal.
Entre sus manos enguantadas sostenía un pequeño objeto alargado de plástico negro: el portaminas Staedtler de medio milímetro con el que Xabier Beloki dibujaba los esquemas de refrigeración y anotaba los coeficientes de dilatación en sus libretas de campo.
—Xabier no dormía las últimas semanas, Ainara —dijo la viuda, y su voz temblaba con una emoción que sobrecogió a los presentes—.
Se quedaba en el despacho de casa hasta las tres de la madrugada repasando las fórmulas de la aleación de titanio y tungsteno para las turbinas de hidrógeno.
Me decía que los emisarios de Vandamme Metals le habían ofrecido dos millones de euros en una cuenta suiza si les entregaba los cuadernos de proceso y renunciaba a la patente cooperativa.
Le dijeron que si no aceptaba, Fagor Ederlan quebraría de todos modos y él se quedaría sin nada.
Xabier los echó del hotel de Bilbao donde lo habían citado.
Les dijo: «Esta aleación no es mía; es de los chavales de Mondragon Unibertsitatea que hicieron los ensayos de microscopía y de los fundidores de Eskoriatza que respiraron el polvo para moldear las primeras probetas».
Mi marido murió por defender eso. Y hoy, al ver que el horno vuelve a encenderse, sé que su muerte no fue en vano.
Jon y Mikel asintieron en silencio junto a su madre. El mayor, Jon, que acababa de comenzar el primer curso de ingeniería mecánica en el campus de Arrasate, apretó la mandíbula con la misma determinación obstinada que Ainara había visto en las fotografías del expediente de Beloki.
En la distancia, a través de los portones abiertos de la nave, las campanas de la iglesia parroquial de San Pedro de Eskoriatza comenzaron a tocar las once con campanadas lentas y solemnes que resonaron contra las peñas de Atxkorro.
Urretabizkaia hizo un gesto a los dos operarios que permanecían ante la consola de control principal.
—Es la hora —anunció con un tono grave que resonó con fuerza en la inmensidad de la nave—.
El protocolo de secado y curado del revestimiento refractario ha concluido con éxito a las diez de la mañana.
Los peritos de la Policía Judicial y los técnicos independientes del Colegio de Ingenieros han verificado los nuevos autómatas programables Siemens S7-1500.
El circuito SCADA está blindado con triple enclavamiento electromecánico físico independiente de cualquier conexión a la red externa; ningún servidor de Zúrich ni ningún software malicioso remoto podrá volver a puentear los relés de disparo ni manipular las curvas de potencia de esta máquina.
Las bombas de agua desmineralizada de refrigeración de las bobinas de cobre operan a una presión estable de ocho bares y el sistema de control de fugas a tierra mediante electrodos de solera arroja una resistencia infinita.
La viuda de Beloki dio un paso al frente, flanqueada por sus dos hijos. Con las manos temblorosas pero sostenidas por una serenidad desgarradora, Miren Arregi se acercó al pedestal de mando donde brillaba el pulsador maestro de baquelita roja que controlaba los contactores de alta tensión.