CAPÍTULO 15 — La incautación de Donostia #3
El dispositivo era un cañón de pulso electromagnético portátil, un artefacto de uso militar modificado para la destrucción instantánea de soportes magnéticos y semiconductores mediante la descarga concentrada de un campo de microondas de alta potencia alimentado por un banco de condensadores de tantalio.
—¡Policía Judicial! ¡Quietos los dos! ¡Apartaos de los racks ahora mismo! —gritó Larrea encañonando al técnico de la consola con su arma corta.
El operador del maletín amarillo ni siquiera levantó la vista. Con un movimiento convulsivo de la mano derecha, extendió el dedo índice hacia el interruptor basculante de descarga protegido por una cubierta de plástico rojo transparente:
—¡Tarde, policías! —chilló con acento eslavo mientras rompía el precinto de seguridad del conmutador—. ¡Aquí no va a quedar ni una sola línea de código para vuestros tribunales!
Mathieu Etcheverry no vaciló ni una fracción de segundo.
Ignorando el dolor punzante en su hombro suturado, se lanzó hacia delante con un salto rasante sobre el suelo técnico, impulsándose con la fuerza de sus piernas como si tackleara a un apertura en los campos de rugby de Ustaritz.
Su cuerpo impactó de lleno contra el costado del técnico eslavo milisegundos antes de que su dedo accionara el interruptor.
Ambos hombres rodaron sobre las losetas antiestáticas en un choque violento que derribó una torre auxiliar de herramientas y una batería de alimentación ininterrumpida.
El maletín del pulso electromagnético se desprendió de la mesa de soporte, cayendo al suelo con un golpe sordo que desconectó uno de los bornes principales de la bobina de inducción.
El condensador soltó un chisporroteo azulado y un olor acre a ozono quemado, pero la descarga no llegó a transmitirse a los discos de almacenamiento masivo.
El operario extranjero intentó zafarse revolviéndose sobre el suelo, clavando los codos en el abdomen de Mathieu y buscando un destornillador de vástago largo que había quedado a escasos centímetros de su mano derecha.
Mathieu atrapó la muñeca del agresor con un giro rápido de aikido, retorciéndola hacia atrás hasta escuchar el crujido del cartílago articular.
Con la otra mano, descargó un golpe seco con la base de la linterna táctica sobre el plexo braquial del operario, paralizándole el brazo derecho antes de voltearlo boca abajo contra el suelo y hundirle la rodilla en el omoplato.
—¡Asegurado el primer operador! —gritó Mathieu con la respiración entrecortada por el esfuerzo físico mientras Larrea y Mendizabal encañonaban al segundo técnico frente a la consola, obligándolo a levantar las manos y arrodillarse con la frente pegada al hormigón.
Larrea le colocó los grilletes reglamentarios al técnico derribado, tirando de la cadena metálica con una firmeza que arrancó un alarido de dolor al sospechoso:
—Estás detenido por atentado a agentes de la autoridad, obstrucción a la justicia y destrucción de pruebas procesales en grado de tentativa —le espetó el subinspector mientras lo ponía en pie de un tirón y lo empujaba hacia los peldaños de la escalera—.
Ya tendrás tiempo de explicarle al juez Irazábal quién te pagó por instalar este cañón de microondas.
En el suelo del sótano, el técnico eslavo respiraba con dificultad bajo la inmovilización de Larrea.
Sus ojos desorbitados miraban con desesperación hacia el maletín amarillo volcado entre las losetas antiestáticas.
Mathieu se arrodilló junto al dispositivo y examinó con cautela los componentes electrónicos del cañón de microondas.
—Mira esto, Mendizabal —dijo Mathieu señalando la placa de circuito impreso artesanal ensamblada sobre la carcasa del condensador—.
No es un desmagnetizador comercial de laboratorio.
Es una adaptación clandestina de un generador v-IRC de pulso electromagnético de compresión de flujo.
Han montado un circuito de descarga rápida con seis condensadores de tantalio de diez mil microfaradios capaces de liberar una corriente instantánea de quince mil amperios a través de la bobina de cobre.
A esa intensidad de campo magnético, los dominios ferromagnéticos de los platos de disco duro se desorientan en nanosegundos y las puertas lógicas de las memorias flash NAND sufren una ruptura dieléctrica irreversible por efecto túnel.
Ni siquiera los laboratorios forenses del FBI en Quantico habrían podido recuperar un solo byte de esos servidores si este artefacto hubiera disparado.
Mendizabal sacó una cámara réflex con objetivo macro y comenzó a fotografiar el circuito desde cuatro ángulos distintos, documentando la posición del interruptor de seguridad y las conexiones ilegales que puenteaban el cuadro eléctrico del edificio:
—Es una prueba de cargo demoledora para el atestado de criminalidad organizada, inspector.
Nadie instala un dispositivo militar de pulso electromagnético en una oficina financiera si no tiene la certeza absoluta de que los datos almacenados en esos servidores constituyen la prueba material de delitos de gravedad extrema.
El propio intento de activación acredita el dolo directo en la ocultación de pruebas procesales.
Mathieu se incorporó despacio, pasándose la manga de la chaqueta técnica por la frente empapada de sudor frío. Su respiración se acompasaba con dificultad y el hombro vendado le ardía como si le hubieran clavado una lezna al rojo vivo, pero sus ojos estaban clavados en los tres racks de servidores.
El técnico de la coleta permanecía arrodillado con las manos en la nuca, temblando de pánico:
—No toquéis el rack número tres... —balbuceó con la voz rota por el miedo—. Sylvain lo preparó todo desde Biarritz. Tiene un actuador térmico secundario conectado a la red celular. Si el sistema pierde el pulso de respuesta durante más de sesenta segundos, se activa automáticamente...
Antes de que el técnico pudiera terminar la frase, un zumbido eléctrico agudo resonó en la parte superior del tercer armario metálico, seguido por el chasquido característico de un relé electromecánico de alta tensión.
Mendizabal se colocó frente al segundo armario rack, examinando la consola de monitorización de red donde varias líneas de código en color magenta indicaban intentos continuos de establecer túneles VPN cifrados hacia servidores proxy en Reikiavik y Zúrich:
—Estaban intentando volcar la base de datos completa a un almacenamiento en la nube antes de activar el pulso electromagnético —señaló el técnico de la Ertzaintza mientras insertaba un bloqueador físico de interfaz Ethernet en el conmutador troncal—.
La velocidad de subida estaba limitada por el cifrado simétrico AES de doscientos cincuenta y seis bits.
Al derribar al operador del maletín, hemos interrumpido la secuencia en el cuarenta y dos por ciento del proceso.
El servidor ha quedado en un estado de bloqueo transaccional, pero los datos residentes en las unidades físicas de disco no han sufrido corrupción lógica ni daño de polarización magnética.
Mathieu se acercó al técnico de la coleta que permanecía arrodillado junto a la pared, cuya respiración agitada delataba el pánico ante las consecuencias penales de su conducta:
—Escúchame con mucha atención —le dijo Mathieu con una frialdad pausada que no admitía engaños—.
Estás incurriendo en flagrante delito de encubrimiento de asesinato, pertenencia a organización criminal y sabotaje de infraestructuras críticas.
En este momento tienes dos opciones: o colaboras con la policía judicial facilitando las contraseñas maestras de arranque y los certificados de descifrado del volumen de respaldo, o saldrás de este sótano con una petición fiscal de quince años de prisión en régimen cerrado.
¿Quién tiene la clave de la partición oculta del rack tres?
El técnico tragó saliva con dificultad, mirando de reojo los restos chamuscados del cañón de microondas:
—La clave está en un token de seguridad YubiKey que Sylvain lleva en su llavero...
—balbuceó con voz temblorosa—. Pero hay una copia de contingencia en el servidor secundario de archivos, en un volumen encriptado bajo el sistema VeraCrypt.
La contraseña de montaje de emergencia es una cadena alfanumérica de veinticuatro caracteres que está registrada en el archivo de configuración del cortafuegos.
Os daré la clave si hacéis constar en el atestado que yo no toqué el interruptor del pulso.
Mendizabal se colocó frente al segundo armario rack, examinando la consola de monitorización de red donde varias líneas de código en color magenta indicaban intentos continuos de establecer túneles VPN cifrados hacia servidores proxy en Reikiavik y Zúrich:
—Estaban intentando volcar la base de datos completa a un almacenamiento en la nube antes de activar el pulso electromagnético —señaló el técnico de la Ertzaintza mientras insertaba un bloqueador físico de interfaz Ethernet en el conmutador troncal—.
La velocidad de subida estaba limitada por el cifrado simétrico AES de doscientos cincuenta y seis bits.
Al derribar al operador del maletín, hemos interrumpido la secuencia en el cuarenta y dos por ciento del proceso.
El servidor ha quedado en un estado de bloqueo transaccional, pero los datos residentes en las unidades físicas de disco no han sufrido corrupción lógica ni daño de polarización magnética.
Mathieu se acercó al técnico de la coleta que permanecía arrodillado junto a la pared, cuya respiración agitada delataba el pánico ante las consecuencias penales de su conducta: