La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 15 — La incautación de Donostia #2
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CAPÍTULO 15 — La incautación de Donostia #2

Mathieu no se detuvo en las oficinas de la planta noble.

Sabía que los contratos ficticios y la correspondencia administrativa ordinaria eran meros señuelos para desviar la atención de los inspectores de Hacienda.

El verdadero núcleo operativo de Atalante Capital, la infraestructura criptográfica donde residían las claves privadas de las cuentas suizas y los registros de comunicaciones cifradas de Sylvain Deschamps, no operaba en ordenadores de sobremesa comerciales; operaba en una sala técnica subterránea construida bajo los cimientos de la bodega original de la mansión.

—Larrea, el sótano —dijo Mathieu señalando con el guante reforzado la pesada puerta de hierro cortafuegos situada bajo el hueco de la escalera señorial—.

Ahí abajo está la sala de servidores. Escucha el zumbido de los extractores de aire.

Tienen un sistema de climatización de precisión trabajando al máximo régimen de caudal.

Larrea y dos agentes de la policía judicial equipados con subfusiles compactos y linternas tácticas en el guardamanos se colocaron a ambos lados de la puerta metálica. El panel de acceso requería una tarjeta de radiofrecuencia RFID y un código de seis dígitos en un teclado alfanumérico táctil.

Uno de los técnicos informáticos de la Ertzaintza, el agente Gaizka Mendizabal, se acercó al teclado con una herramienta portátil de bypass electromagnético, pero Mathieu lo detuvo apoyando la mano en su antebrazo:

—No toques el teclado, Mendizabal. Este tipo de salas de computación fiduciaria en fondos de alto riesgo incorpora trampas lógicas de desconexión forzada.

Si introduces una secuencia errónea o alteras la impedancia del circuito con una herramienta de forzado electrónico, el microcontrolador envía una orden de purga al almacenamiento de estado sólido mediante sobretensión eléctrica.

Tenemos que forzar el resbalón mecánico por la junta de dilatación del marco sin activar los sensores de bucle.

Mendizabal asintió, comprendiendo el peligro procesal al instante.

Extrajo de su bolsa de herramientas una lámina flexible de acero quirúrgico de alta resistencia y una cuña de polímero denso.

Introdujo la cuña entre la hoja metálica y el marco de sillería, ejerciendo una presión milimétrica que abrió una rendija de apenas tres milímetros.

A través del intersticio, deslizó la lámina de acero hasta hacer contacto con el pestillo basculante.

Con un movimiento seco y ascendente de muñeca, el mecanismo interior cedió con un chasquido sordo.

La pesada puerta cortafuegos se abrió lentamente hacia dentro. Una corriente de aire gélido a dieciséis grados centígrados, cargada de un zumbido denso de ventiladores de alta velocidad y olor a baquelita caliente, golpeó los rostros de los agentes.

Abajo, al pie de una empinada escalera de peldaños metálicos de rejilla, una luz estroboscópica de color ámbar parpadeaba en el techo de hormigón armado, acompañada por el silbido agudo de un condensador industrial que acumulaba carga a ritmo acelerado.

Mathieu desenfundó su linterna táctica con la mano derecha, apoyó la espalda contra la barandilla de hierro y comenzó el descenso peldaño a peldaño:

—Están activando una secuencia de destrucción física —advirtió con voz cortante—. ¡Abajo, rápido!

A través de la rendija de ventilación de la furgoneta, Mathieu observó cómo una lancha neumática de la unidad de vigilancia marítima de la Ertzaintza cruzaba la bocana de la bahía entre la isla de Santa Clara y el monte Urgull, manteniendo un patrullaje discreto a trescientos metros de la orilla.

Larrea había previsto todas las vías de escape posibles: si los fiduciarios de Atalante intentaban deshacerse de los discos arrojándolos al mar por el acantilado trasero o si pretendían evacuar a algún directivo a bordo de un yate amarrado en el puerto deportivo de Donostia, la patrullera foral cerraría la salida hacia aguas abiertas en menos de noventa segundos.

—Deschamps eligió este palacete por su valor estratégico fronterizo —explicó Mathieu mientras revisaba el cierre de su chaleco de asalto—.

Miraconcha le permitía residir legalmente en territorio español mientras operaba sus sociedades instrumentales a menos de veinte minutos de la muga de Iparralde.

Si una investigación judicial se complicaba en Madrid o en Bilbao, solo tenía que cruzar el puente de Santiago en Hendaya para ponerse al amparo de la jurisdicción francesa antes de que un juez pudiera cursar una orden europea de detención.

Pero esta vez cometió un error garrafal: subestimó la coordinación operativa entre la Fiscalía Anticorrupción de Euskadi y los equipos de investigación financiera de Eurojust. No esperaba que el juez Irazábal firmara la entrada y registro en domingo ni que tuviéramos un equipo técnico sobre el terreno antes de que sus abogados regresaran de Arrasate.

Larrea consultó su reloj táctico y se ajustó el auricular del transceptor de radio:

—Las unidades de intervención están en posición en los cuatro flancos del inmueble.

El sargento confirma que no hay movimiento visible en las terrazas superiores ni en el garaje subterráneo.

Todo el personal fiduciario está concentrado en la planta baja y en el sótano técnico.

Si entramos con la contundencia adecuada, los neutralizaremos antes de que puedan activar los protocolos de borrado remoto desde sus teléfonos móviles.

A través de la rendija de ventilación de la furgoneta, Mathieu observó cómo una lancha neumática de la unidad de vigilancia marítima de la Ertzaintza cruzaba la bocana de la bahía entre la isla de Santa Clara y el monte Urgull, manteniendo un patrullaje discreto a trescientos metros de la orilla.

Larrea había previsto todas las vías de escape posibles: si los fiduciarios de Atalante intentaban deshacerse de los discos arrojándolos al mar por el acantilado trasero o si pretendían evacuar a algún directivo a bordo de un yate amarrado en el puerto deportivo de Donostia, la patrullera foral cerraría la salida hacia aguas abiertas en menos de noventa segundos.

—Deschamps eligió este palacete por su valor estratégico fronterizo —explicó Mathieu mientras revisaba el cierre de su chaleco de asalto—.

Miraconcha le permitía residir legalmente en territorio español mientras operaba sus sociedades instrumentales a menos de veinte minutos de la muga de Iparralde.

Si una investigación judicial se complicaba en Madrid o en Bilbao, solo tenía que cruzar el puente de Santiago en Hendaya para ponerse al amparo de la jurisdicción francesa antes de que un juez pudiera cursar una orden europea de detención.

Pero esta vez cometió un error garrafal: subestimó la coordinación operativa entre la Fiscalía Anticorrupción de Euskadi y los equipos de investigación financiera de Eurojust. No esperaba que el juez Irazábal firmara la entrada y registro en domingo ni que tuviéramos un equipo técnico sobre el terreno antes de que sus abogados regresaran de Arrasate.

Para garantizar el aislamiento electromagnético de la finca antes de abatir el portalón, Mendizabal activó desde la consola de la furgoneta un inhibidor táctico de frecuencias multibanda.

El barrido de radiofrecuencia cubrió de inmediato las bandas comerciales de telefonía celular 4G y 5G, las frecuencias Wi-Fi de dos coma cuatro y cinco gigahercios y los canales de radio privada en un radio de cien metros.

De ese modo, cualquier orden remota de autodestrucción enviada por Deschamps desde la autopista o cualquier intento de los operadores del sótano de activar un script de borrado mediante una aplicación de mensajería cifrada quedaría bloqueado en el aire antes de alcanzar la antena receptora del inmueble.

Larrea consultó su cronómetro de pulso y se ajustó el auricular del transceptor de radio:

—Las unidades de intervención están en posición en los cuatro flancos del inmueble.

El sargento confirma que no hay movimiento visible en las terrazas superiores ni en el garaje subterráneo.

Todo el personal fiduciario está concentrado en la planta baja y en el sótano técnico.

Si entramos con la contundencia adecuada, los neutralizaremos antes de que puedan activar los protocolos de borrado remoto desde sus teléfonos móviles.

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Al alcanzar el suelo técnico de losetas antiestáticas del sótano, la escena que se reveló ante los ojos de Mathieu confirmó los peores temores de la comisión judicial.

La sala, de unos cuarenta metros cuadrados con paredes de hormigón visto y falso techo modular de paneles ignífugos, albergaba tres armarios rack de cuarenta y dos unidades de altura, completamente acristalados y cerrados con llave maestra.

En su interior, decenas de servidores de cálculo en racimo parpadeaban con una constelación de luces led de color verde y azul, procesando ingentes volúmenes de datos a través de conmutadores de fibra óptica de diez gigabits por segundo.

Frente al rack central, dos hombres vestidos con monos de faena ignífugos de color gris y guantes de neopreno trabajaban febrilmente con las puertas de cristal abiertas.

Uno de ellos, un informático de unos treinta y cinco años con gafas de montura de titanio y coleta rubia, tecleaba con desesperación en una consola portátil conectada directamente al puerto de administración serie del servidor principal de bases de datos.

El segundo hombre, más corpulento y con auriculares de atenuación acústica en la cabeza, manipulaba un maletín industrial de plástico amarillo de alta densidad del que salían dos gruesos cables coaxiales de cobre estañado conectados a una bobina toroidal de inducción fijada sobre la bahía de discos duros de almacenamiento masivo.