La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 11 — La caja de resistencia #4
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CAPÍTULO 11 — La caja de resistencia #4

—Sorokin no tiene ideología; Sorokin tiene hambre de activos estratégicos y necesita lavar su dinero antes de que las sanciones secundarias de Estados Unidos bloqueen definitivamente sus canales en los Emiratos.

El acuerdo encubierto entre Hagen y los intermediarios de Sorokin es de una simplicidad criminal aterradora: Sorokin aporta la liquidez opaca a través de Atalante Capital para comprar la deuda en el mercado secundario y financia las operaciones clandestinas de sabotaje en el terreno; a cambio, cuando la cooperativa entre en liquidación judicial, la Comisión Europea mirará hacia otro lado mientras una sociedad instrumental con sede en Fráncfort se adjudica la patente internacional de la aleación ligera de wolframio y grafeno desarrollada por Beloki.

Esa patente vale más de tres mil millones de euros en la industria aeroespacial militar de los próximos veinte años.

Sorokin se queda con el botín tecnológico y Hagen se queda con la decapitación política del Concierto Vasco.

—Pero cometieron un error de bulto en su cálculo —dijo Mathieu con una voz tan firme y cortante que hizo que el auditor levantara las cejas con curiosidad—.

Creyeron que el cooperativismo de Mondragón funciona como una sociedad anónima de Wall Street, donde los accionistas venden sus participaciones presas del pánico y los directivos aceptan un rescate pactado para salvar sus bonus personales.

No conocen a los hombres y mujeres que trabajan en esos hornos.

—El pánico es un factor biológico universal, Mathieu —advirtió Von Berg con escepticismo—. Si el lunes no pagan los pagarés, los bancos ejecutarán los embargos sobre las naves.

—No habrá embargos, Dietrich —sentenció Mathieu poniéndose en pie y dejando un billete de cincuenta euros sobre la mesa de mármol—.

Porque los títulos de deuda que Atalante Capital empaquetó en este CLO tienen una cláusula de nulidad radical de pleno derecho: fueron adquiridos mediante dinero blanqueado procedente de sobornos demostrados en sede penal.

Y con este memorando que me acabas de entregar, Patricia Hagen ya no es una alta funcionaria intocable de la Comisión Europea: es la cooperadora necesaria de una trama criminal internacional que acabará sentada en el banquillo de Eurojust.

Von Berg contempló la determinación indomable en el rostro del agente vascofrancés y asintió despacio, extendiendo su mano enguantada en un saludo silencioso y respetuoso:

—Cuídate las espaldas en ese avión, Mathieu. Quien juega contra Hagen en Fráncfort rara vez llega a viejo.

—Nosotros ya hemos sobrevivido a sus sicarios en Arantzazu, Dietrich —respondió Mathieu ajustándose el abrigo sobre el hombro vendado—. Ahora les toca a ellos aprender a tener miedo de los obreros del hierro.

La conversación en el Café de la Ópera se prolongó durante casi una hora, mientras la luz del día comenzaba a declinar sobre los bulevares del centro de Fráncfort. Dietrich Von Berg desgranó con meticulosidad quirúrgica los antecedentes burocráticos de la ofensiva contra el régimen foral vasco:

—Hagen no actúa sola, Mathieu. Representa a una facción muy influyente de la alta burocracia comunitaria que considera que la crisis energética provocada por la guerra en el este de Europa exige una recentralización absoluta de los recursos industriales estratégicos del continente.

Para ellos, que una región de dos millones de habitantes en el norte de España controle una industria de fundición avanzada capaz de producir aleaciones aeroespaciales de última generación y gestione su propia fiscalidad sin tutela ministerial de Madrid es una anomalía intolerable.

La muerte del ingeniero Beloki en el horno de Eskoriatza fue el detonante que ellos esperaban para justificar la intervención: si la cooperativa demostraba ser incapaz de mantener el control de calidad de sus componentes de automoción, la Unión Europea tenía la coartada perfecta para suspender las homologaciones y forzar la entrada de un consorcio germano-francés.

—Beloki no fue una víctima fortuita de un fallo de calidad, Dietrich; fue asesinado porque se negó en redondo a firmar los certificados de homologación falsificados de la chatarra suiza —recalcó Mathieu con los labios apretados—.

Y el inspector jefe Atxaga tiene en su poder los análisis toxicológicos de Basurto que demuestran que los asesinos emplearon acelerantes térmicos de uso industrial para intentar desintegrar su cuerpo en el crisol.

Von Berg apuró el resto de su infusión y guardó el periódico bajo el brazo, levantándose despacio de la mesa:

—La verdad forense pertenece a los tribunales, Mathieu; la verdad política pertenece a quienes tienen la fuerza para imponerla en los boletines oficiales.

Tú llevas ahora en ese maletín la única prueba capaz de frenar a Hagen en seco: su propia firma autorizando una operación encubierta con dinero de oligarcas rusos sancionados.

Si la prensa internacional publica ese memorando el lunes por la mañana, la Comisaria tendrá que dimitir antes de que se abran las sesiones del Parlamento Europeo en Estrasburgo.

Pero ten mucho cuidado: la gente como Hagen no cae sin intentar llevarse a sus enemigos por delante.

—En Mondragón sabemos bastante sobre cómo resistir a los que intentan aplastarnos desde arriba, Dietrich —respondió Mathieu estrechando la mano del veterano auditor—. Gracias por tu valentía. La memoria de Isabelle y la dignidad de esos obreros te deben mucho hoy.

♦ ♦ ♦

A las cinco y cuarto de la tarde, el vestíbulo de salidas internacionales de la Terminal Uno del aeropuerto de Fráncfort era un río incesante de pasajeros ejecutivos, maletas de ruedas deslizándose sobre el terrazo pulido y pantallas de información de vuelos parpadeando bajo la luz artificial.

El temporal de aguanieve arreciaba en el exterior, retrasando las salidas hacia el sur de Europa y tiñendo los ventanales panorámicos de una cortina grisácea y borrosa que apenas permitía vislumbrar las luces de balizamiento de las pistas de rodaje.

Mathieu Etcheverry aguardaba en la sala de embarque de la puerta B24 con la acreditación de vuelo en el bolsillo y el maletín de fibra de carbono apoyado contra su pierna derecha.

Con la mano hábil extrajo su teléfono institucional encriptado y estableció conexión segura punto a punto con la línea reservada de Ainara Zubiaga en el Casco Viejo de Bilbao.

La conexión tardó dos segundos en autenticar el canal criptográfico antes de que la voz de Ainara, nítida, serena y cargada de una vibración eléctrica contenida, resonara en su auricular:

—Mathieu... ¿estás todavía en Alemania?

—Estoy a punto de subir al avión de regreso a Loiu, Ainara —respondió él mirando de reojo hacia el mostrador de embarque donde comenzaban a formar la fila de acceso—.

Tengo el memorando interno en mi poder. Un documento clasificado de la Dirección General de Competencia firmado por Patricia Hagen que prueba la confabulación política entre los servicios económicos de Berlín y los apoderados de Atalante Capital para forzar la quiebra de Fagor Ederlan y justificar la abolición del Concierto Económico vasco.

Ainara soltó un suspiro hondo, y a través de la línea Mathieu pudo percibir el peso del alivio y la indignación moral que durante horas habían oprimido el pecho de la fiscal:

—Es la pieza que nos faltaba para desmontar la orden de avocación de Madrid, Mathieu.

Hace dos horas me ha llamado formalmente el fiscal jefe de la Audiencia Nacional exigiéndome la remisión inmediata del sumario de Bergara.

Les he respondido por escrito que conforme al artículo setecientos cincuenta y nueve de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, este ministerio fiscal no cederá un solo folio mientras concurra el riesgo inminente de consumación de un delito de terrorismo financiero contra bienes estratégicos del territorio.

Fernando Irazábal ha dictado un auto de mantenimiento de jurisdicción ordinaria blindando las medidas cautelares sobre los pagarés.

—Esa es mi fiscal —dijo Mathieu con una sonrisa que le iluminó los ojos castaños a pesar del cansancio acumulado—. ¿Dónde está Amets Ibarra?

—Amets está a salvo en un caserío protegido en Pagoaga, en las faldas boscosas de Hernani —informó Ainara con rapidez—.

Gorka Atxaga y yo hemos convocado allí al núcleo duro del Consejo Social de Fagor Ederlan y a los representantes de los talleres auxiliares de mecanizado para esta misma noche.

Vamos a redactar la propuesta de acuerdo que se someterá a votación en la Asamblea General Extraordinaria de Arrasate.

Mathieu consultó su reloj de muñeca con la mirada fija en las pantallas de embarque:

—El vuelo aterriza en Loiu a las ocho y media. Cogeré un coche camuflado en el aparcamiento de la Ertzaintza del aeropuerto y subiré directo hacia Hernani. Llegaré a la sidrería antes de las diez de la noche.

—Conduce con cuidado por la autopista, Mathieu...

La galerna ha entrado por el Cantábrico y toda la costa vasca está en alerta naranja por vientos huracanados y lluvia torrencial —advirtió Ainara con un tono de ternura íntima y protectora que desarmó la frialdad del aeropuerto alemán—.

No quiero que te jueues la vida en las curvas de la muga después de haber salido vivo de Fráncfort.

—Llegaré a tiempo, maitea. Te lo prometo —susurró él con una suavidad profunda que acortó mil kilómetros de distancia en un solo segundo—.

El lunes esos buitres se presentarán en San Sebastián esperando encontrar una empresa derrotada y un país dividido; van a encontrar una asamblea de dos mil trabajadores del hierro dispuestos a recomprar hasta el último céntimo de su propia dignidad.