CAPÍTULO 16 — El interrogatorio del acero #6
—Deschamps está entre rejas, Ainara. Pero acabas de escuchar lo que ha gritado antes de que se lo llevaran.
Sorokin no va a quedarse de brazos cruzados en Dubái mientras su operador estrella se pudre en una celda donostiarra.
Y en Berlín, las alarmas acaban de saltar en la cancillería. Lo peor está por llegar.
Tras la expulsión de Deschamps de la sala de vistas bajo la escolta armada de la Ertzaintza, el letrado Fernando Valenzuela recogió sus expedientes con manos trémulas, evitando cruzar la mirada con el magistrado instructor y con la fiscal anticorrupción.
Su socio donostiarra ya había abandonado la sala por el pasillo lateral, consciente de que cualquier vinculación profesional continuada con la trama de Atalante Capital representaba un riesgo reputacional inasumible ante los tribunales vascos.
Ainara Zubiaga permaneció en el estrado del Ministerio Fiscal mientras el secretario judicial completaba la redacción del acta de comparecencia y recababa las firmas electrónicas preceptivas.
La sala, antes escenario de una feroz contienda jurídica, recuperaba poco a poco su calma institucional, interrumpida únicamente por el murmullo de la lluvia que seguía repiqueteando contra los cristales de la plaza Teresa de Calcuta.
El juez Mendiguren firmó la última copia del auto de prisión y alzó la vista hacia Ainara, dedicándole una sobria inclinación de cabeza:
—Excelente trabajo pericial, fiscal Zubiaga.
Hacía muchos años que no veía un sumario de delincuencia corporativa cerrado con esta solidez probatoria en fase de instrucción preliminar.
Pero tenga mucho cuidado a partir de este minuto.
El señor Deschamps no mentía cuando hablaba de sus conexiones en Madrid y en Bruselas.
En cuanto el auto de prisión llegue a los registros del Consejo General del Poder Judicial, las presiones políticas para sustraerle la causa serán formidables.
—El Ministerio Fiscal no se deja presionar por intereses geopolíticos, señoría —respondió Ainara con una serenidad inquebrantable mientras guardaba sus carpetas en el maletín de cuero—. Esta causa se instruirá en los juzgados de este territorio hasta sus últimas consecuencias procesales.
Mathieu se acercó al estrado y le tendió el maletín de aluminio con el disco duro precintado:
—Deschamps ya está en el furgón celular camino de Martutene, Ainara.
Pero el reloj no se ha detenido. Mañana a primera hora la Comisión Europea y el Ministerio de Asuntos Exteriores moverán ficha.
Tenemos que preparar la línea de defensa antes de que Madrid mueva los hilos para arrebatarnos el caso.
Ainara tomó su maletín, respiró hondo el aire fresco del corredor y miró a Mathieu a los ojos:
—Que vengan, Mathieu. Si quieren enterrar la verdad de Mondragón, tendrán que hacerlo por encima de este sumario.
La salida de Sylvain Deschamps hacia los calabozos subterráneos de la Audiencia Provincial dejó en la sala tres un eco de conmoción que tardó varios minutos en disiparse.
Los gritos histéricos del financiero francés, proclamando a los cuatro vientos que Berlín y Bruselas habían avalado la operación de estrangulamiento de Mondragón para forzar la derogación del Concierto Económico, resonaban en la memoria de los presentes como una confesión desesperada y reveladora.
El oficial de sala y el letrado de la Administración de Justicia recogieron las actas firmadas, procediendo a sellar las copias testimoniales del auto de prisión provisional incondicional que serían remitidas telemáticamente a la dirección del Centro Penitenciario de Martutene y a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en Madrid.
Fernando Valenzuela recogió sus tomos de jurisprudencia comunitaria con una lentitud mecánica, sin atreverse a levantar la vista hacia la fiscalía.
Cuando cruzó la puerta de salida, su paso era el de un hombre derrotado que comprendía que la maquinaria judicial de Euskadi acababa de asestar un golpe mortal a la mayor operación de saqueo corporativo diseñada en el norte de España durante la última década.
Ainara Zubiaga desabrochó los botones de su toga con movimientos sobrios y precisos, doblando la prenda negra sobre el respaldo de su silla antes de guardarla en la funda de viaje de fieltro oscuro.
Miró por el ventanal hacia la plaza Teresa de Calcuta: la lluvia sobre Donostia parecía dar una tregua, abriendo jirones de cielo azul sobre la silueta del monte Urgull y el puente de Zurriola.
Mathieu se colocó junto a ella, sosteniendo el maletín de aluminio donde reposaba la imagen forense E01 del servidor de Miraconcha:
—Has estado magistral en sala, Ainara. Deschamps ha quedado destrozado procesalmente.
El auto de Mendiguren es una muralla jurídica que ningún recurso de apelación ante la Audiencia Provincial podrá derribar en los próximos seis meses.
Pero sus últimas palabras en el banquillo no eran fruto de la locura: la conexión entre Sorokin, el fondo buitre y los despachos comunitarios de Bruselas es real.
Deschamps solo era el capataz sobre el terreno.
Quienes diseñaron la operación para liquidar la soberanía fiscal vasca están en las plantas altas del poder europeo.
Ainara se ajustó el abrigo de lana gris, tomó su maletín de cuero y miró a Mathieu con una determinación granítica:
—Sé perfectamente quién está detrás, Mathieu.
Las palabras de Deschamps confirman lo que descubriste en Frankfurt.
Querían utilizar la quiebra de Fagor Ederlan como el caballo de Troya para demostrar que las haciendas forales no pueden sostener la economía productiva de este país sin la tutela centralizada del Estado.
Creyeron que el miedo de los trabajadores y el cinismo de los mercados les abrirían las puertas del valle del Deba.
Pero la asamblea de Mondragón resistió, los hornos de fundición volverán a encenderse y este sumario penal llegará hasta el último rincón de Berlín y Bruselas.