La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #5
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CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #5

—Votos a favor de la propuesta de resolución.

Uno a uno, con movimientos lentos, cabizbajos y avergonzados, diez miembros del Consejo Rector alzaron la mano en alto.

Javier Elorza votó afirmativamente sin pestañear; un consejero veterano vaciló unos segundos, miró de reojo a Ainara y terminó levantando el brazo con una mueca de derrota; solo una vocal joven de la división de distribución mantuvo los brazos cruzados sobre la mesa, agachando la cabeza en una abstención muda y solitaria.

—Once votos a favor, una abstención, ningún voto en contra —dictó el secretario general con voz temblorosa, estampando su rúbrica al pie del libro de actas encuadernado en cuero burdeos—.

Queda aprobada por mayoría cualificada la resolución de gobierno número setenta y cuatro barra dos mil veintiséis. Las actas quedan selladas.

Mikel Ugalde cerró la carpeta de piel con un golpe seco, clavando en Ainara una mirada fría, altiva y desprovista de cualquier rastro de remordimiento:

—Su presencia en esta sede ha concluido, fiscal Zubiaga. Los vigilantes la acompañarán hasta el exterior del recinto.

Ainara no se inmutó. Recogió sus documentos con parsimonia metódica, los guardó en el maletín de cuero y cerró los broches metálicos. Luego miró al Presidente y al conjunto del Consejo con unos ojos verde oliva que ardían con un fuego limpio e inextinguible:

—Habéis sellado vuestro silencio en ese libro, señores consejeros.

Pero ese sello no os va a salvar del código penal ni os va a proteger de la asamblea de los trabajadores.

Nos vemos el domingo en el auditorio de Arrasate.

Y allí no tendréis a vuestros guardias privados para callar la voz de la gente.

Dio media vuelta sobre sus talones y abandonó la sala magna con el paso firme, elástico y sonoro de quien marcha hacia el frente sin mirar atrás.

♦ ♦ ♦

Al cruzar las puertas giratorias de la planta baja y descender la escalinata exterior de granito, el aguacero de Arrasate golpeó a Ainara con la furia salvaje de una tromba desatada.

El viento del norte entraba encajonado por la garganta del río Deba, doblando las copas de los plátanos de sombra y levantando una niebla de agua pulverizada que borraba los perfiles de los pabellones industriales del fondo del valle.

En menos de diez segundos, la lluvia torrencial le empapó el cabello castaño, escurriendo en regueros helados por sus mejillas y empapando la lana oscura de su abrigo, pero el choque térmico fue para la fiscal un bálsamo purificador que le lavó de golpe el aire viciado, enmoquetado y cobarde de la sala del Consejo Rector.

No sentía derrota ni desesperación. En su pecho ardía una lucidez gélida, afilada y desprovista de cualquier espejismo institucional: la traición del Consejo y el cerrojo político impuesto por Iñaki Mendieta desde Lakua habían despejado el tablero de mentiras.

Ya no había espacio para la diplomacia procesal ni para la confianza en los engranajes del poder autonómico.

La línea de cupo no era solo un cálculo tributario; era la trinchera donde se decidía si el País Vasco pertenecía a los trabajadores que moldeaban el hierro o a los fondos buitre que compraban silencios en los despachos ministeriales.

Avanzó por la calzada asfaltada del aparcamiento de visitas, donde los charcos de agua turbia reflejaban los destellos lejanos de los faros de los camiones de carga.

Junto a la valla metálica que separaba el recinto corporativo del cauce crecido del río, resguardado bajo la copa tupida de un haya centenaria, divisó la silueta inconfundible de un sedán familiar oscuro con el motor encendido a ralentí.

Apoyado contra el lateral del vehículo, sosteniendo un paraguas grande de lona negra con la mano derecha, estaba Mathieu Etcheverry.

El corazón de Ainara dio un vuelco violento al verlo.

Mathieu vestía una gabardina impermeable oscura sobre un jersey grueso de lana; el brazo izquierdo descansaba sobre el pecho, inmovilizado con un cabestrillo médico que asomaba bajo la solapa, y por encima del cuello de la prenda destacaba el blanco inmaculado de un apósito quirúrgico que cubría las suturas del hombro.

Su rostro reflejaba la palidez del dolor físico y la fatiga acumulada tras la batalla nocturna en Arantzazu, pero sus ojos oscuros, profundos y acerados, desprendían una firmeza inquebrantable que desarmó en un instante la soledad de la fiscal.

Mathieu dio dos pasos hacia ella y extendió el paraguas, acogiéndola bajo la cúpula de tela protectora. El agua repiqueteaba sobre la lona con el estruendo rítmico de un tambor de guerra.

Sin mediar palabra, Mathieu pasó su brazo derecho alrededor de los hombros empapados de Ainara y la estrechó contra su cuerpo con una intensidad visceral y protectora.

Ainara apoyó la frente un segundo contra el tejido húmedo de su gabardina, aspirando el olor inconfundible a lluvia, lana mojada y antiséptico hospitalario que desprendía su piel.

El contacto de sus cuerpos fue un ancla en mitad de la tormenta, un refugio donde el cansancio extremo se transmutó en una fuerza indomable.

—¿Qué te han hecho en el Consejo, Ainara? —preguntó Mathieu con una voz grave, áspera y cargada de una ternura contenida, acariciando con el dorso de sus dedos húmedos la mejilla fría de la fiscal.

Ainara levantó la cabeza despacio, apartándose un mechón empapado de la frente. Sus ojos verdes brillaban con una determinación implacable:

—Han hecho exactamente lo que sabíamos que harían, Mathieu.

Han votado el silencio. Han sellado las actas contables bajo secreto corporativo, han archivado la investigación interna y han pedido a Lakua y a Madrid que la Audiencia Nacional me arrebate el sumario para enterrarlo en un cajón.

Mikel Ugalde tenía sobre la mesa un oficio confidencial de Iñaki Mendieta remitido esta misma madrugada desde Vitoria-Gasteiz: el Gobierno Vasco exige sofocar la causa penal para evitar que Moody's degrade la deuda y desate una fuga de depósitos en Laboral Kutxa.

Están dispuestos a regalar la patente de wolframio de Beloki a Sylvain Deschamps con tal de que los fondos de inversión no hagan ruido en Fráncfort el lunes por la mañana.

Mathieu soltó una risa seca, breve y amarga que se perdió en el murmullo ensordecedor del río Deba arrastrando ramas rotas contra los taludes de piedra:

—No van a salvar a Laboral Kutxa arrodillándose ante Deschamps, Ainara. Ni van a salvar los talleres auxiliares sacrificando a su propia gente.

Mathieu abrió la puerta del copiloto y la ayudó a sentarse en el asiento calefactado del vehículo, cerrando el paraguas y rodeando el capó para ocupar el puesto del conductor con movimientos contenidos para no forzar la musculatura del hombro herido.

El habitáculo del coche era un remanso de penumbra tibia donde el vaho comenzaba a velar los cristales.

Sobre el asiento trasero descansaban dos maletines técnicos de la OLAF y un terminal informático portátil conectado a un módem satelital que emitía un parpadeo rítmico de color verde esmeralda.

—¿Qué has averiguado en el ambulatorio? —preguntó Ainara mientras el chorro de aire caliente de la ventilación comenzaba a secarle el abrigo.

Mathieu encendió la pantalla del terminal con un toque de su mano derecha. Una matriz de transferencias bancarias y títulos de deuda corporativa se desplegó en el monitor:

—Mientras los médicos me cosían el hombro en Arrasate, me negué a quedarme encamado y utilicé la línea segura de Eurojust con La Haya y con el equipo antifraude de la Autoridad Europea de Lucha contra el Blanqueo en Alemania —explicó Mathieu con una precisión quirúrgica—.

La fiduciaria de Vaduz, Alpen Treuhand Anstalt, no es el destino final de los pagarés de Fagor Ederlan.

Deschamps no compró esa deuda para quedársela; la empaquetó en obligaciones de préstamo colateralizadas, los temidos bonos CLO, comercializados entre fondos de pensiones alemanes y neerlandeses a través de un consorcio bancario con sede en el rascacielos Messeturm de Fráncfort del Meno.

Ainara entrecerró los ojos, siguiendo el rastro de las entidades fiduciarias:

—La conexión alemana...

—Exactamente —asintió Mathieu con voz sombría—.

Y el diseño de la operación cuenta con la cobertura directa de Patricia Hagen, «La Comisaria», la alta funcionaria de la Dirección General de Competencia en Bruselas vinculada a los servicios de inteligencia económica del BND alemán.

Hagen es quien ha redactado el memorando confidencial que la Comisión Europea prepara contra el Gobierno Vasco: calificarán cualquier inyección de liquidez de las instituciones forales a Fagor Ederlan como ayuda de Estado ilegal contraria al artículo ciento siete del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.

El complot nunca fue solo la rapiña de un oligarca ruso en una fábrica de provincias; Sorokin es el ariete financiero de una operación de Estado mucho más ambiciosa, diseñada en Berlín y Bruselas para forzar la quiebra del mayor grupo cooperativo de Europa del sur, demostrar que el régimen foral del Concierto Económico vasco es inviable y obligar a Madrid a recentralizar la recaudación tributaria bajo un modelo estatal homogéneo.