La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería #2
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CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería #2

El inspector jefe se acercó a la puerta, descorrió el cerrojo de hierro y franqueó el paso.

Mathieu Etcheverry cruzó el umbral de la bodega sacudiéndose el agua del abrigo de lana.

Su rostro estaba demacrado por la falta de sueño y la palidez de los vuelos internacionales, con ojeras profundas marcadas bajo los ojos castaños y el brazo izquierdo protegido por el cabestrillo negro sobre el pecho.

Sin embargo, al cruzar la mirada con Ainara en la penumbra iluminada por el fuego de la chimenea, una chispa de complicidad indomable iluminó sus facciones.

Sostuvo con la mano derecha el maletín de fibra de carbono y avanzó hacia la mesa de roble, dejándolo caer en el centro con un golpe rotundo que hizo retumbar los vasos:

—Traigo las tripas de Fráncfort sobre la mesa —dijo Mathieu en euskera labortano, antes de respirar hondo y cambiar al castellano para que todos los presentes comprendieran cada palabra—.

La trampa de Atalante Capital está al descubierto.

Y tenemos la bala de plata para reventarles el negocio en su propia cara.

Ainara contempló la figura de Mathieu avanzando hacia el calor de la chimenea, notando el temblor involuntario de sus dedos al soltar el asa de titanio del maletín.

Sabía el esfuerzo titánico que aquel hombre había desplegado para viajar a Fráncfort del Meno apenas unas horas después de haber recibido una bala en el deltoides y haber sido atendido de urgencia en el quirófano comarcal.

La mancha de agua helada sobre los hombros de su abrigo desprendía el frío cortante del Cantábrico, pero su presencia en aquella bodega de piedra llenó el espacio de una seguridad táctica que los representantes obreros sintieron de inmediato.

—¿Cómo ha ido el enlace en Fráncfort, Mathieu? —preguntó Gorka acercándole un vaso de sidra recién escanciada y una toalla seca de lino para que se desprendiera de la humedad.

—El enlace ha confirmado nuestras peores sospechas y ha superado nuestras mejores expectativas periciales —respondió Mathieu bebiendo el primer sorbo con avidez antes de sentarse junto a Ainara—.

El consorcio financiero que compró los pagarés no es un sindicato bancario ordinario: es una estructura piramidal montada desde la Torre Messeturm por encargo de Viktor Sorokin, con la complicidad técnica de Patricia Hagen en la Dirección General de Competencia en Bruselas.

Pero en su soberbia tecnocrática dejaron un rastro documental que les va a costar muy caro.

Creyeron que una sociedad instrumental de las Islas Caimán era un muro infranqueable para un juez de instrucción vasco.

Amets Ibarra se inclinó sobre la mesa, con el cuaderno de Xabier Beloki abierto sobre los planos de fundición:

—¿Pudiste verificar los códigos de compensación del tramo de deuda, Mathieu?

—Los verifiqué con los auditores de AMLA y con los registros del Bundesbank —dijo Mathieu abriendo los cierres del maletín—.

Y lo que descubrí en Fráncfort cambia por completo el terreno de juego para la asamblea del domingo.

No tenemos que suplicar una moratoria a los bancos ni esperar a que el Gobierno de Vitoria-Gasteiz se atreva a enfrentarse a Madrid.

La legislación foral nos otorga el derecho de romperles la baraja antes de que puedan poner un pie en el juzgado mercantil.

♦ ♦ ♦

Mathieu tomó asiento en el banco de roble junto a Ainara.

El contacto de sus hombros bajo la tela de los abrigos, aunque breve y contenido en presencia de los cooperativistas, transmitió una corriente de alivio compartido que pareció disipar de golpe los kilómetros de tensión y violencia que los habían separado durante las últimas veinticuatro horas.

Ainara posó su mano derecha sobre el antebrazo sano de Mathieu, comprobando con una mirada inquisitiva que el vendaje del deltoides permanecía seco y sin sangrado activo.

Él asintió con una leve inclinación de cabeza, indicándole que el dolor estaba bajo control.

Mathieu abrió los cierres biométricos del maletín y desplegó sobre la madera de roble tres legajos grapados con sellos de la Autoridad Europea contra el Blanqueo de Capitales (AMLA) y el memorando clasificado del Ministerio federal de Economía alemán que le había entregado Dietrich Von Berg en el Café de la Ópera.

—Escuchadme con atención todos —dijo Mathieu señalando los diagramas de flujos de fondos—.

Los ciento ochenta millones de euros en pagarés comerciales que están estrangulando a vuestras cooperativas no están en manos de inversores dispersos ni de fondos de pensiones alemanes de buena fe.

Están empaquetados en una obligación de préstamo colateralizada, un CLO denominado Atalante Nordic Yield Fund , domiciliado en las Islas Caimán y gestionado desde la planta cuarenta y dos de la Torre Messeturm en Fráncfort.

Maite Odriozola se inclinó sobre los documentos, ajustándose las gafas para examinar las tablas de suscripción:

—¿Y quién garantiza ese fondo, Mathieu? ¿Quién pone la liquidez real detrás de esa sociedad pantalla del Caribe?

—El garante del tramo júnior de riesgo es Horizon Trust Limited , el vehículo fiduciario que Viktor Sorokin utiliza en Dubái para lavar el dinero de sus activos sancionados —explicó Mathieu con una frialdad demoledora—.

Sorokin aportó sesenta millones de euros en efectivo para absorber las primeras pérdidas del fondo buitre.

Y lo hizo con un único objetivo: no le importa perder ese dinero en el descuento de los pagarés si a cambio consigue que el consorcio fiduciario ejecute los avales sobre las naves de Eskoriatza y se apropie de la patente internacional PCT de la aleación ligera de wolframio desarrollada por Xabier Beloki.

Un murmullo de cólera sorda recorrió la mesa comunal. El veterano Joseba Arregi apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos como el marfil:

—Esa aleación la desarrollamos en nuestros laboratorios de pulvimetalurgia con el sudor de Beloki y de doce becarios de Mondragon Unibertsitatea... Ningún pirata de Dubái va a ponerle su marca a ese metal mientras yo tenga fuerza en los brazos para empujar una carretilla de fundición.

—Pero hay algo mucho más peligroso que la codicia de Sorokin en estos papeles, Joseba —intervino Ainara tomando el memorando confidencial con las iniciales de Patricia Hagen y mostrándoselo a los portavoces cooperativistas—.

Este documento prueba que la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea en Bruselas, bajo la dirección técnica de Patricia Hagen, emitió una orden confidencial para bloquear cualquier inyección de liquidez de las instituciones vascas.

Si el Gobierno Vasco o las Diputaciones Forales intentan avalar vuestros pagarés el lunes, Bruselas declarará que se trata de una ayuda de Estado ilegal contraria al términos del artículo 107 del tratado fundacional comunitario Europea.

Nos amenazan con sanciones multimillonarias y con la intervención directa del régimen tributario foral.

El objetivo final de la operación es forzar la quiebra de Mondragón para justificar la abolición del Concierto Económico vasco en favor de una recaudación centralizada desde Madrid y Berlín.

El silencio que se desplomó sobre la bodega fue tan espeso que solo se escuchaba el crepitar de la leña de manzano en el hogar y el aullido salvaje de la galerna azotando los aleros de la sidrería.

Los representantes de los talleres auxiliares se miraron entre sí con rostros sombríos, comprendiendo por fin la magnitud descomunal del monstruo al que se estaban enfrentando: no estaban combatiendo contra una crisis de mercado ordinaria; estaban en el epicentro de una guerra geopolítica donde su trabajo, sus hornos y su modelo de sociedad comunitaria eran el botín de guerra elegido por las élites financieras de Europa.

—Entonces estamos muertos —dijo uno de los torneros de Bergara, dejándose caer contra el respaldo del banco con un gesto de desaliento infinito—.

Si los bancos nos exigen ciento ochenta millones el lunes, si Sorokin tiene el dinero preparado en Fráncfort y si Bruselas prohíbe que el Gobierno Vasco nos ayude con avales públicos, no tenemos salida material.

No podemos reunir esa cantidad en cuarenta y ocho horas vendiendo piezas de repuesto en el mercado de automoción.

—No estáis muertos, compañero —replicó Ainara con una voz templada, sosegada y potente que atrajo de inmediato todas las miradas hacia ella—.

Y no estáis muertos porque los burócratas de Fráncfort y los financieros de Biarritz han cometido el mismo error que cometen siempre los que solo creen en el poder del dinero: piensan que una cooperativa de trabajadores funciona exactamente igual que una sociedad anónima de Wall Street, donde los accionistas huyen despavoridos cuando baja la cotización y los directivos venden los activos al mejor postor para salvar sus bonus personales.

Ainara abrió su maletín y extrajo un ejemplar encuadernado de la legislación autonómica vasca, abriéndolo por una página señalada con un marcapáginas de tela roja:

—Los burócratas de Bruselas han bloqueado las ayudas públicas de las instituciones políticas, amparándose en el artículo ciento siete del TFUE.

Pero lo que no pueden bloquear, lo que ninguna directiva europea puede prohibir sin vulnerar el principio fundamental de la libertad de empresa y el derecho de propiedad privada, es que los propios socios cooperativistas utilicen sus recursos colectivos legítimos para defender su patrimonio industrial.

Amets Ibarra se incorporó en su asiento, con los ojos brillantes de expectación:

—¿Te refieres al Fondo de Reserva Obligatorio, Ainara?