La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo
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CAPÍTULO 18 — El rescate cooperativo

El jueves amaneció en el valle del Alto Deba con una tregua luminosa que parecía arrancada al invierno.

Las nubes bajas y densas que durante cuatro días habían encajonado la niebla entre las laderas escarpadas de Aitzgorri y las peñas calizas de Atxkorro se abrieron hacia el este, empujadas por un viento del sur que templaba las cumbres y dejaba al descubierto jirones de un cielo azul pálido, lavado por la ventisca.

El aire que descendía de los pinares húmedos de Eskoriatza olía a corteza mojada, a musgo frío y a ese vapor denso y característico que desprendían las chimeneas industriales de Fagor Ederlan cuando los circuitos de refrigeración secundaria comenzaban a mover sus bombas de agua hacia las torres de enfriamiento.

Desde aquella atalaya natural sobre el asfalto, el río Deba discurría en el fondo de la vaguada como una cinta de plata encajonada entre muros de contención de mampostería, reflejando las naves fabriles de chapa ondulada y hormigón pretensado que se sucedían sin interrupción a lo largo de la carretera hasta fundirse con el casco urbano de Arrasate-Mondragón.

En las laderas superiores, los caseríos de piedra arenisca con sus tejados a dos aguas parecían vigilar el valle fabril desde hacía siglos.

Era esa convivencia singular, tan genuinamente vasca, donde los pastos comunales de ovejas lachas y los manzanales de sidra compartían ladera con pabellones de matricería de cinco ejes y fundiciones de alta tecnología.

—Durante décadas, los analistas de la OCDE y los economistas de las escuelas de negocios británicas escribieron informes asegurando que este valle era una anomalía estadística inviable —comentó Ainara, con la mirada fija en las chimeneas humeantes—.

Decían que una comarca montañosa sin salida directa al mar, sin grandes llanuras para autopistas logísticas ni recursos minerales propios no podía sostener una industria pesada avanzada frente a los gigantes alemanes del Ruhr o las acerías chinas del Hebei.

No entendían que la ventaja competitiva de este valle nunca fue la geografía, sino el pegamento social: la decisión colectiva de que los beneficios no se marchasen a engordar carteras de fondos en Londres o en Zúrich, sino que se reinvirtiesen íntegramente en las escuelas politécnicas, en la investigación de nuevos materiales y en la modernización constante de los talleres.

Mathieu asintió lentamente, contemplando el ir y venir de vehículos en el acceso.

—En el norte de Europa llamaban a eso la «vía renana», pero en Renania el control siempre estuvo en manos de los grandes bancos de Fráncfort y de las familias de la vieja aristocracia industrial.

Aquí le disteis la vuelta a la pirámide: la entidad financiera, la antigua Caja Laboral Popular, se fundó expresamente para servir a los talleres cooperativos, y los talleres se levantaron para dar trabajo digno y soberanía a la comunidad.

Por eso Sorokin, Deschamps y Patricia Hagen necesitaban quebrar este símbolo.

Si demostraban que el mayor grupo cooperativo del mundo dependía de un rescate público foral para sobrevivir a una crisis de liquidez, justificaban de inmediato ante la Comisión Europea en Bruselas la apertura de un expediente sancionador y la liquidación definitiva del Concierto Económico vasco.

Lo que contemplaban desde la ventanilla no se parecía a ninguna de las mañanas judiciales que Ainara había vivido a lo largo de sus quince años de ejercicio en la Fiscalía de Delitos Económicos.

Frente a la verja perimetral de hierro de la planta de fundición, donde apenas setenta y dos horas antes las cintas policiales de la Ertzaintza precintaban las tolvas y los inspectores judiciales recogían restos biológicos entre cenizas de carburo de silicio, se congregaba una marea compacta de cientos de personas.

No había pancartas de huelga con consignas desesperadas, ni neumáticos ardiendo sobre el asfalto, ni barricadas improvisadas contra los furgones antidisturbios de la Brigada Móvil.

Era una asamblea a cielo abierto de trabajadores socios que vestían sus buzos azules de faena, petos de cuero ignífugo con el logotipo desgastado de la cooperativa y chaquetones térmicos de trabajo con bandas reflectantes desgastadas por años de turnos nocturnos.

Los operarios del turno de noche, con los rostros tiznados por el polvo fino de grafito que flotaba de manera perpetua en el interior de las naves de colada, se mezclaban con los centenares de compañeros que acababan de llegar en autobuses de línea y coches compartidos para el relevo de la mañana.

Junto a ellos, decenas de jubilados que habían bajado desde los caseríos de Apotzaga, Mazmela y Gellao permanecían con sus txapelas caladas y las manos a la espalda, apoyados en sus bastones de avellano, contemplando con ojos húmedos las cancelas abiertas de par en par.

Eran los hombres que en los años sesenta y setenta habían levantado aquellas naves con sus propias manos, aportando sus indemnizaciones agrícolas para comprar las primeras prensas y los primeros hornos de cubilote.

—Mira la báscula de pesaje, Ainara —dijo Mathieu, señalando con el índice hacia el acceso norte de la factoría.

Por la rampa de hormigón armado que conectaba la planta con el enlace de la autopista AP-1 avanzaba un convoy de siete camiones articulados de cuatro ejes, con lonas verdes y rotulación de cooperativas transportistas de Bizkaia y Álava.

Al volante del tráiler de cabeza, un veterano chófer de Amorebieta con el rostro curtido por miles de viajes de chapa y bobinas aminoró la marcha hasta detener el eje delantero sobre la plataforma metálica, intercambiando un saludo con el puño en alto con los fundidores que vigilaban la cancela.

Los pesados vehículos no transportaban la chatarra naval contaminada de los desguaces holandeses de Róterdam que Sylvain Deschamps y la sociedad instrumental Atalante Capital habían intentado colar en los crisoles para reventar las coladas con exceso de fósforo y azufre; cada bañera metálica venía cargada hasta el borde con lingotes de arrabio virgen de alta pureza, recorte de estampación limpio de chapa galvanizada y viruta desgasificada de primera calidad, precintada bajo normas UNE-EN 1561 con doble certificado de análisis químico expedido a las seis de la madrugada por los laboratorios metalúrgicos de Tecnalia en Eibar.

Aquel cargamento de emergencia no lo había pagado ningún banco de inversión de Wall Street, ni procedía de los créditos participativos subordinados que Patricia Hagen y la Dirección General de Competencia en Bruselas esperaban con avidez procesal para abrir su expediente sancionador contra el Concierto Económico vasco.

Cada tonelada de metal virgen que cruzaba la plataforma de pesaje estaba financiada al céntimo por el Fondo de Solidaridad Intercooperativo del Grupo Mondragón.

Ainara conocía la intrahistoria de esa operación porque el presidente del Consejo Rector, Iñigo Urretabizkaia, se la había detallado en una llamada cifrada a las dos de la madrugada: reunidos de urgencia en la sede central del paseo Arizmendiarrieta de Arrasate, los representantes de las cooperativas industriales del grupo —Orona en Hernani, Danobat en Elgoibar, Fagor Arrasate, Ulma en Oñati y Maier en Gernika— habían aprobado por unanimidad y sin un solo voto en contra la movilización extraordinaria de doce millones de euros de sus fondos de reserva mancomunados.

La ingeniería jurídica del rescate cooperativo era impecable: amparados en el régimen especial de la Ley 11/2019 de Cooperativas de Euskadi, el Fondo de Solidaridad no había transferido liquidez a fondo perdido a Fagor Ederlan, lo que hubiera podido ser interpretado como una ayuda indirecta litigiosa; había adquirido de forma directa y fehaciente los pagarés mercantiles emitidos por Ederlan que vencían esa misma semana en el Mercado Alternativo de Renta Fija, depositando el importe íntegro en las cuentas notariales de consignaciones judiciales de Madrid y Luxemburgo.

Los artículos cincuenta y seis y sesenta y dos de la ley foral cooperativa garantizaban que el Fondo de Reserva Obligatorio y los fondos de educación y promoción eran irrepartibles e inembargables por acreedores especulativos externos.

Con esa jugada relámpago, los abogados de Atalante Capital se habían quedado sin causa de pedir: la deuda estaba saldada, el concurso de acreedores frustrado de raíz y los pagarés en manos de las propias cooperativas hermanas.

Cuando el primer tráiler de cuatro ejes pisó la plataforma de la báscula y el semáforo de gálibo cambió de rojo a verde con un chasquido del relé, un clamor sobrio, profundo y unánime brotó de las gargantas de los obreros congregados junto a las verjas.

No eran vítores eufóricos de victoria deportiva ni consignas partidistas; era el rugido áspero y contenido de hombres y mujeres que sabían que habían estado al borde del abismo y que habían vencido a los mayores poderes financieros del continente con la única fuerza de su trabajo colectivo y su dignidad comunitaria.

Los trabajadores aplaudían con los guantes de fundición puestos, haciendo chocar las llaves inglesas, las tenazas de colada y los cascos de protección contra los postes metálicos del vallado, creando un ritmo sordo y metálico que hacía vibrar el fondo del valle como si el corazón de hierro de la comarca estuviera latiendo de nuevo.

Ainara soltó el aire retenido en el pecho en un suspiro largo y tembloroso.

Sentía un nudo apretado en la garganta que no lograba disolver con la frialdad aséptica del funcionario judicial.

Aquellos hombres y mujeres eran el reflejo exacto de su propia infancia en Durango: los mismos ojos cansados pero indomables, las mismas manos encallecidas por el torno, la fresa y la esmeriladora, la misma obstinación secular que no admitía la derrota mientras quedase un solo fuego encendido en el hogar.