La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria #3
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CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria #3

—Agradezco su hospitalidad, señor presidente —comenzó Deschamps en un castellano neutro, refinado y teñido de una levísima cadencia francesa que destilaba condescendencia—.

Pero el concepto de soberanía cooperativa termina exactamente donde comienza la exigibilidad inexcusable del derecho de crédito mercantil.

Me he tomado la molestia de desplazarme en persona hasta este pintoresco valle no para interrumpir sus deliberaciones sentimentales, sino para evitarles un error que destruiría de manera irreversible el patrimonio de todas las familias aquí presentes.

A las doce del mediodía de mañana lunes expira el plazo estatutario para el reembolso de ciento ochenta millones de euros que mis representados aportaron legítimamente para financiar su maquinaria y sus hornos.

Si a esa hora los fondos no están consignados en la cuenta fiduciaria del Deutsche Bank en Fráncfort, la ley no contempla prórrogas, ni comisiones parlamentarias, ni asambleas de debate.

La cláusula diecisiete punto cuatro del contrato marco de emisión, ratificada por su propio Consejo de Administración ante la CNMV, otorga al sindicato de acreedores la facultad ejecutiva de instar el vencimiento anticipado total de la emisión de deuda comercial.

Deschamps paseó la mirada por las primeras filas de fundidores, deteniéndose en los rostros endurecidos de los operarios con una fijeza desprovista de piedad:

—Cualquier intento de desviar fondos propios de reserva, cualquier maniobra de vaciamiento patrimonial o cualquier acuerdo asambleario destinado a emitir títulos subordinados sin respaldo bancario será inmediatamente objeto de una querella criminal por alzamiento de bienes e insolvencia punible contra todos y cada uno de los miembros del Consejo Rector y del Consejo Social.

Mis abogados presentarán la solicitud de concurso de acreedores necesario a las doce y cinco ante el Juzgado de lo Mercantil número dos de San Sebastián, con petición expresa de intervención judicial inmediata de las cuentas, precinto de las naves de fundición y embargo preventivo de las patentes industriales.

Un clamor de pánico y cólera sacudió el auditorio.

Varios socios se pusieron en pie gritando insultos; dos operarios jóvenes intentaron saltar la barandilla de madera del pasillo central, pero fueron interceptados con brusquedad por los escoltas privados de Deschamps, que abrieron las chaquetas dejando a la vista las fundas de sus defensas extensibles.

—Y no se hagan ilusiones con posibles rescates públicos desde Vitoria o desde Madrid —añadió Deschamps elevando el tono con una suficiencia mordaz—.

El Reglamento dos mil quince barra mil quinientos ochenta y nueve de la Unión Europea sobre ayudas de Estado prohíbe de manera tajante cualquier aval gubernamental encubierto a empresas mercantiles en situación de preconcurso.

La Comisión Europea abriría un procedimiento de infracción inmediato que acarrearía la devolución obligatoria de los fondos más intereses de demora del diez por ciento.

Lakua no moverá un solo euro de los presupuestos forales para salvarles, porque el consejero de Hacienda sabe perfectamente que una intervención pública en este momento pondría en jaque la propia continuidad del Concierto Económico ante Bruselas.

El silencio volvió a adueñarse de la sala, pero era un silencio preñado de veneno.

Los argumentos técnicos y financieros esgrimidos por el gestor de Atalante sonaban tan fríos, tan perfectamente articulados en el marco del derecho mercantil europeo, que la mayoría de los asistentes se sintieron atrapados en una trampa invisible cuyos cerrojos habían sido forjados mucho antes de que ellos se dieran cuenta.

—Tienen una única alternativa para evitar el desastre absoluto —prosiguió Deschamps con una calma glacial—.

Atalante Capital está dispuesta a suscribir en este mismo acto un convenio de dación en pago: asumiremos la totalidad de la deuda comercial no subordinada a cambio de la transferencia de la titularidad de los hornos de fundición de Eskoriatza y la cesión en exclusiva de los derechos de explotación de la patente metalúrgica de aleación ligera registrada por don Xabier Beloki.

Acepten la realidad económica del siglo veintiuno, firmen la cesión antes de las doce y conservarán sus puestos de trabajo como empleados por cuenta ajena en una corporación multinacional saneada.

Rechacen nuestra propuesta y mañana a estas horas Fagor Ederlan será un recuerdo arqueológico sepultado bajo un auto judicial de liquidación concursal.

En el estrado, el abogado jefe de Garrido estamos ante una reclamación de deuda líquida, vencida y exigible por importe de ciento ochenta millones de euros.

Un murmullo de consternación recorrió las gradas medias del auditorio. Varios cooperativistas de edad avanzada comenzaron a consultar con inquietud a los miembros del comité de empresa que ocupaban los asientos contiguos.

—¿Y qué pasa con nuestros puestos de trabajo si no aceptamos su oferta? —preguntó una mujer desde el fondo del hemiciclo, una encargada de control de calidad de la planta de mecanizado con la voz temblorosa de rabia contenida.

Deschamps dio un paso adelante, apoyó ambas manos sobre la barandilla de madera del escenario y miró directamente hacia el sector donde se agrupaban las mujeres de administración y calidad:

—Si rechazan nuestra propuesta de reestructuración concertada, señora, la respuesta es muy simple: el juez de lo mercantil acordará la suspensión de las facultades de administración del Consejo Rector a primera hora de la tarde de mañana.

Un administrador concursal designado en Donostia asumirá la gestión de las cuentas bancarias.

Las nóminas quedarán bloqueadas, las líneas de crédito para la compra de aluminio y chatarra se cerrarán de inmediato y en menos de dos semanas los hornos de Eskoriatza se apagarán por falta de suministro.

Y cuando un horno de fundición de esas dimensiones se enfría sin el mantenimiento adecuado, el revestimiento refractario se resquebraja y la reactivación cuesta más de cuarenta millones de euros.

Nadie comprará una planta arruinada en una subasta concursal, salvo para desmantelar la maquinaria y venderla como chatarra a fundiciones de Turquía o de la India.

Esa es la cruda realidad económica que ustedes tienen que votar esta mañana.

♦ ♦ ♦

Las palabras de Deschamps resonaron en el auditorio como la sentencia de muerte de setenta años de historia industrial.

Joseba Urretabizkaia bajó los ojos incapaz de sostener la mirada del gestor francés; el secretario del Consejo Rector soltó el bolígrafo sobre el mantel y un silencio denso y desesperado, preludio inevitable de la capitulación, comenzó a asfixiar a los mil doscientos socios de trabajo.

En ese instante de máxima debilidad, un portazo seco retumbó en el fondo del auditorio.

Las puertas principales de acceso a las gradas se abrieron de golpe, golpeando contra los topes de goma de la pared con la fuerza de una ráfaga de viento de montaña.

Por el umbral avanzaba una comitiva que detuvo en seco la respiración de la sala.

Al frente, con paso firme, resonante y acompasado sobre la moqueta roja, caminaba Ainara Zubiaga.

La fiscal anticorrupción vestía su traje de lana oscura con una compostura implacable.

En su mano derecha sostenía la carpeta oficial con el escudo de la Fiscalía General del Estado, portando en el pecho la medalla y la insignia corporativa de su cargo judicial.

A su izquierda, con el uniforme reglamentario de gala de la Ertzaintza y la mirada severa de quien no tolera desafíos a la autoridad de la ley, avanzaba el inspector jefe Gorka Atxaga, escoltado por ocho agentes de la policía judicial foral con chalecos tácticos oscuros y carpetas de diligencias penales bajo el brazo.

Cerraba la marcha Amets Ibarra, con la barbilla alzada y la carpeta verde del Consejo Social sujeta como un ariete.

El silencio que se adueñó del auditorio fue instantáneo y absoluto. Los mil doscientos trabajadores se pusieron en pie fila a fila, abriendo un pasillo de miradas atónitas y expectantes ante la entrada de la comitiva foral.

Ainara no miró a las gradas. Mantuvo los ojos fijos en Sylvain Deschamps, que permanecía en el estrado con el micrófono en la mano y la sonrisa congelada en una mueca de incredulidad y desprecio.

Los tacones de Ainara resonaron sobre los peldaños de madera del escenario con un compás marcial.

Al alcanzar el estrado, se colocó a menos de un metro del gestor financiero, obligando a los dos escoltas privados de Deschamps a retroceder instintivamente ante la presencia armada de Gorka Atxaga y los agentes de la Ertzaintza.