CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria #4
—Baje ese micrófono, señor Deschamps —ordenó Ainara con una voz gélida, profunda y perfectamente audible en el último rincón del anfiteatro—.
En este recinto la única autoridad legal reconocida para hacer advertencias penales es el Ministerio Fiscal de la Comunidad Autónoma del País Vasco.
Y usted acaba de sobrepasar todos los límites del Código Penal en grado de flagrancia.
Deschamps intentó recuperar el control de la escena, esbozando una risa breve y afectada que no logró ocultar el temblor involuntario de sus párpados:
—¿Y quién se supone que es usted para interrumpir una negociación mercantil entre acreedores y deudores privados?
¿Una fiscal provincial con ínfulas de heroína de comarca?
Mis abogados tienen registrado este requerimiento ante notario en Madrid y en Fráncfort.
Si intenta coaccionar a mis representados...
—No soy una fiscal de comarca, señor Deschamps —le interrumpió Ainara sin alzar la voz, extrayendo los cuatro folios de la providencia judicial con un movimiento sobrio que pareció detener el tiempo—.
Soy la fiscal delegada de la Fiscalía contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada adscrita a las diligencias previas doscientos catorce barra veinticinco del Juzgado de Instrucción número uno de Bergara.
Y vengo a notificarle en mano este auto dictado esta misma madrugada por el ilustrísimo magistrado juez don Fernando Irazábal.
Ainara extendió el documento hacia el pecho de Deschamps, obligando al abogado principal de Garrido las escuchas telefónicas autorizadas judicialmente demuestran los pagos de trescientos mil euros transferidos desde cuentas fiduciarias en Ginebra a don Imanol Zubizarreta, quien ha confesado íntegramente los hechos en sede judicial; y los informes de inteligencia financiera del Bundesbank vinculan a Atalante Capital con las cuentas nodriza de Viktor Sorokin en Dubái.
El abogado de Madrid dio un paso atrás, cerrando la carpeta con manos temblorosas. Miró a Deschamps y le susurró al oído con voz aterrorizada:
—Sylvain... si esto está firmado por el juez de instrucción, la orden es ejecutiva inmediata. Si seguimos adelante con la reclamación mercantil nos imputarán como cooperadores necesarios de una estafa procesal. Tenemos que retirarnos ahora mismo.
Deschamps palideció por completo. El color de su rostro mutó a un blanco cenizo que hacía resaltar las ojeras oscuras que el maquillaje no lograba ocultar. Su mano, todavía sosteniendo el micrófono inalámbrico, comenzó a temblar con una vibración incontrolable.
—El auto de Bergara prohíbe expresamente a Atalante Capital, a sus apoderados y a sus letrados formular solicitud de concurso necesario, instar ejecuciones hipotecarias o proceder al embargo cautelar de cualquier activo de Fagor Ederlan bajo apercibimiento directo de desobediencia judicial grave y detención inmediata por la fuerza pública —concluyó Ainara con serenidad implacable—.
Inspector jefe Atxaga: proceda a identificar a todo el personal de seguridad privada que acompaña a este señor, incaute sus credenciales y acompáñelos fuera del recinto cooperativo.
Si oponen la menor resistencia, proceda a su detención y traslado a las dependencias policiales de Bergara.
—A la orden, fiscal —respondió Gorka con una sonrisa implacable, dando un paso al frente mientras sus agentes desarmaban visualmente a los escoltas madrileños—. Señores, guarden las carteras y caminen despacio hacia la salida. La función privada se ha terminado.
Ainara Zubiaga avanzó dos pasos más sobre el escenario, recortando la distancia con Sylvain Deschamps hasta obligar al financiero a dar un paso atrás. Su mirada era como el filo de una guillotina:
—Señor Valenzuela —dijo Ainara dirigiéndose al letrado madrileño con un desprecio glacial—, le sugiero que repase el artículo doscientos sesenta y dos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal antes de volver a invocar la Ley Concursal en este recinto.
Quien tenga noticia de la comisión de un delito público está obligado a ponerlo inmediatamente en conocimiento de la autoridad judicial.
Y usted tiene sobre la mesa un auto penal que relata cómo su cliente, en coordinación con intermediarios domiciliados en el cantón de Ginebra, pagó trescientos mil euros en sobornos a don Imanol Zubizarreta para sabotear las partidas de chatarra de Fagor Ederlan con el propósito deliberado de provocar la asfixia financiera de la cooperativa.
Si usted o cualquiera de los socios de su bufete presenta una sola demanda concursal o una sola solicitud de ejecución mercantil contra esta entidad antes de que el juzgado de Bergara resuelva la causa penal, esta fiscalía solicitará su inmediata imputación formal como cooperador necesario de un delito continuado de estafa procesal y maquinación para alterar el precio de las cosas.
El letrado Valenzuela palideció de manera ostensible. Tragó saliva ruidosamente, miró de reojo a los agentes de la Ertzaintza que custodiaban las escaleras del estrado y dio un paso atrás, cerrando con torpeza el maletín de cuero.
—Sylvain... esto cambia por completo el escenario procesal —susurró el abogado inclinándose hacia Deschamps con los ojos desorbitados—.
Si hay una orden penal por estafa procesal en grado de tentativa, la presentación del concurso en San Sebastián sería un suicidio mercantil.
El juez mercantil suspenderá de oficio la admisión a trámite en el mismo minuto en que le aporten este auto.
Tenemos que salir de aquí y consultar con los penalistas de Madrid.
Deschamps apretó los dientes con una furia impotente que desfiguraba la simetría perfecta de sus rasgos faciales.
Miró a su alrededor: mil doscientas personas lo observaban en pie con un odio concentrado y silencioso que parecía llenar cada milímetro de aire de la sala.
Los dos escoltas privados de Pozuelo de Alarcón habían guardado ya las defensas extensibles bajo las chaquetas y retrocedían hacia la salida del escenario con las manos a la vista, conscientes de que cualquier movimiento sospechoso ante los agentes de la policía foral derivaría en una reducción inmediata cuerpo a tierra.
—Esto no ha terminado, fiscal Zubiaga —siseó Deschamps con un hilo de voz emponzoñada que apenas llegó al micrófono apagado—.
Los mercados internacionales no entienden de providencias de jueces comarcales.
Atalante Capital tiene músculo financiero suficiente para asfixiar a esta comarca durante diez años en los tribunales de Bruselas y Fráncfort.
—En Fráncfort y en Bruselas también hay jueces, señor Deschamps —respondió Ainara con una serenidad que helaba la sangre—.
Y a estas mismas horas, la OLAF y el Bundesbank están examinando los mismos contratos que usted pretendía ejecutar en este estrado.
Ahora baje esas escaleras y abandone este valle antes de que ordene a la fuerza pública que le aplique los grilletes por desobediencia a la autoridad judicial.
♦ ♦ ♦
El desalojo de la comitiva de Atalante Capital se produjo bajo el estruendo unánime y ensordecedor de mil doscientas personas puestas en pie.
Los gritos de indignación obrera, los golpes de los puños contra los respaldos de madera de haya y los aplausos atronadores hacia la comitiva foral hicieron retumbar las vigas maestras del auditorio.
Sylvain Deschamps, escoltado de cerca por los agentes de la Ertzaintza y con la cabeza gacha para eludir las miradas feroces de los fundidores, abandonó el estrado a paso rápido por el pasillo central, seguido por sus letrados que recogían sus maletines atropelladamente con las manos temblorosas.
Al cruzar el umbral del auditorio bajo el abucheo masivo de la sala, Deschamps se detuvo un instante y lanzó una mirada cargada de odio hacia el estrado, donde Ainara Zubiaga permanecía inmóvil junto a la bandera ikurriña.
Ainara sostuvo su mirada sin pestañear y pronunció con voz serena y tajante las palabras que sellaron la expulsión: