La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #5
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CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #5

Sintió el roce del cuerpo de Mathieu al despertar. El inspector abrió los ojos, parpadeó despacio adaptándose a la claridad matutina y sonrió con esa tranquilidad sobria que transmitía una seguridad inquebrantable.

—Egun on, fiscal —dijo él con la voz grave, acariciando la curva del hombro de ella antes de incorporarse sobre un codo—. El Anboto ha despejado sus cumbres. Es una buena señal para el Alto Deba.

—En este valle las señales se construyen con hechos procesales, Mathieu —respondió ella con una leve sonrisa, inclinándose para besarle la comisura de los labios en un saludo tierno y rotundo—. Pero admito que el monte parece estar de nuestra parte.

Ambos salieron del lecho sin demorarse. La temperatura en el dormitorio era fresca, pero el movimiento enérgico y la determinación compartida disiparon cualquier pereza.

Mathieu bajó a la cocina para avivar los rescoldos del fuego y preparar una cafetera de café negro con el agua pura de la regata, mientras Ainara utilizaba el baño rústico de la planta baja para asearse y vestirse con el traje sobrio de lana azul marina, la camisa de seda blanca y los botines de piel que constituían su atuendo habitual de servicio.

Sentados frente a la mesa de haya de la cocina, compartieron el café humeante y dos rebanadas gruesas de pan de hogaza untadas con aceite de oliva.

Sobre el mantel descansaban el teléfono satelital de Mathieu y la tableta cifrada de la Fiscalía, ambos apagados hasta ese instante para evitar cualquier geolocalización prematura.

Mathieu encendió el terminal satelital. Tras una breve secuencia de sincronización, la pantalla mostró un mensaje cifrado remitido a las seis y cuarto por el inspector jefe Gorka Atxaga desde la casa de seguridad en Oñati:

« Testigo y documentación en posición. Amets Ibarra repasando el discurso de la asamblea. Consejo Rector dividido pero receptivo al informe de Fráncfort. Dispositivo de la Ertzaintza listo en el perímetro de Arrasate. Nos vemos a las nueve y media en el acceso posterior del auditorio. »

Ainara asintió con gravedad mientras leía la confirmación.

A continuación, encendió su tableta y abrió el correo corporativo del Poder Judicial.

En la bandeja de entrada esperaba la providencia firmada electrónicamente por el juez Fernando Irazábal desde el juzgado de guardia de Bergara a las tres de la madrugada.

El auto decretaba formalmente la suspensión cautelarísima de la ejecutividad de los pagarés suscritos por los talleres del Alto Deba, estimando íntegramente la petición de la Fiscalía Anticorrupción por prejudicialidad penal vinculada a las diligencias previas por homicidio y estafa procesal.

—Aquí está el blindaje legal —dijo Ainara, mostrando la resolución a Mathieu con la mirada encendida—.

Si Sylvain Deschamps intenta subir al estrado con sus letrados de Madrid para exigir la ejecución forzosa de la deuda, el auto de Irazábal convierte su pretensión en un presunto delito de desobediencia judicial flagrante.

No podrá tocar un solo torno de Fagor Ederlan.

Mathieu examinó los fundamentos de derecho de la resolución judicial en la pantalla de la tableta, deteniéndose en los párrafos donde el magistrado motivaba la prevalencia del orden penal sobre la vía ejecutiva mercantil:

—El auto de Irazábal está blindado con precisión milimétrica, Ainara.

Ha citado el artículo diez de la Ley Orgánica del Poder Judicial y el artículo quinientos catorce de la Ley de Enjuiciamiento Civil con una solidez incontestable.

Cualquier juez de lo mercantil en San Sebastián o en Madrid que reciba una demanda ejecutiva de Atalante Capital estará obligado a suspender el curso del procedimiento en el mismo instante en que se acredite la existencia de esta causa penal por estafa societaria y falsedad en documento mercantil.

No hay resquicio procesal que permita a Deschamps embargar los hornos de inducción mientras la instrucción penal permanezca abierta.

—Y en el plano cooperativo, la asamblea tiene la última palabra —añadió Ainara mientras apuraba el último sorbo de café negro—.

La legislación foral sobre cooperativas de Euskadi, en su precepto sesenta y cuatro, faculta al plenario de los socios de trabajo para autorizar títulos de capitalización subordinada respaldados por las dotaciones de garantía obligatoria.

Si los mil doscientos socios de trabajo aprueban la propuesta que defenderá Amets Ibarra, Fagor Ederlan activará el Fondo de Solidaridad Intercooperativa para ofrecer a los tenedores legítimos de pagarés la recompra inmediata de sus títulos con una quita del sesenta y cinco por ciento.

Los pequeños acreedores industriales cobrarán la totalidad de sus suministros reales, y el fondo buitre de Deschamps quedará atrapado con títulos litigiosos congelados judicialmente que no podrá ejecutar en ningún juzgado de la Unión Europea.

—Es una maniobra impecable —reconoció Mathieu con una sonrisa que mezclaba admiración profesional y complicidad personal—.

Deschamps calculó que la lentitud del derecho foral y los trámites asamblearios jugarían a su favor para asfixiar a los talleres en el plazo de setenta y dos horas.

Nunca imaginó que utilizaríamos la propia democracia interna de la corporación y los mecanismos de solidaridad de la Ley de Cooperativas para cerrarle el paso antes de que abran los mercados el lunes por la mañana.

Mathieu recogió su ordenador portátil forense, verificó el precinto inviolable del conector criptográfico y ajustó la correa de la bandolera sobre su hombro sano:

—Y nosotros nos encargaremos de que no tenga escapatoria en Donostia.

A las once y cuarto, mientras tú intervengas en el plenario de la asamblea con los cooperativistas, el equipo conjunto de la policía foral y los técnicos de Eurojust iniciaremos la entrada y registro en el palacete de Miraconcha.

Si localizamos los discos duros con el registro de las transferencias a los sicarios de Arantzazu y los contratos de fiduciaria con Viktor Sorokin, la red entera quedará desmantelada antes de que abran los mercados mañana en Fráncfort.

Ainara se puso en pie, recogió su abrigo de lana del respaldo del zizailu y se abrochó en la muñeca izquierda el Certina DS de su padre, sintiendo el peso frío del acero sobre el pulso como un recordatorio silencioso de la deuda moral que estaba a punto de saldar.

Tomó su maletín de cuero con la mano derecha y miró a Mathieu, que ya vestía su chaqueta técnica impermeable y aseguraba la bandolera con el ordenador forense.

Caminaron juntos hacia el zaguán. Ainara descorrió el pesado cerrojo de roble y abrió el portalón del caserío. La brisa limpia del valle del Duranguesado los golpeó de frente, impregnada del olor a tierra húmeda, a hojas de roble y a la promesa indómita del hierro forjado.

—¿Lista para Arrasate, Ainara? —preguntó Mathieu, mirándola a los ojos con una complicidad que ya nunca se quebraría.

Ainara respiró hondo el aire de la montaña y asintió con una determinación inquebrantable:

—Gure esku dago, Mathieu. Vamos a salvar la fragua.