CAPÍTULO 17 — La grieta alemana #4
Ainara bajó la mirada hacia su muñeca izquierda.
Bajo el puño cerrado del abrigo de lana, sus dedos buscaron la caja de acero pulido del reloj Certina DS que había pertenecido a su padre Josu.
La corona de cuerda manual, desgastada por décadas de ajustes en los talleres de Durango, transmitía una frialdad sólida que parecía anclarla a la tierra.
Recordaba las libretas de hule negro donde su padre anotaba las horas de torno y los pedidos de manguetas, con el olor a taladrina y aceite quemado impregnado en cada página.
—En el cooperativismo vasco existe una herramienta que los burócratas de Bruselas jamás han logrado asimilar en sus esquemas de libre mercado —dijo Ainara, y su voz adquirió una vibración solemne—.
El Fondo de Solidaridad Intercooperativo.
Cuando una cooperativa del grupo atraviesa pérdidas coyunturales por caída de demanda o reconversión tecnológica, las demás cooperativas de Mondragón aportan voluntariamente un porcentaje de sus excedentes netos para sostener el empleo y reubicar a los socios en otras plantas.
Es una red de ayuda mutua basada en la soberanía del trabajo sobre el capital.
Eso es lo que Hagen y Sorokin querían destruir: querían demostrar que esa solidaridad interna era insuficiente, quebrar el modelo desde dentro y obligar a las instituciones públicas a intervenir para luego degollarlas con el derecho comunitario.
—Dirían que la capacidad normativa foral y la autonomía financiera de las Diputaciones son un anacronismo insostenible en una unión monetaria —dijo ella, con una amargura que quemaba como el ácido—.
Dirían que el Concierto permite al Gobierno Vasco subvencionar encubiertamente a sus cooperativas industriales en perjuicio de las fundiciones alemanas y francesas del Ruhr y de Lorena.
Forzarían al Gobierno central de Madrid a suspender las facultades de tutela financiera del Concierto Económico mediante la aplicación del artículo ciento cincuenta y cinco de la Constitución o a través de una reforma de urgencia de la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas, recentralizando la recaudación y la inspección de tributos en la Agencia Estatal de Administración Tributaria.
—El fin del régimen foral —resumió Mathieu—.
No mediante una votación parlamentaria en el Congreso de los Diputados, donde jamás conseguirían las mayorías necesarias, sino a través de un expediente administrativo de la Comisión Europea impuesto desde Bruselas bajo el pretexto del rigor fiscal y la libre competencia.
Y para lograrlo, no han dudado en quemar vivo a Xabier Beloki en un crisol de fundición y en enviar sicarios armados a tirotear una asamblea obrera en el santuario más sagrado de este país.
Ainara devolvió los folios a Mathieu. Cuando alzó el rostro, sus ojos oscuros no mostraban desaliento ni temor; mostraban la calma implacable y pétrea de los jueces que durante generaciones habían impartido justicia bajo el roble de Guernica.
—Han calculado todas las variables financieras, diplomáticas y comunitarias, Mathieu.
Han comprado voluntades en Bruselas, han movilizado a la diplomacia de una de las mayores potencias del continente y tienen al fiscal general del Estado comiendo en la palma de su mano.
Pero han cometido un error de cálculo imperdonable.
—¿Cuál? —preguntó Mathieu, escrutando la firmeza granítica de su mandíbula.
—Han creído que una fiscal de Durango se asustaría ante un membrete con un águila imperial y una amenaza de sanción disciplinaria. No conocen la tierra sobre la que están pisando.
♦ ♦ ♦
El atardecer cayó sobre la costa de Gipuzkoa con la violencia súbita y oscura de las grandes tempestades del Atlántico norte.
Las nubes bajas, cargadas de nieve que ya blanqueaba las crestas calizas del macizo de Izarraitz y las cumbres de Aralar, habían transformado el cielo en una bóveda de plomo macizo.
La marea alta alcanzaba su coeficiente máximo de pleamar, impulsando olas de más de seis metros que reventaban con estrépito contra el dique de la Zurriola y proyectaban géiseres de espuma salada que barrían el pavimento del paseo marítimo.
Ainara y Mathieu caminaban juntos a lo largo del muelle de piedra sillar, con las cabezas gachas para protegerse del azote del granizo menudo que se mezclaba con la lluvia.
A sus espaldas, la iluminación halógena del palacio de congresos del Kursaal teñía las cortinas de agua de un verde espectral, mientras al otro lado de la ensenada las farolas decimonónicas del paseo de Salamanca formaban una hilera temblorosa de puntos amarillos que se reflejaban en el asfalto anegado.
No quedaba un solo transeúnte en toda la fachada marítima.
La policía local había colocado vallas metálicas cortando los accesos peatonales al espigón debido al riesgo de golpes de mar, pero Mathieu había utilizado su placa metálica de enlace de Eurojust para convencer a la patrulla de que necesitaban realizar una inspección ocular urgente del perímetro portuario.
Se detuvieron junto al último bolardo de amarre de hierro fundido, allí donde el hormigón del dique se adentraba en el agua brava como la proa de un navío de guerra desafiando el temporal.
—El plazo de alegaciones que nos ha dado Madrid expira mañana a las dos de la tarde —dijo Ainara, levantando la voz por encima del estruendo continuo del oleaje—.
Si para esa hora no hemos remitido el auto de inhibición y las actuaciones completas del sumario a la Audiencia Nacional, el fiscal general del Estado firmará un decreto de avocación directa de conformidad con el artículo veinticinco del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal.
Me apartará de la jefatura de la investigación y designará a un teniente fiscal de su máxima confianza para formalizar la entrega de las pruebas.
Mathieu apoyó ambas manos sobre la barandilla de hierro oxidado, sintiendo en las palmas la vibración sorda que las toneladas de agua marina transmitían a través de la estructura del espigón.
—Eso nos deja exactamente veintiséis horas de margen operativo, Ainara. Veintiséis horas en las que tú sigues siendo la fiscal anticorrupción legítima del caso y el juez Fernando Irazábal sigue siendo el titular indiscutible del Juzgado de Instrucción número dos de Bergara.
—Irazábal no se va a plegar a las presiones de Madrid —aseguró ella con rotundidad—.
Estuve reunida con él en su despacho de Teresa de Calcuta antes de que bajáramos a la terraza.
Leyó el oficio de la Fiscalía General, se quitó las gafas de lectura, las dejó sobre el Código Penal y me miró como miraba a los mandos de la Guardia Civil cuando intentaban imponerle diligencias irregulares en los años noventa.
Me dijo textualmente: «Ainara, mientras no reciba una resolución firme de la Sala de Conflictos de Jurisdicción del Tribunal Supremo ordenándome soltar este sumario, el dueño de esta causa soy yo.
Si en Madrid quieren los discos duros de Miraconcha, que manden a un secretario judicial con una orden de registro firmada por un magistrado de la Sala Segunda».
—Irazábal tiene valor procesal, pero la Fiscalía General tiene resortes administrativos para asfixiarlo —advirtió Mathieu—.
Pueden congelar las comisiones rogatorias, bloquear las peticiones de peritaje al Instituto Nacional de Toxicología y negarse a autorizar los fondos reservados para la protección de testigos.
Si queremos blindar el sumario contra la injerencia de Hagen y del Ministerio de Justicia, necesitamos una prueba de cargo que sea jurídicamente indestructible antes de que expire el plazo de las dos de la tarde.
—Sylvain Deschamps —dijo Ainara.
El nombre del financiero francés quedó suspendido en el aire frío de la tarde como un desafío lanzado contra la tormenta.
—Deschamps está aterrado en la enfermería de Martutene —continuó Mathieu—.
El intento de suicidio de anoche no fue una simulación procesal para forzar un traslado a un hospital civil; fue el estallido de un hombre que sabe que sus antiguos socios lo consideran una carga prescindible.
Si le ofrecemos una salida viable mediante un protocolo de conformidad anticipada y su ingreso inmediato en el programa de protección de testigos, hablará.
Pero no podemos esperar a que se celebre el juicio oral dentro de dos años.
Para entonces, Deschamps estará muerto o retractado.
—Prueba preconstituida —afirmó Ainara, con la convicción tajante de quien ha tomado una resolución irreversible—.
Mañana a las nueve de la mañana constituiremos la sala del juzgado directamente en el interior del centro penitenciario de Martutene.
Irazábal presidirá la comparecencia en calidad de juez instructor, la letrada de la Administración de Justicia levantará acta pública fehaciente bajo fe judicial y utilizaremos los equipos de grabación digital con sello de tiempo del Gobierno Vasco para registrar la declaración íntegra de Deschamps bajo los estrictos requisitos del el cauce del artículo 777 procesal penal para la prueba preconstituida.
Mathieu asintió despacio, midiendo las implicaciones técnicas de la maniobra.
—El artículo setecientos setenta y siete exige acreditar la imposibilidad material de reproducir la prueba en el juicio oral por motivos de urgencia sobrevenida o riesgo inminente para la vida del deponente.