CAPÍTULO 15 — La incautación de Donostia #4
—Escúchame con mucha atención —le dijo Mathieu con una frialdad pausada que no admitía engaños—.
Estás incurriendo en flagrante delito de encubrimiento de asesinato, pertenencia a organización criminal y sabotaje de infraestructuras críticas.
En este momento tienes dos opciones: o colaboras con la policía judicial facilitando las contraseñas maestras de arranque y los certificados de descifrado del volumen de respaldo, o saldrás de este sótano con una petición fiscal de quince años de prisión en régimen cerrado.
¿Quién tiene la clave de la partición oculta del rack tres?
El técnico tragó saliva con dificultad, mirando de reojo los restos chamuscados del cañón de microondas:
—La clave está en un token de seguridad YubiKey que Sylvain lleva en su llavero...
—balbuceó con voz temblorosa—. Pero hay una copia de contingencia en el servidor secundario de archivos, en un volumen encriptado bajo el sistema VeraCrypt.
La contraseña de montaje de emergencia es una cadena alfanumérica de veinticuatro caracteres que está registrada en el archivo de configuración del cortafuegos.
Os daré la clave si hacéis constar en el atestado que yo no toqué el interruptor del pulso.
♦ ♦ ♦
En el interior del rack número tres, encajado sobre la bahía secundaria de discos duros de almacenamiento masivo donde se custodiaban las copias espejo de la contabilidad fiduciaria, un cartucho de aluminio de cuarenta centímetros de longitud comenzó a emitir un silbido ensordecedor.
Una llamarada cegadora de color blanco incandescente estalló en el interior del módulo metálico.
La carga pirotécnica, compuesta por termita granulada de óxido de hierro y polvo de aluminio fino con iniciador de perclorato de magnesio, comenzó a arder a más de dos mil doscientos grados centígrados.
La temperatura fue tan instantánea y devastadora que el cristal templado del frontal del armario rack estalló hacia fuera en una lluvia de fragmentos diminutos que rebotaron contra las losetas del suelo técnico.
Una columna densa de humo blanco y sofocante, cargada de vapores de silicio derretido, estaño vaporizado y ácido clorhídrico desprendido por la combustión de las placas de circuito impreso, comenzó a inundar la sala subterránea a una velocidad aterradora.
—¡Fuego de termita! —gritó el agente Mendizabal retrocediendo con los ojos irritados por los gases tóxicos—. ¡El agua y el polvo químico no apagan la termita! ¡La reacción aporta su propio oxígeno! ¡Tenemos que desalojar la sala o nos asfixiaremos en un minuto!
—¡No podemos desalojar! —bramó Mathieu con la voz desgarrada mientras se cubría la boca y la nariz con el cuello elástico de su chaqueta de asalto—.
¡En ese rack está la imagen forense E01 del servidor central con los pagos de Sorokin a los sicarios de Arantzazu!
¡Si se quema esa unidad, Deschamps queda impune!
Mathieu localizó un gran extintor de dióxido de carbono de doce kilos colgado en la columna maestra del sótano. Descolgó el cilindro de acero de un tirón seco, arrancó el pasador de seguridad de latón con los dientes y corrió hacia el rack en llamas.
El calor que emanaba del armario metálico era insoportable, una radiación térmica que quemaba la piel de las mejillas a dos metros de distancia y hacía que el tejido sintético de los guantes de kevlar comenzara a encogerse.
Las bandejas de aluminio del servidor secundario se estaban fundiendo en una pasta líquida y brillante que goteaba como lava incandescente sobre el fondo del chasis, consumiendo los cables de fibra óptica en llamaradas verdosas.
Mathieu se colocó a medio metro del foco térmico, apretó la palanca del extintor y dirigió la tobera difusora de plástico negro directamente hacia la bahía externa de discos duros hot-swap, situada en el lateral derecho del rack, a escasos quince centímetros de la masa de termita que devoraba el procesador central.
Un chorro denso de nieve carbónica a setenta y ocho grados bajo cero golpeó el metal al rojo vivo con un aullido sibilante de vapor presurizado.
La densa nube de dióxido de carbono sofocó las llamas superficiales y creó una barrera térmica momentánea que retrasó la propagación del calor hacia la bahía de almacenamiento sólido.
El choque térmico fue tan brutal que la estructura de acero del bastidor chirrió con un crujido sordo, agrietándose bajo la tensión interna del metal.
Mathieu soltó la tobera del extintor con la mano izquierda y, conteniendo la respiración para no aspirar los gases venenosos que le abrasaban la garganta y le nublaban la vista con lágrimas ardientes, introdujo su mano derecha enguantada directamente en el hueco humeante del chasis.
Los dedos de kevlar hicieron contacto con la carcasa metálica de la unidad de almacenamiento de estado sólido de alta capacidad, marcada con una etiqueta blanca ignífuga donde se leía en caracteres de imprenta: BACKUP MASTER — VOL. E01 — SHADOW LEDGER .
El metal de la carcasa quemaba a través de la capa de aislamiento térmico del guante.
Mathieu sintió el calor abrasador atravesando las fibras y alcanzando la carne de la palma de su mano con un dolor fulgurante que le hizo apretar los dientes hasta el límite de la mandíbula.
Presionó la pestaña de extracción mecánica con el pulgar.
El resorte cedió con un chasquido suave.
Tiró con todas sus fuerzas hacia fuera.
La unidad de almacenamiento, del tamaño de un libro de bolsillo pero con un blindaje exterior de aleación de magnesio y titanio, se desprendió de los conectores de bus de datos y cayó en sus manos.
Mathieu retrocedió tambaleándose dos pasos sobre las losetas cubiertas de ceniza blanca, tosiendo violentamente mientras el aire enrarecido le quemaba los pulmones. Se giró hacia la escalera de salida, apretando el disco duro contra su pecho como si fuera el único tesoro sobre la faz de la tierra.
Larrea y Mendizabal lo agarraron por los brazos bajo la escalera y lo arrastraron en volandas hacia la planta superior, mientras las alarmas de incendios del palacete comenzaban a aullar con un pitido estridente y los aspersores del techo descargaban una lluvia de agua fría que lavaba el humo tóxico del vestíbulo.
Al cruzar el porche señorial y salir al aire libre del jardín de Miraconcha, la llovizna fresca del Cantábrico golpeó el rostro ennegrecido de Mathieu.
Se dejó caer de rodillas sobre la grava húmeda, tosiendo bocanadas de aire limpio y contemplando la unidad metálica que sostenía en su mano derecha.
La carcasa estaba ennegrecida por el hollín y los bordes mostraban signos evidentes de estrés térmico, pero el precinto criptográfico de la interfaz SATA y la etiqueta de control con el hash de verificación SHA-256 permanecían completamente intactos.
—Lo tenemos, Iñaki —dijo Mathieu con una voz ronca que parecía salir de una cueva de carbón, levantando el disco hacia el subinspector de la policía foral—. La imagen forense E01 está a salvo. La contabilidad negra de Atalante nos pertenece.
El calor residual en el sótano seguía siendo asfixiante, pero el humo blanco comenzaba a ser evacuado por los dos extractores axiales que Mendizabal había activado en modo de emergencia forzada desde el panel de climatización.
La estructura del rack número tres mostraba la devastación provocada por la termita: los componentes electrónicos del servidor de bases de datos se habían convertido en una escoria informe de metal vitrificado y ceniza grisácea.
Sin embargo, el compartimento lateral donde se alojaba la bahía de respaldo E01, protegido por la placa deflectora de acero inoxidable y enfriado in extremis por el chorro criogénico del extintor de Mathieu, había resistido la temperatura sin colapsar.
Mathieu, sentado en el rellano de la escalera mientras un agente le aplicaba una gasa con apósito de hidrogel sobre la quemadura de segundo grado de la palma de su mano derecha, contemplaba la unidad de estado sólido con una mezcla de agotamiento y alivio profundo:
—El blindaje de magnesio ha funcionado —murmuró Mathieu apretando la mandíbula mientras el gel calmaba el ardor de la piel enrojecida—.
Estas carcasas de grado industrial están diseñadas para soportar temperaturas de hasta trescientos grados durante diez minutos en incendios de centros de proceso de datos.
El calor abrasó el exterior, pero la memoria flash interna ha quedado intacta.
Larrea subió los últimos peldaños con dos botellas de agua fresca y le tendió una al agente de la OLAF:
—Bébete esto, Mathieu. Tienes los ojos inyectados en sangre por el cloruro.
Los bomberos de Donostia acaban de llegar al paseo con una autobomba ligera, pero les he indicado que el foco está extinguido y que el recinto está bajo secreto sumarial judicial.
Nadie que no forme parte de la comisión judicial de Bergara va a poner un pie en este sótano hasta que hayamos embalado hasta el último tornillo.
Mendizabal conectó un ventilador portátil de extracción forzada a la toma de corriente auxiliar del pasillo para acelerar la evacuación de los gases residuales.
El olor a plástico quemado y a vapores metálicos era tan penetrante que los tres hombres tosían continuamente a pesar de las mascarillas de carbono activo que se habían colocado tras subir al rellano.