La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria
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CAPÍTULO 14 — La asamblea extraordinaria

A las nueve y cuarenta minutos de la mañana del domingo, el Paseo Arizmendiarrieta de Arrasate presentaba el aspecto sobrecogedor de las grandes jornadas de huelga general de la reconversión industrial.

Una llovizna densa y fría caía sin descanso sobre las aceras de granito mojado, empapando las copas desnudas de los plátanos de sombra y formando charcos oscuros donde se reflejaba la fachada racionalista de la sede central de la Corporación Mondragón.

Cientos de vehículos procedentes de Eskoriatza, Aretxabaleta, Bergara, Oñati y Elorrio abarrotaban los arcenes y las campas adyacentes, mientras una marea silenciosa y compacta de personas ascendía por la escalinata principal hacia el auditorio.

Eran torneros veteranos de manos nudosas marcadas por esquirlas de viruta y quemaduras de taladrina; ingenieras jóvenes de producción con mochilas técnicas cruzadas a la espalda; administrativas que llevaban treinta años cuadrando las nóminas y las cuotas de previsión voluntaria de LagunAro; y fundidores de los hornos de inducción de Eskoriatza cuyos rostros curtidos por el calor del metal conservaban todavía ese rictus adusto y desconfiado que deja el trabajo en la boca del crisol.

No había pancartas reivindicativas ni megáfonos ruidosos en la entrada.

Aquel silencio obrero, denso y cargado de una tensión eléctrica que se palpaba en el aire húmedo, resultaba infinitamente más intimidante que cualquier manifestación callejera.

Mil doscientas personas acudían a la asamblea convocadas de urgencia, conscientes de que sobre sus hombros descansaba la decisión de entregar las llaves de la empresa a un fondo financiero extranjero o inmolar sus ahorros colectivos en una batalla jurídica y patrimonial de resultado incierto.

—Es el turno entero de fundición y mecanizado —murmuró Amets con la voz ronca mientras se ajustaba el cuello de la trenca—.

Los chicos de la sección de moldes han venido en furgonetas desde las seis de la mañana.

Nadie ha dormido en el valle esta noche, Ainara.

Todo el mundo sabe que los pagarés vencen mañana a las doce.

Los rumores de concurso necesario han corrido por los grupos de mensajería como un reguero de pólvora.

Los bancos convencionales de Bilbao y Madrid han congelado las líneas de descuento a los pequeños proveedores auxiliares desde el viernes a las dos de la tarde.

Si la asamblea no encuentra una salida legal antes de que termine la mañana, mañana a mediodía los juzgados mercantiles de Donostia recibirán las demandas de ejecución forzosa.

Ainara abrió su maletín de cuero negro sobre las rodillas.

Extrajo el testimonio judicial expedido por el secretario del Juzgado de Instrucción número uno de Bergara: cuatro folios de papel oficial con el membrete del Poder Judicial y el sello de tinta púrpura estampillado en cada margen, rubricados electrónicamente con el código seguro de verificación del juez Fernando Irazábal.

La providencia penal, fechada a las tres y cuarto de la madrugada, constituía una pieza procesal demoledora: acordaba la suspensión cautelar absoluta de la exigibilidad de la serie de pagarés comerciales emitidos por Fagor Ederlan por importe de ciento ochenta millones de euros, al apreciar indicios racionales y fundados de falsedad contable, estafa agravada, cohecho industrial y pertenencia a organización criminal en las maniobras de adquisición coordinadas por la mercantil luxemburguesa Atalante Capital.

—El escudo legal está listo, Amets —dijo Ainara, mostrando la primera página donde el auto fundamentaba la primacía de la jurisdicción penal sobre las reclamaciones mercantiles con arreglo al precepto décimo de la ley procesal orgánica—.

Ningún tribunal mercantil de este país puede despachar ejecución hipotecaria ni mercantil sobre los activos de una sociedad cooperativa cuando el título en que se funda la reclamación está incurso en una investigación criminal por homicidio corporativo y blanqueo de capitales.

Pero el juez no puede votar en la asamblea por vosotros.

La ley os da el tiempo procesal; la decisión de sostener la empresa con vuestros propios fondos de reserva depende exclusivamente de la voluntad soberana de los socios de trabajo.

Amets asintió con un gesto seco de la cabeza, apretando la carpeta verde contra su pecho:

—Nosotros pondremos el voto, fiscal. Tú asegúrate de que ese cabrón de Sylvain Deschamps no reviente la reunión antes de que podamos abrir las urnas.

Gorka Atxaga guardó su lápiz óptico y levantó la mirada hacia el retrovisor:

—Deschamps ha llegado hace diez minutos en dos berlinas blindadas con matrícula de Madrid.

Ha venido acompañado por cuatro abogados del despacho Garrido pero si intenta alterar el orden público, saldrá del edificio con las esposas puestas.

Ainara consultó la hora en la pantalla de su teléfono institucional: las nueve y cincuenta y dos. Respiró hondo, sintiendo el pulso firme y constante bajo su traje oscuro, y abrió la puerta lateral del furgón:

—Vamos adentro. Ha llegado la hora de la verdad.

Caminaron bajo la llovizna por el callejón de servicio que comunicaba la dársena con el acceso posterior de la secretaría general.

El olor a ozono, a asfalto empapado y a calefacción central de gasóleo envolvía la entrada de empleados.

Al cruzar el control de seguridad interno, dos vigilantes de la cooperativa, veteranos socios de servicios generales que conocían a Amets desde niña, asintieron con gravedad y franquearon el paso sin pedir acreditaciones, asegurando la puerta tras la comitiva con una barra antipánico de acero.

El pasillo interior olía a café recalentado y a papel archivado en carpetas de cartón kraft.

A través de las puertas entreabiertas de los despachos de administración, Ainara observó a varios directivos de división discutiendo en voz baja frente a gráficos de tesorería proyectados en monitores de ordenador.

La sensación de naufragio inminente era palpable en cada gesto: teléfonos fijos que sonaban sin que nadie descolgara, tazas de plástico vacías sobre los escritorios y expedientes de proveedores amontonados en el suelo.

En los rostros de los técnicos no había ira, sino ese desconcierto paralizante de quien ha pasado veinte años programando centros de mecanizado de cinco ejes y de pronto descubre que su puesto de trabajo depende de un contrato derivado firmado en un rascacielos de Fráncfort o en un bufete de la calle Serrano de Madrid.

Al desembocar en el vestíbulo que daba acceso a la presidencia del auditorio, el volumen de los murmullos de la sala principal se convirtió en un oleaje sonoro imponente.

El recinto semicircular, proyectado en su día para albergar los grandes congresos de la corporación, estaba diseñado con gradas de madera de haya y butacas tapizadas en paño rojo oscuro.

En el testero principal, tras una mesa corrida de madera maciza sin pulir, colgaban la bandera ikurriña y el estandarte del movimiento cooperativo vasco, presididos por un relieve de bronce con la efigie austera de don José María Arizmendiarrieta.

Bajo su figura, grabada en el metal oscuro con caracteres limpios, figuraba la máxima que había guiado el desarrollo del valle durante siete décadas: «El trabajo asocia a los hombres; el capital los divide» .

El anfiteatro estaba colmado hasta el último rincón.

No quedaba una sola butaca libre entre las mil doscientas localidades disponibles.

En los pasillos laterales, en las escaleras de acceso a los palcos técnicos y en el fondo del hemiciclo, cientos de socios permanecían de pie, hombro con hombro, empapados de llovizna pero inmóviles en una vigilia silenciosa.

La mezcla generacional era asombrosa: hombres de pelo cano que habían entrado como aprendices en la década de los sesenta y que conservaban en sus manos las huellas indelebles del torno revólver compartían espacio con jóvenes ingenieras graduadas en Mondragon Unibertsitatea que habían liderado el desarrollo de los algoritmos de refrigeración criogénica para las aleaciones ligeras.

Ainara se situó discretamente en el lateral derecho de la presidencia, junto a la puerta de madera reservada a la secretaría técnica, mientras Gorka Atxaga distribuía a sus agentes de paisano en los vomitorios con órdenes tajantes de controlar cualquier conato de provocación.

En la mesa presidencial, el presidente del Consejo Rector de Fagor Ederlan, Joseba Urretabizkaia, permanecía sentado con la cabeza hundida entre los hombros, repasando con dedos temblorosos el orden del día extraordinario.

A su lado, el director financiero de la corporación mostraba una palidez cenicienta que delataba el pánico ante el colapso inminente de la caja.

A las diez en punto, Urretabizkaia se acercó el micrófono de cuello de cisne y carraspeó con un sonido amplificado que acalló de golpe el murmullo de la sala: