CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería #5
El contacto de sus pieles fue un chispazo silencioso que recorrió cada terminación nerviosa de sus cuerpos.
Ainara no retiró la mano; entrelazó sus dedos con los de él con una firmeza apasionada y vulnerable, alzando la mirada para sostener los ojos oscuros y limpios de Mathieu.
En su muñeca izquierda, el Certina DS de su padre marcaba las once y cuarenta minutos con su tic-tac discreto; por primera vez en toda la semana, el segundero de acero parecía no medir la urgencia angustiosa de un vencimiento penal, sino la bendición sagrada de un instante de tregua conquistado a pulso sobre el horror.
—Has estado inmensa con los cooperativistas, Ainara —dijo Mathieu con una voz queda, íntima y profunda que resonó en el aire templado de la bodega—.
Tu padre habría estado inmensamente orgulloso de verte utilizar la ley no para someter a los débiles, sino para devolverles las herramientas de su propia libertad.
Ainara sintió una punzada tibia en el pecho que le humedeció los párpados, pero sonrió con serenidad mientras levantaba su otra mano para acariciar con delicadeza la mejilla rasposa de Mathieu, deteniéndose en el borde de su mandíbula:
—Mi padre sabía que las máquinas son solo hierro inerte si detrás no hay hombres y mujeres dispuestos a defenderse juntos, Mathieu.
Y tú has cruzado Europa con una herida de bala en el hombro para traernos la única prueba que podía salvarnos.
Isabelle estaría en paz viéndote luchar por la verdad en este valle.
Mathieu cerró los ojos un instante al escuchar el nombre de Isabelle en los labios de Ainara.
Por primera vez en cuatro años de culpa lacerante y noches de pesadilla en Bruselas, el recuerdo de su compañera caída en Zeebrugge no le produjo el desgarro asfixiante del remordimiento; le produjo una sensación de serenidad trascendente, como si una deuda sagrada hubiera quedado definitivamente saldada sobre el altar de Arantzazu y en las barricas de Pagoaga.
Abrió los ojos y contempló el rostro de Ainara, la curva suave de sus labios, la palidez noble de sus pómulos y la determinación salvaje que ardía en sus pupilas.
Se inclinó despacio hacia ella y posó sus labios con una lentitud reverente sobre la frente de la fiscal, respirando el aroma a lluvia, a piel tibia y a monte que emanaba de su cabello oscuro:
—Tenemos treinta y seis horas antes de que se abran las puertas del auditorio de Arrasate, Ainara... Esta noche no hay jueces, no hay ministros, no hay buitres financieros en Fráncfort. Esta noche solo estamos tú y yo.
Ainara apoyó la frente contra el pecho de él, sintiendo el latido firme y acompasado de su corazón bajo el jersey de lana austriaca:
—Vámonos a ese agroturismo bajo el Anboto, Mathieu... Llévame lejos de las leyes y del asfalto por unas horas. Necesito recordarme que sigo viva.
Mathieu apretó suavemente su abrazo alrededor de ella, cuidando de no rozar la herida vendada pero envolviéndola con toda la fuerza protectora de su cuerpo.
El pacto de la sidrería había quedado sellado con la dignidad de los obreros; ahora comenzaba el refugio íntimo de dos almas que habían decidido que ya no caminarían solas nunca más.
Apagaron las dos bombillas de filamento incandescente de la bodega, dejando que la penumbra fuera conquistada únicamente por el resplandor bermellón de las ascuas que agonizaban en el hogar bajo.
Salieron al zaguán de losas frías, cruzaron la cancela de madera de castaño y se dirigieron al todoterreno aparcado bajo el cobertizo.
Afuera, la galerna comenzaba a remitir lentamente sobre las cumbres de Pagoaga; el viento del noroeste soplaba ahora con un rumor constante y limpio, barriendo las nubes bajas y dejando ver retazos de cielo negro salpicado de estrellas heladas entre los claros de la tormenta.
El olor a tierra empapada, a corteza de roble mojada y a manzana fermentada llenaba la noche con una frescura purificadora que parecía lavar los restos de pólvora y asfalto de las últimas jornadas.
Mathieu abrió la puerta del copiloto para que Ainara subiera y luego se acomodó al volante con un movimiento cauto para no forzar el hombro suturado.
En el salpicadero, el navegador satelital marcaba el destino fijado: Atxondo, en el valle de Arrazola, a los pies de la gran mole caliza del monte Anboto.
Cuarenta kilómetros de carretera comarcal solitaria, cruzando los altos de Deskarga y Elgeta en el corazón geográfico del País Vasco.
Al poner el vehículo en marcha y descender por el camino de grava hacia el enlace de la autovía, Ainara reclinó ligeramente el asiento, cerrando los ojos por unos instantes mientras sentía el calor de la calefacción templar sus piernas cansadas.
Con la mano derecha buscó la mano de Mathieu sobre la palanca de cambios, entrelazando sus dedos con los de él en una caricia silenciosa que los acompañaría durante todo el trayecto.
El pacto obrero estaba sellado en las kupelas de Hernani; la asamblea de Arrasate aguardaba en el horizonte del domingo; pero en aquella noche de invierno, suspendida entre el combate y la victoria, el tiempo les pertenecía a ellos dos.