CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #3
Ainara dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el hombro derecho de Mathieu.
El contacto de su pelo sedoso contra el cuello de él desprendía un tenue aroma a jabón de oliva y a lluvia reciente.
Con un movimiento lento, ella alzó su mano derecha y buscó la mano de Mathieu, entrelazando sus dedos con los de él sobre su clavícula.
—A veces siento que no tengo derecho a cansarme —confesó Ainara, con la voz apagada por la emoción mientras contemplaba las chispas que ascendían por la chimenea—.
Desde la muerte de mi padre, siempre he creído que debía ser invulnerable.
Que si mostraba una sola duda, si me permitía flaquear un solo minuto, todo lo que él intentó construir se derrumbaría otra vez.
—Tu padre era un hombre íntegro, Ainara, pero estaba solo frente a una maquinaria que no comprendía —respondió Mathieu con voz firme, inclinando el rostro hasta que su frente rozó la sien de ella—.
Tú no estás sola. Y la vulnerabilidad no es una debilidad; es lo único que nos recuerda que somos seres humanos antes que funcionarios de un ministerio o piezas de un procedimiento administrativo.
Ainara se giró lentamente sobre el banco corrido hasta quedar sentada de frente a él.
La luz del fuego delineaba sus rasgos con una suavidad íntima, borrando las asperezas de la fiscal rigurosa para dejar al descubierto a la mujer herida, valiente y apasionada que latía bajo la toga judicial.
Sus ojos castaños buscaban la mirada de Mathieu con una fijeza que no dejaba lugar a dudas.
—Por una noche, Mathieu... —dijo ella, acariciando con la yema del pulgar el borde de la mandíbula de él, donde la sombra de la barba de dos días marcaba su masculinidad sobria—.
Olvida los expedientes de Bruselas, olvida los balances contables, olvida a los jueces de Madrid y la amenaza de mañana.
Quédate aquí conmigo. Haz que esta noche valga por todos los años de silencio.
Mathieu sostuvo la mirada de Ainara sin pestañear.
Durante años, su existencia había estado consagrada a una disciplina casi monacal: auditorías transfronterizas, informes confidenciales para la Comisión, persecución de redes de fraude en puertos remotos y la culpa soterrada por no haber podido salvar a Isabelle en aquel muelle de Zeebrugge.
Había aprendido a blindarse tras una muralla de frialdad profesional, convenciéndose de que cualquier apego emocional representaba una fisura por la que tarde o temprano se filtraba el desastre.
Pero allí, en la quietud majestuosa de las faldas del Anboto, frente a aquella mujer que combinaba una rectitud moral inquebrantable con una sensualidad limpia y rotunda, todas sus defensas se desmoronaron como arena seca.
—Llevo días pensando en esto, Ainara —confesó él en un susurro áspero, cerrando los dedos alrededor de la muñeca delgada de ella—.
Desde la noche en que me curaste las heridas en Oñati, con el sonido de la lluvia contra las piedras del claustro de Sancti Spiritus.
Cada vez que te veía enfrentar a los comisarios o desafiar a los inspectores de Madrid, lo único que deseaba era arrancarte de ese torbellino y traerte a un lugar donde el mundo no pudiera tocarte.
—Pues ya estamos aquí —respondió ella, inclinándose hacia delante hasta que su aliento cálido rozó los labios de Mathieu—. Y no quiero que me hables de leyes ni de prudencia.
Mathieu no esperó más. Pasó su brazo derecho alrededor de la cintura de Ainara y la atrajo contra su torso con una fuerza que hizo temblar el aire entre ambos.
Cuando sus bocas se encontraron, el contacto inicial fue una explosión silenciosa y devastadora.
No hubo preludios mesurados ni tanteos corteses: fue un beso urgente, profundo, cargado de toda la pasión contenida durante semanas de peligro compartido.
Ainara abrió sus labios con una avidez salvaje, dejando escapar un jadeo sordo mientras sus manos se enredaban en el pelo oscuro y espeso de la nuca de Mathieu.
La boca de él sabía a café amargo, a salitre atlántico y a una determinación viril que la envolvía por completo.
Los labios de Mathieu eran firmes pero tiernos, devorando la suavidad de su boca con una cadencia que aceleró el pulso de Ainara hasta convertirlo en un galope frenético en sus oídos.
Él la levantó del banco con una facilidad asombrosa, sosteniéndola contra su cuerpo mientras sus pies apenas rozaban las tablas del suelo.
Ainara rodeó la cintura de Mathieu con sus piernas, apretando los muslos contra sus caderas en un abrazo instintivo, buscando un contacto físico total que disipara de una vez por todas la soledad que la había acompañado durante tanto tiempo.
Caminaron a tientas, entre besos entrecortados que les robaban el aliento, hacia el dormitorio principal que se abría en la misma planta baja, junto a la galería orientada hacia el valle.
En la estancia, la luz de la luna menguante entraba a través de un ventanal con mainel de piedra, dibujando rectángulos plateados sobre un lecho de matrimonio de forja negra y sábanas de lino rústico.
Mathieu depositó a Ainara sobre el borde de la cama con una delicadeza reverente. Se apartó apenas unos centímetros para contemplarla en la penumbra. Ainara respiraba con dificultad, con las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando bajo la lana de su jersey verde.
—Espera —susurró él con la voz enronquecida por el deseo mientras sus dedos alcanzaban el dobladillo del jersey de ella—. Déjame mirarte.
Ainara alzó los brazos dócilmente, permitiendo que Mathieu deslizara la prenda hacia arriba y la arrojara sobre una silla de enea.
Bajo la luz cenicienta que entraba del exterior, la fiscal quedó vestida solo con una camiseta de tirantes de algodón blanco, a través de la cual se marcaba con nitidez el contorno firme de sus senos y la oscuridad de sus pezones, endurecidos por la brisa fresca del dormitorio.
Mathieu tragó saliva, fascinado por la belleza sobria y auténtica de su cuerpo.
No había artificio en ella: sus hombros eran firmes y moldeados por la natación, su vientre era plano y terso, y en la base del cuello latía una vena viva que parecía llamar a sus labios.
Se inclinó sobre ella, apoyando una rodilla sobre el colchón de muelles, y comenzó a besar la hendidura de su garganta, descendiendo con besos lentos y ardientes hacia la clavícula.
Ainara arqueó la espalda, enredando las manos en la camisa de Mathieu para desabrochar los botones con una prisa febril.
Necesitaba sentir el calor de su piel desnuda contra la suya, borrar cualquier barrera textil que se interpusiera entre sus cuerpos.
Cuando logró abrir la camisa y deslizó las palmas sobre los pectorales anchos y velludos de Mathieu, un gemido de satisfacción brotó de su garganta.
—Mathieu... —susurró ella, clavando las uñas con suavidad en los flancos musculados de él—. Azkar, maitea... No me hagas esperar.
♦ ♦ ♦
Mathieu retiró la camiseta de algodón de Ainara con un movimiento rápido y certero, desabrochando a continuación el cierre delantero de su sujetador de encaje sencillo.
El busto de la mujer quedó al descubierto bajo la luz plateada de la luna y los reflejos cobrizos que llegaban amortiguados desde la lumbre de la cocina baja.
Sus pechos eran redondos, turgentes y coronados por areolas morenas que se estremecían ante el contacto del aire de la montaña.
Mathieu emitió un gruñido bajo y ahogado en su pecho.
Se inclinó sobre ella y tomó uno de sus pezones entre los labios, rodeándolo con la lengua antes de succionar con una cadencia lenta, profunda y exigente.
Una corriente eléctrica atravesó el vientre de Ainara, que soltó un grito quebrado y apretó la cabeza de Mathieu contra su pecho, arqueando las caderas hacia arriba con un espasmo de puro placer.
—Badakit, maitea... Badakit —murmuró Mathieu contra su piel húmeda, alternando las caricias de su lengua entre ambos pechos mientras su mano derecha descendía por el vientre plano de ella, desabrochando el botón de sus pantalones y deslizando la cremallera con un sonido metálico que resonó como un trueno en el silencio del dormitorio.
Con una destreza sosegada pero implacable, Mathieu deslizó los pantalones y las braguitas oscuras por las piernas de Ainara, arrojando la ropa al suelo de madera.
Se detuvo a besar los muslos largos y torneados de la fiscal, la curva suave de sus rodillas y la cara interna de sus pantorrillas, antes de regresar con lentitud hacia la confluencia de sus piernas.
El aroma de Ainara, una mezcla densa de excitación femenina, piel limpia y almizcle natural, llenó los sentidos de Mathieu.
La intimidad de la mujer brillaba con una humedad abundante en la penumbra.
Él separó sus muslos con firmeza y apoyó los codos sobre el colchón, acercando el rostro hasta que su aliento cálido rozó el centro sensible de su deseo.
Cuando la punta de la lengua de Mathieu trazó el primer roce húmedo y ardiente sobre el capullo hinchado de su clítoris, Ainara se tensó como una cuerda de arco. Sus dedos se clavaron en las sábanas de lino rústico, y sus caderas se elevaron instintivamente buscando una mayor presión.
—¡Mathieu! —suplicó ella con la voz rota por el vértigo del placer—. Mesedez...
Él no se detuvo. Con una devoción experta y paciente, comenzó a lamerla con pasadas largas y firmes, alternando la suavidad del contacto superficial con succiones rítmicas sobre el botón hipersensible, mientras introducía dos dedos en su interior caliente y anegado.
La cavidad de Ainara se contraía con avidez alrededor de sus dedos, empapándolos en un flujo espeso y tibio que facilitaba cada movimiento.