CAPÍTULO 11 — La caja de resistencia #5
Mathieu guardó el terminal encriptado en el bolsillo interior de su abrigo, recogió el maletín técnico y se encaminó hacia la puerta de embarque con paso firme y resuelto.
A través del finger acristalado, el viento del norte azotaba con furia las alas del avión bimotor que lo devolvería a su tierra.
El Acto II-B avanzaba hacia su batalla decisiva; la caja de resistencia de Mondragón estaba a punto de abrirse.
El embarque se completó con la celeridad propia de los vuelos de negocios de última hora de la tarde.
Mathieu ocupó un asiento de ventanilla en la fila cuatro, acomodando el maletín bajo el asiento delantero y asegurándose de que el brazo izquierdo quedara holgado contra el panel lateral para evitar presiones sobre los doce puntos de sutura de su hombro.
Al cerrarse la compuerta principal del avión, el murmullo de las conversaciones en alemán de los consultores financieros se fue apagando bajo el zumbido creciente de las turbinas de propulsión.
El aparato carreteó con lentitud sobre las pistas mojadas del aeropuerto de Fráncfort, dejando atrás las torres de control y las naves de carga logística de Lufthansa Cargo.
Al alinearse en la cabecera de la pista dieciocho y acelerar a fondo hacia el cielo oscuro, la aceleración empujó a Mathieu contra el respaldo de cuero.
Miró por la ventanilla cómo las luces amarillentas y rojas de la metrópoli financiera se disolvían rápidamente en la niebla hasta desaparecer bajo un manto impenetrable de nubes negras.
En su regazo, los documentos clasificados de la BaFin y el memorando confidencial de Patricia Hagen representaban mucho más que una prueba pericial de cargo contra un consorcio de banqueros sin escrúpulos; eran la llave que permitiría a los socios de Mondragón hacer valer el artículo sesenta y cuatro de la Ley de Cooperativas de Euskadi para activar el Fondo de Reserva Obligatorio y emitir Aportaciones Financieras Subordinadas con las que neutralizar la ofensiva de los pagarés antes de que expirara el plazo de compensación del lunes.
Mathieu cerró los ojos durante unos minutos, escuchando el rugido monótono de los motores surcando la noche sobre el macizo de las Ardenas y el norte de Francia.
Pensó en las palabras de su abuela Maider en el caserío de Ustaritz, cuando de niño le enseñaba a podar las viñas y a comprender los límites silenciosos de la tierra: «La muga, Mathieu, no es una raya pintada por los reyes en un mapa de papel; la muga es el sitio donde la soberbia de los poderosos se estrella contra la obstinación de los que trabajan la tierra».
Aquella misma obstinación, templada en el carbón de las fraguas y en la piedra de Arantzazu, era el bastión indestructible que los esperaba al otro lado de los Pirineos.
A las ocho y veinticinco de la tarde, el comandante anunció por megafonía el inicio del descenso hacia el aeropuerto de Bilbao.
Las sacudidas del avión al atravesar el frente de galerna que azotaba el golfo de Vizcaya confirmaron que el temporal cantábrico estaba en su apogeo.
Abajo, entre los claros de las nubes desgarradas por el viento huracanado, los destellos de las luces de la costa de Bermeo, Bakio y el abra del Nervión brillaban como ascuas vivas en la penumbra.
El tren de aterrizaje tocó la pista de Loiu con un golpe seco que levantó nubes de agua pulverizada.
Mathieu se incorporó con agilidad en cuanto la señal de cinturones se apagó, cruzó la terminal de cristal y acero diseñada por Calatrava sin equipaje de bodega y se dirigió directamente al estacionamiento reservado de los vehículos institucionales, donde un todoterreno con tracción total de la Ertzaintza lo esperaba con el motor caliente.
La batalla de Fráncfort había terminado con una victoria documental aplastante; ahora comenzaba la batalla asamblearia en el corazón de los caseríos de Hernani.
Mientras el bimotor de Lufthansa sobrevolaba el golfo de Vizcaya en medio de la galerna, Mathieu contempló el resplandor de las luces de navegación en la punta del ala izquierda, parpadeando con un ritmo blanco y regular en la oscuridad de la noche.
En su mente se sucedían con una nitidez cinematográfica los rostros que habían marcado aquella semana vertiginosa: la mirada asustada y digna de Amets Ibarra abrazando los cuadernos de Beloki en la cripta de Arantzazu; la serenidad inquebrantable del padre Juan María atrancando las puertas de Chillida ante el avance de los sicarios; la frialdad corrupta de Sylvain Deschamps operando desde su villa Belle Époque de Biarritz; y, por encima de todos ellos, la figura solitaria y orgullosa de Ainara Zubiaga plantada frente a los burócratas de Lakua, desafiando las órdenes de Madrid con la misma determinación con la que su padre había defendido su troquelería en Durango.
El teléfono encriptado que reposaba en el bolsillo interior de su abrigo contenía las coordenadas del caserío de Pagoaga, en las faldas boscosas de Hernani, donde Gorka Atxaga y Ainara habían establecido el cuartel general clandestino de la investigación.
Allí, entre kupelas de roble centenario y el rumor del agua de lluvia golpeando sobre las tejas viejas, los esperaba el núcleo duro del Consejo Social de Fagor Ederlan.
No habría trajes a medida ni corbatas de seda italiana en aquella reunión nocturna; habría manos encallecidas por el torno, monos azules de fundición manchados de grafito y la voluntad inquebrantable de una comunidad obrera dispuesta a arriesgar los ahorros de toda su vida para no dejar caer la fábrica de sus mayores.
El avión inició la aproximación final a Loiu, descendiendo en un viraje escarpado sobre la ría de Bilbao batida por el temporal.
Las ráfagas de viento huracanado hacían oscilar el fuselaje con crujidos secos, pero los pilotos de la compañía alemana ejecutaron una toma de tierra impecable sobre el asfalto iluminado por los reflectores de pista.
Al salir a la explanada del aeropuerto vizcaíno, el sirimiri helado del Cantábrico le azotó el rostro a Mathieu con la fuerza de un abrazo familiar.
Respiró hondo el aire salino y mineral del norte, sintiendo que el dolor de su hombro vendado no era más que un recordatorio tangible de que seguía vivo y de que la causa que defendían era justa.
Subió al todoterreno camuflado de la Ertzaintza que lo aguardaba en la dársena de seguridad, colocó el maletín con los documentos de Fráncfort en el asiento del copiloto y engranó la tracción a las cuatro ruedas.
Enfiló la autopista del Cantábrico en dirección este, hacia las campas umbrías de Hernani.
El reloj del salpicadero marcaba las nueve y diez de la noche.
La batalla de los despachos había terminado en Alemania; la asamblea del hierro estaba a punto de comenzar en Euskadi.