CAPÍTULO 19 — El precio de la sangre #5
—Berlín... —susurró Deschamps, y la palabra sonó como un estertor en la penumbra del pasillo—.
Berlín ya ha dado la orden... Hagen tiene el documento listo en su mesa de Bruselas...
Mañana a primera hora... la Comisión abrirá el expediente de infracción contra el Concierto Económico...
van a acusar a las Diputaciones Forales de ayudas de Estado ilegales...
van a exigir trescientos millones de devolución...
van a ahogar a las cooperativas... van a filtrar los informes a Reuters y al Financial Times para hundir el rating soberano...
La respiración del financiero se volvió más superficial, convertida en un jadeo entrecortado. Su mano en la manga de Mathieu comenzó a perder fuerza, resbalando lentamente sobre el tejido empapado:
—Tienen que cruzar la muga... —susurró en su último aliento, con los ojos fijos en el techo de hormigón de la galería penitenciaria—. Vayan a Bayona esta misma noche... antes de que Hagen avise a la DGSI francesa... crucen la muga antes de que os cierren las puertas...
El monitor cardíaco emitió un pitido largo, continuo y estridente. La línea de trazado electrocardiógrafo en la pantalla digital se aplanó en una horizontal perfecta.
—¡Asistolia! —gritó el médico penitenciario, apartando a Ainara para iniciar el masaje cardíaco manual sobre el esternón—. ¡Adrenalina, un miligramo intravenoso! ¡Prepara las palas a doscientos julios!
Ainara retrocedió un paso, sentándose sobre sus propios talones en el suelo ensangrentado.
Sus manos temblaban de forma incontrolable, cubiertas de sangre caliente hasta los antebrazos.
A su lado, Mathieu permanecía inmóvil, observando el rostro inmóvil de Sylvain Deschamps, cuya mandíbula acababa de caer en ese gesto definitivo y vacío que ningún desfibrilador podría revertir jamás.
Durante dos minutos, el equipo médico intentó desesperadamente la reanimación mediante descargas eléctricas y compresiones torácicas rítmicas. El cuerpo de Deschamps saltaba sobre las baldosas con cada descarga de las palas, pero el monitor se negaba a recuperar el latido.
A las seis y veintidós minutos, el médico suspendió las maniobras, bajó los brazos con un suspiro de impotencia y miró al director del centro penitenciario:
—Éxitus. Rotura completa de la femoral y shock hemorrágico irreversible. No hay nada que hacer.
El silencio que cayó sobre la galería de la enfermería fue más pesado y denso que los muros de hormigón de la prisión. Sólo se escuchaba el sonido monocorde del pitido del monitor hasta que un enfermero desconectó el cable de alimentación.
Ainara se puso en pie con lentitud. Su abrigo de paño gris marengo estaba arruinado, manchado de sangre desde las rodillas hasta el dobladillo, pero su postura mantenía esa verticalidad implacable que no se doblegaba ante la muerte.
Se acercó a la mesa de curas, tomó un paquete de toallitas desinfectantes y comenzó a limpiarse los dedos con movimientos pausados y metódicos.
En el espejo sobre el lavabo vio su propio reflejo: las mejillas salpicadas de diminutas gotas rojas, los ojos oscuros encendidos por una frialdad mineral y el reloj Certina de su padre marcando las seis y veintiséis minutos bajo el puño arremangado.
Mathieu se levantó a su lado. El inspector labortano miró el reloj de pared de la galería.
Atxaga se acercó con el rostro desencajado tras asegurar a Krasniqi en los calabozos de tránsito:
—He llamado al juzgado de guardia de San Sebastián para el levantamiento del cadáver bajo el artículo setecientos setenta y ocho de la Ley de Enjuiciamiento Criminal —dijo el inspector de la Ertzaintza en un susurro urgente—.
La comisión judicial estará aquí en veinte minutos.
El juez de guardia y la secretaria judicial precintarán la enfermería y tomarán declaración a todos los presentes.
Ainara, Mathieu... si os quedáis aquí para el atestado, no saldréis de Martutene hasta medianoche.
Y para entonces, la orden de Madrid ya estará firmada.
—¿Cuánto margen nos das, Gorka? —preguntó Mathieu, clavando sus ojos en los del veterano policía vasco.
Atxaga miró el charco de sangre en el suelo y apretó los dientes:
—Retrasaré el informe telemático a la central de Erandio y a la Secretaría de Estado de Seguridad noventa minutos.
Diré que los sistemas informáticos del penal sufrieron una caída por el temporal.
Os da tiempo de llegar a la frontera antes de que emitan la orden de cierre en el Sistema de Información de Schengen.
Pero no crucéis por el peaje de Biriatou ni por el puente de Santiago; la Policía Nacional y la Gendarmería vigilan las cámaras de matrícula. Subid por el monte Jaizkibel.
—Se acabó el tiempo procesal, Ainara —dijo Mathieu en un susurro que sólo ella pudo escuchar—.
Deschamps está muerto. En menos de una hora, la noticia de su asesinato en el interior de Martutene llegará a los teletipos de Madrid y a la sede de la Fiscalía General.
Utilizarán este homicidio como la excusa perfecta para imputarnos la falta de custodia del testigo, decretar la intervención del juzgado de Bergara y apartarte de la causa esta misma noche.
Ainara arrojó las toallitas manchadas a la papelera metálica. Cuando alzó la mirada hacia Mathieu, sus ojos oscuros brillaban con una determinación feroz, fría y sin fisuras.
—Madrid puede firmar todos los decretos que quiera, Mathieu. La prueba no está en Madrid ni en este pasillo. La prueba está en el número doce del Quai Chaho de Bayona.
—La frontera va a arder a partir de las ocho de la tarde —advirtió él—.
En cuanto la Comisión Europea filtre el expediente contra el Concierto Económico, los controles policiales en Irún y en la autopista AP-8 se cerrarán a cal y canto.
Si cruzamos la muga para registrar ese piso sin comisión rogatoria internacional, seremos dos fugitivos actuando en territorio francés fuera de la ley.
Ainara sacó las llaves del coche del bolsillo de su abrigo. Miró sus manos limpias y luego miró hacia el suelo donde yacía el cuerpo sin vida del financiero:
—Mi padre Josu me enseñó que cuando el acero se enfría en el molde ya no se puede corregir la pieza; hay que forjarla mientras el fuego queme. Salgamos de Martutene, Mathieu. Vamos a Jaizkibel a mirar la muga antes de cruzarla.
El levantamiento del cadáver de Sylvain Deschamps y su traslado hacia la cámara frigorífica del depósito judicial del Instituto Vasco de Medicina Legal en Donostia quedó formalmente encomendado a la comisión forense de guardia.
En la galería de la enfermería, mientras los peritos de la Policía Científica de la Ertzaintza acordonaban el pasillo con cinta perimetral de seguridad y fijaban las evidencias balísticas y biológicas sobre el suelo manchado, Ainara y Mathieu recogieron sus expedientes y la grabadora digital con la confesión bajo la mirada cómplice del inspector Atxaga.
Salieron del edificio penitenciario bajo una cortina de agua gélida que les azotó el rostro con la violencia implacable del Cantábrico, lavando los restos de sangre que aún impregnaban sus ropas y sus manos.
En el patio de armas del penal de Martutene, las luces de emergencia de dos furgones de intervención rápida iluminaban los charcos con un resplandor azul cobalto que se reflejaba sobre el asfalto resquebrajado.
Los funcionarios de la guardia exterior les abrieron la cancela de hierro macizo sin formular una sola pregunta, reconociendo en la rigidez de sus semblantes que la línea roja que separaba el procedimiento judicial ordinario de la supervivencia descarnada acababa de saltar por los aires.
Ainara arrancó el motor diésel del vehículo mientras Mathieu ajustaba el cinturón de seguridad y comprobaba en el espejo retrovisor que ninguna patrulla camuflada los seguía desde las rotondas de Astigarraga.
El calor de la calefacción comenzó a desempañar los cristales lentamente, despidiendo ese olor a lana mojada, pólvora y salitre que los acompañaba desde las marismas fluviales.
Al incorporarse a la variante GI-20 en dirección a Pasaia y Lezo, la silueta sombría de los muros de Martutene quedó atrás como un monumento de hormigón a la impunidad, al miedo y al precio implacable de la verdad.
—Tomaremos la carretera de montaña de Jaizkibel desde Lezo —dijo Ainara Zubiaga, acelerando con decisión mientras los limpiaparabrisas barrían el agua torrencial—.
Si la Secretaría de Estado de Seguridad o la Guardia Civil montan controles de interceptación en los peajes de la autopista AP-8 o en el paso de Behobia, no nos verán pasar por la línea de crestas sobre el mar.
Mathieu apoyó la mano sobre el salpicadero, sintiendo la vibración del motor transmitiéndose a través de sus huesos:
—En la cima de Jaizkibel se divisan todas las luces de la costa vasca, desde el faro de Higer en Hondarribia hasta la ensenada de San Juan de Luz y Biarritz —respondió el inspector en un susurro grave, cargado de presagios—.
Es el lugar donde la tierra se acaba y donde la muga deja de ser una línea administrativa para convertirse en una trinchera.
Allí comprenderemos la magnitud exacta de lo que vamos a desafiar antes de quemar todas las naves.