CAPÍTULO 12 — El pacto de la sidrería
A las diez menos veinte de la noche, el desvío hacia el barrio de Pagoaga, en las faldas boscosas que separan Hernani de las estribaciones del monte Adarra, era una cinta estrecha de asfalto cuarteado que ascendía entre plantaciones de manzanos desnudos y sombras espesas de castaños centenarios.
La galerna cantábrica, que había entrado con furia por la ría de Pasaia dos horas antes, sacudía las copas de los árboles con ráfagas huracanadas de viento salino y lluvia torrencial, arrojando ramas rotas y remolinos de hojas podridas contra el parabrisas del todoterreno camuflado de la Ertzaintza.
Ainara Zubiaga conducía con las luces cortas y los faros antiniebla amarillos encendidos para evitar el reflejo deslumbrante del agua sobre el barro.
A su lado, en el asiento del copiloto, Amets Ibarra permanecía en silencio, sujetando contra su regazo la mochila de lona con los discos duros precintados.
La joven ingeniera vestía un jersey grueso de lana cruda y un pantalón de pana prestado por los agentes de escolta; sus ojeras oscuras delataban el agotamiento acumulado tras el asedio de Arantzazu, pero en sus ojos castaños ardía una firmeza serena, nacida del instinto elemental de quien comprende que ha dejado de ser una testigo acorralada para convertirse en la portavoz de una comunidad en pie de guerra.
Coronaron un recodo del camino y los faros iluminaron la fachada de sillería y mampostería oscura del caserío Pagoaga.
Era una sidrería tradicional del siglo XVIII, un edificio imponente de dos plantas con cubierta a dos aguas de teja árabe vieja, vigas maestras de roble curado al humo y una gran cancela de madera de castaño reforzada con clavos de forja artesanal.
La explotación permanecía cerrada al público fuera de la temporada del txotx, convertida durante el invierno en un santuario agrícola silencioso donde únicamente el murmullo del arroyo Urumea al fondo de la vaguada y el aleteo de los búhos en el desván rompían la quietud de las campas.
En el cobertizo exterior, guarecido bajo un alero ancho de madera, esperaba el inspector jefe Gorka Atxaga junto a su vehículo policial camuflado.
Llevaba el anorak impermeable empapado en los hombros y sostenía una linterna de haz ancho con la que indicó a Ainara que detuviera el coche dentro del establo anexo para ocultar las matrículas de la vista aérea.
En cuanto el motor diésel se apagó, el estruendo del temporal exterior quedó amortiguado por los gruesos muros de piedra de un metro de espesor.
El aire en el interior del caserío olía a leña de manzano ardiendo en el hogar bajo, a mosto fermentado en barrica vieja, a cera de abeja y a esa humedad vegetal y honesta de los lagares que han visto prensar manzana durante diez generaciones de baserritarras.
Gorka se acercó a la puerta del todoterreno y esperó a que Ainara y Amets descendieran. Antes de franquearles el paso hacia la bodega, el inspector extrajo de su bolsillo una caja de aluminio con juntas de goma estancas y revestimiento interior de malla de cobre trenzada.
—Protocolo de seguridad electrónica absoluta, Ainara —dijo Gorka con voz grave, abriendo la tapa de la caja—.
Todos los teléfonos institucionales, los dispositivos con tarjeta SIM, los relojes inteligentes y cualquier transmisor con enlace Bluetooth o wifi entran en esta caja de Faraday ahora mismo.
Y la caja se queda en el doble fondo blindado del maletero con inhibidor de frecuencia pasivo.
Desde este momento, para los satélites de la OLAF, para los repetidores de Telefónica en San Sebastián y para los piratas de Biarritz, ninguno de nosotros existe sobre la faz de la tierra.
Ainara extrajo su terminal institucional de la fiscalía y su teléfono personal, depositándolos en el interior del blindaje metálico.
Al retirarse el guante izquierdo, el Certina DS de su padre rozó el borde de la caja; la esfera de acero inoxidable, con su mecanismo puramente mecánico y analógico inmune a cualquier pulso electromagnético o rastreo satelital, continuó marcando el avance de los segundos con la misma dignidad obstinada con la que Josu Zubiaga había medido los tiempos de mecanizado en su taller de Durango.
Amets entregó a su vez su terminal apagado y Gorka cerró la caja de Faraday con un chasquido hermético de doble cerrojo.
—Mathieu acaba de llamarme por el canal cifrado de la base aérea de Loiu hace cuarenta minutos —informó Gorka mientras caminaban por el zaguán de losas de piedra desgastadas hacia la cancela de la bodega—.
Su avión de Fráncfort aterrizó con retraso por la galerna, pero ya está en ruta por la AP-8.
Viene con la documentación oficial del Bundesbank y las actas de la Autoridad Europea contra el Blanqueo.
Si no se topa con árboles caídos en el tramo de Zarautz, estará aquí en menos de diez minutos.
Empujaron la puerta de roble de la bodega subterránea y entraron en el corazón del caserío.
El espacio era sobrecogedor por su sobriedad rústica y su escala monumental.
Una nave abovedada de mampostería baja, iluminada únicamente por dos bombillas de filamento incandescente colgadas de cables trenzados y por los reflejos rojizos de una chimenea de leña encendida en la esquina norte, albergaba dos hileras de kupelas gigantescas: doce barricas comunales de madera de castaño de más de tres metros de diámetro, con aros de hierro forjado ennegrecidos por el tiempo, donde reposaban miles de litros de sidra natural de la cosecha de otoño.
En el centro de la estancia, sobre un suelo de grava apisonada y losas de arenisca, se alzaba una tosca mesa comunal de madera de roble macizo de cuatro metros de longitud, rodeada de bancos corridos sin respaldo.
Sentados alrededor de la mesa, con vasos de vidrio fino de sidra en la mano y rostros tensos iluminados por el fuego, esperaban cuatro hombres y dos mujeres: eran los representantes del Consejo Social de Fagor Ederlan y los portavoces de las cooperativas auxiliares de mecanizado de precisión de Bergara, Elgeta y Aretxabaleta.
Vestían chaquetas de pana, jerseys oscuros de cuello vuelto y parkas de trabajo con las solapas gastadas.
Al ver entrar a Ainara y a Amets, los seis cooperativistas se pusieron en pie con una mezcla de respeto, alivio y angustia contenida.
—Buenas noches, compañeros —dijo Amets con la voz firme, caminando hacia la cabecera de la mesa y dejando la mochila sobre la madera de roble—.
La fiscal Zubiaga y el inspector Atxaga han venido con nosotras.
Hemos pasado la noche en la cripta de Arantzazu esquivando el plomo de los fondos buitre...
Pero las pruebas siguen vivas y la cooperativa no se va a rendir.
Los seis representantes del Consejo Social acogieron a Amets con abrazos silenciosos y apretones de manos firmes y encallecidas.
El más veterano del grupo, Joseba Arregi, un maestro fundidor de sesenta y un años que llevaba cuatro décadas trabajando en las líneas de moldeo de Eskoriatza y lucía una cicatriz blanca de quemadura de metal en la muñeca derecha, tomó una jarra de barro cocido y escanció sidra fresca en tres vasos vacíos, ofreciéndoselos a Ainara y a Gorka:
—En este caserío se refugiaban los primeros socios de Ulgor en el cincuenta y seis, cuando el padre Arizmendiarrieta les enseñó que si los obreros querían ser libres debían ser dueños de sus propias herramientas —dijo el viejo fundidor en un euskera guipuzcoano sobrio y cerrado—.
Mi padre subía aquí sacos de manzanas para ayudar a pagar las primeras prensas de chapa que trajimos de Bilbao.
Hoy nos dicen desde los bancos de Madrid que todo lo que hemos construido con el sudor de tres generaciones no vale nada, que un fondo extranjero va a comprar nuestras máquinas en una subasta judicial por culpa de unos pagarés que nosotros nunca firmamos.
Ainara tomó el vaso de sidra con ambas manos, sintiendo la frescura del líquido y el aroma áspero y afrutado que desprendía. Miró a los ojos a los seis trabajadores antes de hablar:
—Los pagarés que amenazan con ejecutar el lunes no son una deuda legítima, Joseba.
Son el resultado de una estafa procesal y de un esquema de corrupción privada diseñado en Suiza por Sylvain Deschamps y financiado con dinero opaco de Viktor Sorokin desde Dubái.
Esta madrugada intentaron asesinar a Amets en Arantzazu para destruir los cuadernos técnicos de Xabier Beloki.
No buscan cobrar una deuda comercial: buscan forzar la liquidación de Fagor Ederlan para quedarse con la patente de la aleación ligera de wolframio y grafeno y para asfixiar la autonomía financiera del País Vasco.
Una de las mujeres del grupo, Maite Odriozola, responsable financiera de una pequeña cooperativa de mecanizado de Elgeta que empleaba a cuarenta torneros, dejó sobre la mesa una carpeta azul con los balances de su empresa:
—El problema, fiscal, es que el lunes a las nueve de la mañana vencen cuarenta y dos millones de euros en títulos comerciales emitidos por nuestros talleres.
Los bancos intermediarios de Fráncfort ya han comunicado a Laboral Kutxa que si no se abona el principal en la cuenta de liquidación de Iberclear antes de las doce del mediodía, instarán el concurso de acreedores necesario con petición de embargo preventivo de las cuentas corrientes.
Y si nos embargan las cuentas, el martes no podremos pagar las nóminas ni comprar el acero para los pedidos de automoción.
En quince días las fábricas estarán muertas.
En ese instante, el crujido de neumáticos frenando sobre la grava exterior del caserío interrumpió la conversación.
Se escuchó el portazo seco de un todoterreno, el ladrido lejano de un mastín en el corral y tres golpes rítmicos dados con los nudillos sobre el maderamen de la cancela: la señal convenida con Gorka.