La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #2
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CAPÍTULO 13 — El fuego del hierro #2

Mathieu se arrodilló sin vacilar frente a la losa del hogar, examinando el tiro de la chimenea con la minuciosidad de quien ha crecido en un caserío de Ustaritz y conoce el comportamiento del humo en las noches frías de montaña.

Con el atizador de hierro removió la ceniza blanca acumulada de la última lumbre, abrió la mariposa de ventilación y comenzó a disponer una base de hojas de maíz secas y astillas resinosas en forma de estrella.

—Tu familia cuidaba este fuego —dijo Mathieu mientras sacaba su mechero metálico de gasolina—. La chimenea está limpia de hollín y el tiro respira sin obstáculos. En Iparralde decimos que una casa donde el hogar responde al primer fósforo es una casa que no ha perdido su alma.

Acercó la llama a la yesca. El fuego prendió con un chasquido vivaz, alimentándose con rapidez de la resina de pino antes de envolver las piñas secas en una corona de llamas amarillentas.

El humo denso y aromático ascendió de inmediato por el conducto de piedra, mientras el crepitar de la madera viva comenzaba a quebrar la frialdad de la estancia.

Con movimientos pausados y seguros, protegiendo su brazo lesionado con el torso, Mathieu fue añadiendo dos troncos medianos de haya, vigilando que el aire circulara entre las piezas para garantizar una combustión limpia y duradera.

Ainara se había dejado caer en el extremo del zizailu.

Había arrojado su maletín de cuero sobre una silla y se quitaba los mocasines de invierno, frotándose los pies descalzos sobre la tarima templada.

La luz rojiza de las primeras llamas le iluminaba el perfil, recortando la silueta de su cuello esbelto y la curva suave de su barbilla.

Sus hombros, habitualmente erguidos con una dignidad severa ante los secretarios judiciales y los oficiales de la policía foral, se hundían en una curva de cansancio que desarmaba cualquier defensa.

—Durante años pensé que la justicia era una cuestión de teoremas y de autos procesales —dijo ella, con la mirada perdida en las lenguas de fuego que lamían la corteza rugosa del haya—.

Creía que bastaba con aplicar la Ley de Cooperativas, verificar la cadena de firmas en los pagarés y tipificar con rigor el alzamiento de bienes para que el sistema funcionara y la verdad se impusiera por su propio peso.

Pero cuando ves a hombres como Sylvain Deschamps mover millones de euros con una llamada de teléfono desde una suite en Biarritz para arruinar a cientos de familias que no tienen más patrimonio que sus manos y su trabajo...

te das cuenta de que la ley es solo un dique de arena frente a una marea de dinero sin escrúpulos.

Mathieu colocó un tercer tronco, más grueso, en la parte posterior del hogar y se puso en pie, sacudiéndose las briznas de corteza de las rodillas.

Se acercó al banco corrido y se sentó junto a ella, reduciendo la distancia entre ambos hasta que sus muslos se rozaron a través de la tela de sus pantalones.

—El dinero sin escrúpulos tiene una debilidad que los financieros arrogantes nunca comprenden, Ainara —respondió Mathieu con voz profunda, mirándola a los ojos con una intensidad que hizo que la respiración de ella se detuviera un instante—.

Necesita que los demás se rindan antes de pelear.

Deschamps y Sorokin contaban con que el Consejo Rector de Mondragón entraría en pánico, que los jueces mercantiles aceptarían sus títulos de deuda sin hacer preguntas incómodas y que la fiscalía miraría hacia otro lado para no incomodar a los grandes despachos de Madrid.

No contaban con que tú estarías dispuesta a jugarte la carrera por un puñado de torneros en Arrasate.

Ainara esbozó una sonrisa melancólica, negando levemente con la cabeza.

—No me juego la carrera por heroicidad, Mathieu.

Me la juego porque no sé vivir de otra manera.

Si permitiera que ese fondo buitre se quede con los hornos de Fagor Ederlan después de haber visto a Beloki morir en el crisol de Eskoriatza, cada sentencia que redactara en el futuro sería una farsa vergonzosa.

—Lo sé —dijo Mathieu en un susurro grave, alzando la mano derecha para rozar con el dorso de sus nudillos la mejilla ardiente de Ainara—.

Y por eso mismo estoy aquí contigo esta noche, a pesar de que Bruselas me ordenara regresar a mi despacho y la delegación de París me advirtiera del riesgo diplomático.

Porque hay causas que definen a una persona para siempre.

♦ ♦ ♦

El calor del fuego se expandía con lentitud por la cocina baja, desplazando el frío ancestral de los muros de mampostería y llenando el espacio de una penumbra cálida, teñida de sombras doradas que danzaban sobre las vigas de roble.

El chasquido rítmico de la madera ardiendo creaba un compás hipnótico que envolvía el silencio de la noche.

Mathieu se deslizó por el banco corrido y se colocó justo detrás de Ainara.

Con una naturalidad desprovista de vacilación, posó ambas manos sobre los hombros de ella.

A través del tejido de punto de su jersey verde, la tensión de sus músculos se sentía tan rígida como las pletinas de acero templado que salían de las prensas del valle del Deba.

Los trapecios formaban cordones duros a ambos lados del cuello, y la base del cráneo parecía bloqueada por una contractura profunda nacida de días enteros de vigilia procesal y amenazas veladas.

—Respira hondo, Ainara —le susurró él al oído, sintiendo el calor que desprendía la piel de su cuello—. Suelta el aire despacio. Deja que los hombros caigan.

Comenzó a amasar la carne con una presión firme, utilizando la base de las palmas y los pulgares para trazar círculos lentos y profundos a lo largo de las vértebras dorsales.

A pesar de la limitación en su propio hombro lesionado, los dedos de Mathieu eran fuertes, diestros y pacientes, acostumbrados tanto al manejo de instrumental técnico como al esfuerzo físico.

Ainara contuvo el aliento cuando los pulgares de él presionaron un punto especialmente dolorido entre los omoplatos. Un escalofrío involuntario recorrió su espalda, seguido de un suspiro quebrado que desató la primera grieta en su compostura.

—Dios mío... —murmuró ella con un hilo de voz, dejando caer la barbilla contra el pecho mientras la cabeza se le volvía pesada—. Ni siquiera me había dado cuenta de lo agarrotada que estaba.

—Llevas toda la semana tensando cada tendón de tu cuerpo como si esperaras un disparo en cualquier esquina —dijo Mathieu, intensificando la presión con una cadencia suave y continua que obligaba a la musculatura a ceder—.

En Bergara, en Oñati, en la carretera de Arantzazu...

tu cuerpo ha estado en guardia permanente.

Pero aquí nadie va a forzar la puerta. Esta noche no tienes que defender a nadie.

Los pulgares de Mathieu ascendieron por la nuca de Ainara, introduciéndose bajo su cabello castaño para masajear las inserciones occipitales con un movimiento rotatorio que provocó en ella una oleada de alivio tan profunda que las lágrimas acudieron espontáneamente a sus ojos.

No eran lágrimas de tristeza ni de debilidad; eran el desbordamiento involuntario de una mente que llevaba demasiado tiempo resistiendo la presión en soledad.

—Mi abuelo Jean-Pierre era mugalari en las faldas del monte Larrun durante los años cuarenta —dijo Mathieu mientras sus dedos continuaban aliviando la tensión en los hombros de ella—.

De día trabajaba la huerta y cuidaba de las ovejas latxas en Ustaritz; de noche cruzaba la muga cargando fardos de café, penicilina, piezas de repuesto para los talleres mecánicos de Gipuzkoa o personas que huían de las purgas de la posguerra.

Cuando la policía de aduanas francesa o los carabineros de la frontera le daban el alto, él se ocultaba en los brezales y esperaba durante horas bajo la lluvia helada, sin moverse, sin tiritar, hasta que la patrulla pasaba de largo.

Mi abuelo me decía siempre que una frontera no es más que una cicatriz que los Estados trazan en el lomo de la tierra para justificar sus impuestos y sus ejércitos, pero que los hombres y las mujeres que viven a ambos lados de la montaña tienen la obligación moral de tejer los hilos invisibles que mantienen viva la comunidad.

Ainara dejó escapar una respiración pausada, sintiendo cómo las palabras de Mathieu resonaban en lo más hondo de sus recuerdos de infancia:

—Mi padre sentía exactamente lo mismo cuando se puso al frente de la cooperativa de mecanizado en Durango.

Recuerdo los domingos por la mañana, cuando me llevaba a la fábrica cerrada.

El olor a taladrina, a viruta de acero dulce y a aceite quemado impregnaba cada rincón de la nave.

Él me explicaba cómo funcionaban los tornos paralelos y las fresadoras universales.

«En una empresa convencional, Ainara —me decía señalando las máquinas paradas—, el dueño compra tu tiempo por ocho horas y se queda con el fruto de tu inteligencia.

En una cooperativa, tú eres el dueño de tu herramienta y el responsable de tu compañero de turno.

Si la máquina se rompe, se rompe tu futuro; pero si el taller prospera, prospera tu pueblo entero».

Cuando los bancos de Madrid comenzaron a estrangular la liquidez en los años noventa y los pagarés quedaron sin contrapartida, él no pudo soportar la vergüenza de ver a sus compañeros perder las aportaciones de toda una vida.

Se sintió el guardián que se había quedado dormido en la torre.

—Tu padre no se quedó dormido, Ainara —murmuró Mathieu, inclinándose hasta apoyar los labios en su sien—.

Lo arrolló una marea desreguladora que vino impuesta desde despachos donde la palabra dignidad no tiene asiento en el balance contable.

Por eso estamos aquí esta noche. Para impedir que esa misma marea vuelva a destruir lo que tanto esfuerzo costó levantar.