CAPÍTULO 17 — La grieta alemana #5
—Aportaremos como pieza separada el informe médico del centro penitenciario acreditando las amenazas de muerte recibidas en el patio y el informe de inteligencia de la Ertzaintza que vincula al sicario Constantinou con la red criminal de Sorokin —desgranó Ainara, perfilando la estrategia con una brillantez jurídica despiadada—.
Irazábal dictará un auto motivado declarando la condición de testigo especialmente vulnerable de Deschamps y acordando la práctica de la prueba anticipada con contradicción de partes, citando al abogado defensor de Atalante Capital y garantizando todas las prerrogativas del derecho de defensa.
Si Deschamps confiesa ante la cámara judicial los pagos de Sorokin, la existencia del servidor espejo de Bayona y los correos fiduciarios cruzados con Patricia Hagen, esa grabación se convertirá en prueba documental directa y preconstituida.
Aunque Madrid nos arrebate el sumario a las dos y un minuto de la tarde, esa declaración formará parte indisoluble del rollo de la causa.
Ningún fiscal general podrá borrarla; ningún tribunal podrá fingir que no existe.
—Y aseguraremos el soporte digital en discos ópticos WORM con firma de tiempo emitida por Izenpe —añadió Mathieu—.
Tres copias maestras no regrabables: una para el juzgado de Bergara, otra para la Secretaría General de Eurojust en La Haya y una tercera que yo mismo custodiaré en la caja fuerte de la delegación aduanera de Hendaya.
Si intentan manipular el servidor judicial de Donostia, La Haya certificará la autenticidad del testimonio ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Una ráfaga de viento especialmente violenta levantó una cortina de rocío helado que empapó las solapas de sus abrigos. Mathieu dio un paso hacia ella, cerrando el espacio que mediaba entre ambos hasta que sus miradas se encontraron a escasos centímetros de distancia.
A través del velo de aguanieve que empañaba el aire, Mathieu observó los rasgos afilados de Ainara: la curva firme de su barbilla, la línea tensa de sus labios y esa luz oscura e indomable que ardía en el fondo de sus pupilas.
Era la misma determinación que había reconocido en su propia madre Maider cuando los gendarmes franceses registraban la granja familiar de Ustaritz buscando propaganda de las ikastolas clandestinas; la obstinación secular de un pueblo que había aprendido a resistir a los imperios no con proclamas retóricas, sino con la solidez de sus leyes forales y la dureza de su memoria colectiva.
—Si entramos en Martutene mañana por la mañana a forzar esa declaración, Ainara, cruzamos la línea de no retorno —dijo Mathieu en un susurro grave que vibró bajo el bramido del océano—.
A partir de ese momento seremos dos funcionarios fuera del sistema.
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid pedirá mi cese inmediato en Eurojust a las autoridades de Bruselas y la Fiscalía General incoará un procedimiento penal contra ti por prevaricación y desobediencia judicial. No habrá vuelta atrás.
Ainara alzó la mano derecha. Con un gesto lento y deliberado, retiró el guante de cuero y apoyó los dedos desnudos sobre la mejilla de Mathieu.
Su piel estaba fría como el mármol por el viento del norte, pero el calor que emanaba de su tacto atravesó las capas de cansancio acumulado del inspector con la fuerza de una descarga eléctrica.
—Mi padre Josu murió en la soledad más absoluta de un taller en quiebra, Mathieu.
Se quitó la vida creyendo que su nombre y el de sus compañeros estaban manchados para siempre por no haber podido pagar unas deudas fraudulentas inventadas en los despachos de Madrid.
Llevo quince años vistiendo la toga de fiscal para que ningún otro trabajador honrado de esta tierra tenga que agachar la cabeza ante los criminales de cuello blanco que se reparten nuestro futuro como si fuera un botín de guerra.
No voy a traicionar la memoria de mi padre ni voy a entregar a los dos mil cooperativistas de Fagor Ederlan por salvar mi carrera en la carrera fiscal.
Mathieu cubrió la mano de Ainara con la suya. Sus dedos grandes y callosos se entrelazaron con los de ella, apretándolos con una fuerza que no dejaba resquicio a la duda ni al desánimo.
—Estaremos en Martutene a las ocho y media de la mañana —dijo él, sellando el juramento con una mirada que no admitía vacilaciones—.
Entraremos con Irazábal, aseguraremos la confesión de Deschamps y después iremos a buscar ese servidor a Bayona aunque tengamos que derribar las puertas con nuestras propias manos.
Ainara no apartó la mirada. Una leve sonrisa, fugaz y feroz como un relámpago en mitad de la noche cantábrica, curvó la comisura de sus labios.
—A las ocho y media, Mathieu. Y que en Berlín y en Madrid se preparen para escuchar el ruido de la fragua.
El trueno de una nueva ola rompiendo contra la escollera ahogó el eco de sus voces, pero el pacto estaba consumado.
Sobre el muelle azotado por la galerna, bajo la mirada impasible del Cantábrico y el rumor distante de los hierros enfriándose en los valles interiores de Gipuzkoa, la resistencia foral acababa de levantar su última y más formidable trinchera.