La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria #5
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CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria #5

—Sus papeles mercantiles ya no valen nada en este valle, señor Deschamps. Y su próxima cita en esta tierra no será en una sala de juntas: será en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial.

La puerta de roble se cerró tras la espalda del financiero francés, y el estruendo de los aplausos se prolongó durante más de tres minutos continuos.

Hombres curtidos en el trabajo del metal se abrazaban entre las filas de butacas con lágrimas en los ojos; las ingenieras jóvenes saltaban en los pasillos celebrando la paralización del concurso, y Joseba Urretabizkaia permanecía sentado en la mesa presidencial llorando abiertamente de alivio con la cabeza apoyada sobre los balances mercantiles.

Ainara dio un paso atrás y cedió el micrófono principal a Amets Ibarra.

La joven portavoz del Consejo Social subió al atril de oradores con paso decidido.

Colocó su carpeta de fuelle de cartón verde sobre la repisa de madera, esperó pacientemente a que el clamor de las gradas fuera remitiendo hasta transformarse en un silencio expectante de máxima concentración y levantó la mirada hacia sus compañeros.

—Lagunok... Compañeros y compañeras de Fagor Ederlan —comenzó Amets con una voz clara, vibrante y preñada de una dignidad obrera que cautivó a la sala desde la primera sílaba—.

La fiscal Zubiaga y el juez de Bergara acaban de levantar el dique de la ley para protegernos del asalto de los buitres.

Pero el dique de la ley solo nos da tiempo procesal.

La supervivencia real de nuestros hornos, la continuidad de nuestros talleres y la dignidad de nuestras familias no vendrán de Madrid, ni de Bruselas, ni de los despachos bancarios.

Tienen que salir de nuestras propias manos, de nuestra propia caja de resistencia y de nuestra propia soberanía cooperativa.

Amets abrió la carpeta verde y extrajo el dictamen extraordinario elaborado conjuntamente con los asesores financieros de Mondragón y los auditores de la OLAF:

—El artículo sesenta y cuatro de la Ley de Cooperativas de Euskadi confiere a esta Asamblea General la facultad exclusiva y soberana de acordar la emisión de Aportaciones Financieras Subordinadas con cargo a los fondos propios de reserva.

El Consejo Social, en representación unánime de todas las secciones de fundición, forja, mecanizado y servicios generales, somete a vuestra consideración la siguiente moción de urgencia con carácter vinculante:

La asamblea contenía el aliento, pendiente de cada palabra.

—Primero: acordar la activación inmediata del Fondo de Reserva Obligatorio y del Fondo de Solidaridad Intercooperativa por un importe conjunto de setenta millones de euros.

Segundo: autorizar la emisión de una serie especial de Aportaciones Financieras Subordinadas a cinco años, con un interés preferencial del dos coma cinco por ciento, para que los socios de trabajo y los pensionistas de LagunAro podamos capitalizar voluntariamente una parte de nuestros retornos cooperativos.

Y tercero: facultar al Consejo Rector para abrir una ventanilla extraordinaria de rescate que ofrezca a todos los pequeños proveedores industriales del valle la recompra inmediata de sus pagarés comerciales con una quita del sesenta y cinco por ciento sobre el valor nominal garantizada por el auto judicial de prejudicialidad penal.

Amets levantó la mirada de los papeles y contempló la marea humana que la escuchaba con el corazón en un puño:

—Los buitres creían que éramos una empresa cualquiera, un balance contable que se puede liquidar para repartir los despojos entre cuatro cuentas en Suiza o en Dubái.

No comprenden que en una cooperativa el capital no es el amo del trabajo; el capital es solo la herramienta que los trabajadores ponemos al servicio de la vida comunitaria.

Esta propuesta nos exigirá sacrificios: congelar los anticipos laborales durante dos ejercicios y arriesgar parte de nuestros ahorros personales.

Pero a cambio de ese esfuerzo, los hornos de fundición seguirán siendo propiedad de quienes los sudan cada mañana.

Las patentes de Xabier Beloki se quedarán en Mondragón para desarrollar los motores de hidrógeno de nuestra juventud.

Y nadie, absolutamente nadie, podrá cerrarnos la puerta de nuestras propias casas.

Amets levantó su mano derecha sosteniendo su credencial plastificada de socia número cuatro mil setecientos doce:

—Someto la moción a votación nominal y pública. Quienes estén a favor de salvar la fragua con nuestras propias manos, que alcen su credencial ahora mismo.

El gesto fue instantáneo y unánime. Como un bosque de robles que se alzara de golpe desafiando a la galerna, mil doscientas manos se levantaron en el hemiciclo.

No hubo una sola abstención; no hubo un solo voto en contra.

Operarios de más de sesenta años y aprendices recién salidos de Mondragon Unibertsitatea sostenían en alto sus tarjetas con el brazo firme y la mirada encendida.

Ainara Zubiaga contemplaba la votación desde el lateral del estrado con un nudo en la garganta.

Miró la esfera de acero del Certina DS en su muñeca izquierda, recordando la soledad desesperada de su padre Josu en aquella nave abandonada de Durango tres décadas atrás.

En ese instante, con la sala entera en pie entonando al unísono los compases graves y solemnes del Agur Jaunak , Ainara comprendió que la memoria de los vencidos había encontrado por fin su redención sobre las tablas de aquel auditorio obrero.

Sacó su teléfono institucional del bolsillo y pulsó el canal de mensajería cifrada directa con Mathieu Etcheverry, que en esos mismos instantes tomaba posiciones frente al palacete de Atalante Capital en el Paseo de Miraconcha en Donostia.

Redactó un único mensaje de tres palabras antes de guardar el terminal:

« La fragua resiste. »

Amets Ibarra permaneció en el atril mientras el eco del himno Agur Jaunak se extinguía lentamente bajo las vigas de madera de haya del auditorio.

Las notas graves y solemnes, cantadas a capela por mil doscientas gargantas con una emoción contenida que ponía la piel de gallina, habían sellado el pacto obrero más importante de la historia reciente de la corporación.

No era una simple votación mercantil; era la reafirmación colectiva de una identidad comunitaria forjada a lo largo de siete décadas frente a las incertidumbres del mercado global.

Joseba Urretabizkaia se acercó a la joven portavoz con los ojos enrojecidos y le estrechó la mano con una mezcla de respeto y gratitud infinita:

—Amets... has salvado a Fagor Ederlan —dijo el presidente del Consejo Rector con la voz entrecortada—.

Si hubiéramos firmado la dación en pago como proponían los asesores de Madrid, mañana a estas horas habríamos sido cómplices de la venta del patrimonio de nuestros propios compañeros.

A partir de mañana a las ocho abriremos la mesa de suscripción voluntaria de las Aportaciones Financieras Subordinadas en todas las cooperativas del grupo.

Laboral Kutxa y LagunAro canalizarán las aportaciones para que el rescate de los pequeños proveedores se ejecute en un plazo máximo de cuarenta y ocho horas.

—El mérito no es mío, Joseba —respondió Amets con una sonrisa limpia y cansada, señalando con la vista hacia el fondo del escenario donde Ainara Zubiaga guardaba los documentos procesales en su maletín de cuero—.

El mérito es de la ley cuando la aplican personas que no tienen precio.

Y de la gente de este valle, que ha demostrado que cuando nos tocan a uno, nos tocan a todos.

Ainara cerró los broches de latón de su maletín con dos chasquidos secos.

Sentía una serenidad profunda y balsámica recorriendo sus venas, una sensación de deber cumplido que compensaba con creces las noches en vela y las amenazas sufridas.

Al cruzar el vestíbulo noble hacia la salida de vehículos, escoltada por Gorka Atxaga, varios cooperativistas veteranos se cuadraron respetuosamente a su paso, murmurando palabras de agradecimiento en euskera que la fiscal acogió con una sobria inclinación de cabeza.

Al subir de nuevo al furgón policial camuflado en la dársena de servicio, la lluvia fina sobre Arrasate comenzaba a remitir, dejando entrever claros de cielo azul cobalto sobre las crestas del monte Udalaitz.

Gorka Atxaga encendió el motor del furgón y puso la calefacción al máximo:

—Deschamps y su comitiva de abogados han salido disparados hacia la autopista AP-1 en dirección a Donostia —informó el inspector jefe tras consultar la radio policial—. Parecía que llevaban al demonio en los talones. Mis patrullas de tráfico los van monitorizando a distancia prudencial.

Ainara sacó su teléfono institucional y contempló la pantalla. El mensaje enviado a Mathieu Etcheverry hacía apenas diez minutos mostraba el doble check de recepción en la red cifrada de Eurojust.

Un segundo después, la pantalla vibró con la respuesta de Mathieu desde Donostia:

« Recibido, fiscal. Dispositivo conjunto de Ertzaintza y OLAF en posición frente al palacete de Miraconcha. El juez ha autorizado la entrada y registro inmediata. Vamos a por los discos duros de Atalante. Zorionak. »

Ainara apoyó la cabeza contra el reposacabezas del asiento, cerró los ojos por primera vez en tres días y dejó escapar un suspiro largo y hondo mientras el furgón se incorporaba a la comarcal:

—La fragua resiste, Gorka. Ahora toca derribar el nido de los buitres en Miraconcha.