CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #4
El ritmo de Mathieu era implacable, acompasado con el rumor de la regata que bajaba del Anboto.
Conocía cada respuesta del cuerpo de ella, adaptando la velocidad de su lengua a los espasmos involuntarios que comenzaban a sacudir los muslos de la fiscal.
Ainara gemía sin reservas, olvidada de cualquier decoro o contención procesal, retorciéndose sobre el lecho mientras una marea de calor abrasador se concentraba en la boca de su vientre.
Cuando el orgasmo la alcanzó, fue como una rotura de presas.
Un temblor violento sacudió el cuerpo de Ainara de pies a cabeza; sus músculos internos aprisionaron los dedos de Mathieu con una fuerza desmedida, mientras una letanía de gemidos guturales en euskera escapaba de sus labios entreabiertos.
Mathieu bebió su éxtasis con una ternura salvaje, saboreando el néctar de su entrega hasta que la última contracción se disipó en un suspiro largo y tembloroso.
Sin darle tiempo a enfriarse, Mathieu se despojó rápidamente de sus propios pantalones y de su ropa interior.
Su cuerpo desnudo, alto y fibroso, mostraba la solidez de un hombre forjado en la acción: la cicatriz alargada del tiroteo de Arantzazu resaltaba lívida sobre las costillas izquierdas, pero su miembro se alzaba erecto, grueso, pesado y palpitante de deseo contenido.
Se colocó entre los muslos abiertos de Ainara.
Ella abrió los párpados pesados, con los ojos anegados en lágrimas de gozo, y extendió la mano derecha para envolver el tallo ardiente de Mathieu con sus dedos.
Apretó con suavidad, sintiendo el latido impetuoso de su sangre bajo la piel tersa, y guió la cabeza húmeda de su sexo hacia la entrada de su cuerpo.
—Mírame, Ainara —pidió él con la respiración entrecortada mientras apoyaba las palmas a los lados de su cabeza—. Quiero verte los ojos.
Ainara fijó su mirada castaña en los ojos grises y tormentosos de Mathieu.
En ese instante no había sombras, ni secretos, ni fronteras entre ellos.
Con un empuje firme, lento y rotundo, Mathieu se introdujo en ella.
La penetración fue tan profunda y completa que Ainara soltó un quejido agudo y echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la carne de él la colmaba hasta el límite de su capacidad, estirando sus paredes interiores en una unión perfecta y visceral.
Mathieu permaneció inmóvil durante varios segundos en el fondo de su ser, saboreando la opresión ardiente y palpitante de la mujer que lo acogía. Su mandíbula se tensó por el esfuerzo de contener su propia descarga ante la intensidad abrasadora de aquel abrazo carnal.
—Zurekin nago... —susurró él con una devoción que parecía una plegaria—. Zurekin betiko.
Comenzó a moverse con un vaivén hondo, pausado y potente.
Cada embestida de sus caderas resonaba con un golpe sordo contra el colchón y el crujido rítmico de la madera de la cama de forja.
Ainara respondió elevando las caderas al unísono, envolviendo la cintura de Mathieu con sus piernas desnudas y cruzando los tobillos a su espalda para mantenerlo clavado en sus entrañas.
El ritmo fue acelerándose con una cadencia inevitable.
Los cuerpos sudorosos resbalaban el uno contra el otro; el roce de los pechos desnudos de Ainara contra el torso velludo de Mathieu desprendía un calor que desafiaba la frialdad de la noche invernal.
Cada golpe de pelvis era más profundo, más certero, buscando el núcleo mismo de su placer compartido.
Ainara enterró las uñas en la espalda de él, mordiendo su hombro para ahogar los gritos de una excitación que volvía a crecer como una ola gigantesca en su interior.
—¡Mathieu, más... más adentro! —rogaba ella, embriagada por la fuerza viril con la que él la poseía, sintiendo el glande rozar su cérvix con una precisión demoledora que la hacía delirar.
Mathieu aceleró la marcha, clavando sus ojos en los de ella mientras su respiración se convertía en un jadeo furioso.
La fricción ardiente entre sus sexos húmedos era casi insoportable.
Sintió cómo las paredes internas de Ainara comenzaban a palpitar con violencia, anunciando la llegada de un segundo clímax aún más devastador que el primero.
—¡Ahora, Ainara! —rugió él con la voz quebrada.
El espasmo final los golpeó al unísono. Ainara gritó contra la boca de Mathieu mientras su vientre se contraía en una convulsión interminable que ordeñó el miembro de él con una voracidad salvaje.
Mathieu perdió el control de su cuerpo; con un último empuje que lo hundió hasta la raíz, lanzó un bramido sordo y derramó su semilla en oleadas densas, ardientes y continuas dentro de las profundidades de la mujer, temblando sobre su cuerpo mientras la luna de Anboto contemplaba su entrega definitiva.
Durante un tiempo prolongado que ninguno de los dos intentó medir, el único sonido en el dormitorio fue el de sus respiraciones jadeantes que se serenaban con lentitud y el crujido distante de las maderas de la casa.
Mathieu no se retiró de inmediato; permaneció recostado sobre ella, con el rostro hundido en el hueco de su cuello y su peso mitigado por los antebrazos apoyados en la almohada, saboreando el latido desbocado del corazón de Ainara que golpeaba contra sus costillas.
Ainara mantenía los brazos enredados alrededor de la espalda de él, acariciando con las yemas de sus dedos los surcos musculares de sus omoplatos y la piel húmeda por el sudor compartido.
Sentía una plenitud física y espiritual tan absoluta que el mundo exterior parecía haber perdido cualquier capacidad de amenazarla.
La frialdad analítica de los tribunales y el cinismo de los despachos ministeriales se habían desvanecido ante la verdad elemental de aquel contacto humano.
Poco a poco, Mathieu se deslizó hacia un lado con una lentitud respetuosa, trayendo consigo las mantas de lana rústica y el edredón de plumas para cubrir sus cuerpos desnudos contra la brisa gélida que comenzaba a filtrarse por las rendijas del ventanal.
Atrajo a Ainara hacia su pecho, acomodando la cabeza de ella sobre su brazo derecho y entrelazando sus piernas bajo el embozo cálido.
—No me había sentido tan vivo desde hace diez años, Ainara —susurró él, besando la coronilla de su cabello castaño con una ternura infinita—. Creía que la profesión nos secaba el alma hasta dejarnos convertidos en autómatas de la ley.
Ainara apoyó la palma sobre el pecho desnudo de Mathieu, trazando círculos distraídos sobre el vello oscuro que rodeaba su esternón. El calor que emanaba de su cuerpo era como el rescoldo de un horno de fundición que jamás se apaga.
—La ley no tiene alma, Mathieu; el alma la ponemos nosotros —respondió ella con serenidad, cerrando los ojos para disfrutar del refugio que le brindaban los brazos del inspector—.
Cuando mi padre murió en aquella nave abandonada de Durango, lo que más me dolió no fue la ruina económica, sino la soledad atroz en la que lo dejaron sus socios y los acreedores.
Pensé que la justicia consistía en castigar a los culpables para vengar esa soledad.
Pero esta noche, contigo... he comprendido que la verdadera justicia consiste en proteger lo que amamos antes de que sea demasiado tarde.
Mathieu apretó el abrazo, sintiendo la verdad de aquellas palabras vibrando en sus propios huesos.
—Mañana a primera hora, cuando entres en ese auditorio de Arrasate, no estarás sola, Ainara.
Cada cooperativista que alce la mano en esa asamblea sabrá que detrás de su voto está la dignidad de un pueblo que no se arrodilla ante los fondos buitre.
Y mientras tú estés en el estrado defendiendo la legalidad del Fondo de Reserva, yo estaré derribando las puertas de la sede de Atalante en Miraconcha para asegurar las pruebas informáticas que enviarán a Deschamps a prisión.
—Prométeme una cosa, Mathieu —dijo ella, alzando la cabeza para buscar sus ojos en la penumbra.
—Lo que quieras.
—Pase lo que pase mañana... no permitas que la burocracia de Bruselas o los pactos de Estado nos vuelvan a separar. Ya no hay vuelta atrás para nosotros.
Mathieu sonrió en la penumbra, una sonrisa limpia y confiada que borró cualquier rastro de fatiga de su rostro.
—En Ustaritz decimos que cuando el hierro se funde en el mismo crisol, ya no hay martillo capaz de dividirlo. No hay muga en este mundo que pueda separarme de ti, maitea. Ahora duerme un poco. La batalla empieza con el alba.
♦ ♦ ♦
El amanecer se abrió paso sobre el valle de Arrazola con una luz limpia y acerada, filtrándose a través de la niebla que se batía en retirada hacia las crestas calizas del monte Anboto.
Los primeros rayos del sol invernal tocaban las agujas de roca blanca de la cumbre, tiñéndolas de un rosa pálido que contrastaba con el verde oscuro de los pinares y los pastos escarchados del fondo del valle.
Ainara Zubiaga despertó sin sobresaltos, envuelta en la calidez reconfortante del lecho de forja y en el olor a madera limpia y piel compartida.
A su lado, Mathieu descansaba con la respiración acompasada, manteniendo una mano firme apoyada sobre su cadera desnuda en un gesto instintivo de protección.
Durante unos minutos, ella permaneció inmóvil, contemplando el perfil escarpado de la montaña sagrada que dominaba el ventanal como un testigo mudo y eterno de la noche que acababa de transcurrir.
No había rastro de la opresión que le atenazaba el pecho al salir de Hernani.
Su mente estaba despejada, fría y afilada como una hoja de corte de precisión.
Alargó el brazo izquierdo hacia la mesilla de noche de madera de nogal donde descansaban sus documentos personales y el Certina DS de su padre, cuya esfera redonda marcaba las siete y media de la mañana.
Solo dos horas y media la separaban de la apertura de puertas del auditorio central de Mondragón en Arrasate.