CAPÍTULO 16 — El interrogatorio del acero #7
Caminaron juntos hacia el ascensor que conducía al aparcamiento subterráneo.
Al abrirse las puertas metálicas en la planta sótano, el furgón celular de la Ertzaintza que transportaba a Deschamps acababa de abandonar la dársena con los rotativos azules encendidos, perdiéndose en el túnel de salida hacia la autovía del Urumea con destino a la prisión de Martutene.
Ainara respiró hondo el aire húmedo del garaje, sintiendo que una etapa decisiva de la batalla había concluido con una victoria absoluta de la legalidad sobre la codicia corporativa.
—La fragua ha vencido en el banquillo, Mathieu —concluyó ella, entrelazando sus dedos con los de él antes de subir al vehículo—. Ahora vamos a por los mandantes de Bruselas.
La salida de Sylvain Deschamps hacia los calabozos subterráneos de la Audiencia Provincial dejó en la sala tres un eco de conmoción que tardó varios minutos en disiparse.
Los gritos histéricos del financiero francés, proclamando a los cuatro vientos que Berlín y Bruselas habían avalado la operación de estrangulamiento de Mondragón para forzar la derogación del Concierto Económico, resonaban en la memoria de los presentes como una confesión desesperada y reveladora.
El oficial de sala y el letrado de la Administración de Justicia recogieron las actas firmadas, procediendo a sellar las copias testimoniales del auto de prisión provisional incondicional que serían remitidas telemáticamente a la dirección del Centro Penitenciario de Martutene y a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en Madrid.
Fernando Valenzuela recogió sus tomos de jurisprudencia comunitaria con una lentitud mecánica, sin atreverse a levantar la vista hacia la fiscalía.
Cuando cruzó la puerta de salida, su paso era el de un hombre derrotado que comprendía que la maquinaria judicial de Euskadi acababa de asestar un golpe mortal a la mayor operación de saqueo corporativo diseñada en el norte de España durante la última década.
Sus socios en Madrid ya preparaban notas de prensa desvinculándose de las filiales operativas de Deschamps para salvar el prestigio del bufete en el barrio de Salamanca.
Ainara Zubiaga desabrochó los botones de su toga con movimientos sobrios y precisos, doblando la prenda negra sobre el respaldo de su silla antes de guardarla en la funda de viaje de fieltro oscuro.
Miró por el ventanal hacia la plaza Teresa de Calcuta: la lluvia sobre Donostia parecía dar una tregua, abriendo jirones de cielo azul sobre la silueta del monte Urgull y el puente de Zurriola.
Mathieu se colocó junto a ella, sosteniendo el maletín de aluminio donde reposaba la imagen forense E01 del servidor de Miraconcha:
—Has estado magistral en sala, Ainara. Deschamps ha quedado destrozado procesalmente.
El auto de Mendiguren es una muralla jurídica que ningún recurso de apelación ante la Audiencia Provincial podrá derribar en los próximos seis meses.
Pero sus últimas palabras en el banquillo no eran fruto de la locura: la conexión entre Sorokin, el fondo buitre y los despachos comunitarios de Bruselas es real.
Deschamps solo era el capataz sobre el terreno.
Quienes diseñaron la operación para liquidar la soberanía fiscal vasca están en las plantas altas del poder europeo.
Ainara se ajustó el abrigo de lana gris, tomó su maletín de cuero y miró a Mathieu con una determinación granítica:
—Sé perfectamente quién está detrás, Mathieu.
Las palabras de Deschamps confirman lo que descubriste en Frankfurt.
Querían utilizar la quiebra de Fagor Ederlan como el caballo de Troya para demostrar que las haciendas forales no pueden sostener la economía productiva de este país sin la tutela centralizada del Estado.
Creyeron que el miedo de los trabajadores y el cinismo de los mercados les abrirían las puertas del valle del Deba.
Pero la asamblea de Mondragón resistió, los hornos de fundición volverán a encenderse y este sumario penal llegará hasta el último rincón de Berlín y Bruselas.
Caminaron juntos hacia el ascensor que conducía al aparcamiento subterráneo.
Al abrirse las puertas metálicas en la planta sótano, el furgón celular de la Ertzaintza que transportaba a Deschamps acababa de abandonar la dársena con los rotativos azules encendidos, perdiéndose en el túnel de salida hacia la autovía del Urumea con destino a la prisión de Martutene.
La escolta de seguridad incluía dos vehículos camuflados de la brigada móvil para prevenir cualquier intento de asalto o interceptación en el trayecto de cuatro kilómetros a lo largo de la ribera del río.
Ainara respiró hondo el aire húmedo del garaje, sintiendo que una etapa decisiva de la batalla había concluido con una victoria absoluta de la legalidad sobre la codicia corporativa.
—La fragua ha vencido en el banquillo, Mathieu —concluyó ella, entrelazando sus dedos con los de él antes de subir al vehículo—. Ahora vamos a por los mandantes de Bruselas.