La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería #4
58%

CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería #4

—Eso significa convocar a más de mil doscientos socios de Fagor Ederlan en el auditorio central de Mondragón en Arrasate este mismo domingo por la mañana.

Significa llamar uno a uno a los torneros, a los fundidores, a los matriceros y a los administrativos que están descansando en sus casas con sus familias para que acudan a votar el futuro de la cooperativa en mitad de una galerna.

Y significa explicarles que les estamos pidiendo que arriesguen los fondos de reserva acumulados durante cincuenta años para salvar a doce talleres auxiliares frente a las amenazas de liquidación de un fondo internacional.

—Los socios acudirán, Joseba —dijo Amets Ibarra poniéndose en pie al lado de Ainara, con la cabeza alta y la mirada clavada en los ojos del viejo fundidor—.

Acudirán porque en este valle nadie deja caer a un compañero de taller mientras quede una gota de hierro caliente en los hornos.

Yo misma subiré al estrado del auditorio de Arrasate.

Les mostraré los discos duros con las fórmulas de Beloki, les contaré cómo nos tirotearon en la cripta de Arantzazu y les explicaré que los buitres de Fráncfort no vienen a por una deuda: vienen a por nuestras casas, a por el pan de nuestros hijos y a por la dignidad de este pueblo.

Y si los trabajadores de Mondragón tenemos que jugarnos hasta el último céntimo de nuestras reservas para defender la fragua, nos lo jugaremos con la cabeza alta y las manos limpias.

El silencio que siguió a las palabras de Amets fue roto únicamente por el crujido de la leña en el fuego. El viejo maestro fundidor miró a la joven ingeniera con los ojos humedecidos por una admiración paternal profunda, asintió despacio con la cabeza y extendió su mano abierta hacia ella:

—Tienes la sangre de tu abuelo Bittor, muchacha. La asamblea se celebrará el domingo a las diez de la mañana. Mañana a primera hora los delegados del Consejo Social empezaremos a mover las convocatorias por todos los talleres del valle.

Ainara sacó de su maletín el borrador del orden del día que había redactado durante el trayecto desde Vitoria-Gasteiz, colocándolo sobre el texto de la ley foral:

—El acuerdo debe someterse a votación bajo una redacción jurídica blindada que no deje ningún resquicio de impugnación procesal a los letrados de Sylvain Deschamps.

El texto someterá a la asamblea tres puntos inseparables: primero, la ratificación formal de la condición de perjudicada de Fagor Ederlan en el sumario penal de Bergara por estafa y falsedad mercantil; segundo, la aprobación de la emisión extraordinaria de Aportaciones Financieras Subordinadas mancomunadas con cargo al Fondo de Reserva Obligatorio por importe de sesenta y tres millones de euros; y tercero, la delegación irrevocable en el Consejo Rector para formular la oferta pública de recompra preferente en la apertura del mercado secundario el lunes a las nueve en punto.

Maite Odriozola revisó los términos con un lápiz en la mano, asintiendo a cada párrafo:

—Si aprobamos estos tres puntos por mayoría de dos tercios, el acuerdo asambleario tiene fuerza de ley inmediata entre las partes conforme al artículo doce de la ley de cooperativas.

Aunque Deschamps se presente con diez notarios de Madrid en la puerta de la fábrica, los títulos ya no serán exigibles contra los talleres: habrán sido absorbidos por la propia corporación.

—Y en el plano penal —concluyó Ainara con una mirada decidida—, yo misma estaré presente en el auditorio de Arrasate con el auto judicial dictado por el juez Fernando Irazábal.

Si Deschamps o cualquiera de sus testaferros intenta reventar la asamblea o amenazar a los socios con acciones concursales fraudulentas, la Ertzaintza procederá a su inmediata detención en sala por obstrucción a la justicia y coacciones en grado de tentativa.

♦ ♦ ♦

A las once y cuarto de la noche, tras coordinar los detalles del despliegue logístico y asignar a cada representante cooperativo un sector fabril del Alto Deba para la notificación urgente de la asamblea extraordinaria del domingo, los seis miembros del Consejo Social abandonaron la bodega de Pagoaga en vehículos escalonados, escoltados discretamente por agentes de la Ertzaintza de paisano hasta las carreteras secundarias de Hernani y Andoain.

Ainara, Mathieu, Gorka y Amets se quedaron solos en la inmensidad en penumbra de la bodega, rodeados por el aroma denso a madera de roble, mosto fermentado y humo de leña de manzano.

Gorka Atxaga se acercó a la kupela número siete, una barrica centenaria de castaño con aros de hierro forjado que lucía en el frontal el escudo tallado de la casa solariega de Pagoaga.

Con un movimiento diestro y tradicional, el inspector tomó una jarra de barro cocido, abrió la espita de madera con un golpe suave y dejó que un chorro espumoso, translúcido y dorado de sidra natural rompiera con fuerza contra la panza de arcilla, liberando una nube de aromas silvestres que inundó el rincón de la chimenea.

Llenó cuatro vasos anchos de vidrio fino con dos dedos de líquido recién escanciado y regresó a la mesa comunal de roble, entregándole uno a cada uno de sus compañeros:

—En este país ningún pacto de hombres y mujeres de palabra se cierra con tinta de notario antes de haber sido sellado con sidra de la tierra —dijo el inspector de la Ertzaintza levantando su vaso hacia la luz mortecina de las bombillas—.

Por Xabier Beloki, que no se dobló en el crisol de Eskoriatza.

Por los dos mil trabajadores que el domingo llenarán el auditorio de Arrasate.

Y por vosotros dos, que os habéis jugado el pellejo sin pedir nada a cambio para que la ley siga significando justicia en este valle.

Amets levantó su vaso, chocándolo con el de Gorka con una sonrisa limpia y desafiante:

—Gure esku dago, compañeros. Está en nuestras manos.

Ainara alzó su vaso de vidrio, buscando la mirada de Mathieu.

A través del cristal fino, el reflejo ámbar de las llamas de la chimenea danzaba en los ojos castaños de él, desprovistos de la frialdad profesional del agente de Eurojust y colmados de una ternura honda, madura e inquebrantable que no necesitaba promesas solemnes para ser comprendida.

Chocaron los vasos con un tañido cristalino que resonó en la bóveda de mampostería como una campana de paz en mitad de la tormenta.

—Gure esku dago —susurró Mathieu en euskera labortano, bebiendo el trago de sidra fresca y ácida que le limpió el sabor amargo de los aeropuertos y los hospitales.

Bebieron los cuatro en silencio, sintiendo el calor del alcohol y la energía telúrica del viejo caserío descender por sus gargantas, templando los cuerpos castigados por la fatiga y el frío de la montaña.

Diez minutos después, Gorka Atxaga recogió la mochila con los discos duros precintados y se dirigió hacia la cancela de salida junto a Amets Ibarra:

—Voy a trasladar a Amets a la casa de seguridad de Oñati bajo escolta reforzada de la Brigada Móvil —dijo el inspector ajustándose el anorak impermeable—.

Mañana supervisaré con el Consejo Social el dispositivo de seguridad perimetral del auditorio de Mondragón para evitar que los sicarios de Biarritz intenten sabotear la asamblea del domingo.

Vosotros dos tenéis que descansar; no podéis presentaros ante mil doscientos socios con el rostro de quien lleva tres noches sin dormir.

Ainara asintió despacio, despidiéndose de Amets con un abrazo cálido que selló la alianza humana forjada entre la fiscal y la ingeniera:

—Descansa esta noche, Amets. El domingo subirás a ese estrado y cambiarás la historia de este valle.

—Gracias a los dos... de corazón —respondió Amets antes de salir a la noche junto a Gorka, perdiéndose bajo la cortina de agua que azotaba el corral exterior.

Cuando el eco del todoterreno de Gorka se extinguió en el fondo del camino de Pagoaga y el cerrojo de hierro de la cancela volvió a cerrarse, el silencio en la bodega de la sidrería se volvió absoluto, roto únicamente por el crepitar pausado de las últimas ascuas de leña en la chimenea y el silbido distante del viento huracanado agitando las copas de los manzanos.

Ainara y Mathieu se quedaron de pie junto a la mesa comunal de roble, a menos de medio metro de distancia el uno del otro.

La luz dorada del fuego perfilaba las sombras cansadas de sus rostros, suavizando la dureza de las facciones que durante días habían permanecido tensadas como arcos de caza.

Mathieu dejó escapar un suspiro largo y hondo, bajando los hombros con un alivio infinito mientras su mano derecha buscaba y encontraba los dedos helados de Ainara sobre la madera.