La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #6
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CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #6

Ainara apoyó la cabeza en el reposacabezas, sintiendo cómo todas las piezas que parecían dispersas —el asesinato de Barandiarán en el Palacio Euskalduna en Bilbao, la muerte de Xabier Beloki en el horno de Eskoriatza, la chatarra contaminada de Amberes, la emboscada nocturna en Arantzazu y la claudicación cobarde del Consejo Rector en Arrasate— confluían en un único embudo geopolítico implacable.

—Querían que nos desgastáramos en una trifulca interna de despachos, Mathieu —susurró ella mirando a través del cristal anegado hacia la mole gris del complejo corporativo—.

Querían que nos asustáramos con las amenazas de Mendieta desde Lakua y que aceptáramos que la ley mercantil es una fuerza de la naturaleza contra la que los tribunales locales no pueden luchar.

—Pero se han equivocado de país, Ainara —respondió Mathieu, y en su mirada brilló el orgullo indómito de la vieja raza de contrabandistas de la muga de donde provenía su sangre—.

Creían que los obreros de este valle bajarían la cabeza como lo hicieron en las siderúrgicas de Lorena o en las cuencas mineras de Gales.

No saben lo que significa una cooperativa donde cada hombre y cada mujer tiene un voto soberano que vale exactamente lo mismo que el voto del presidente del consejo.

Mathieu extendió la mano derecha y cubrió los dedos fríos de Ainara sobre la palanca de cambios, entrelazando sus palmas con una fuerza cálida que selló una alianza indestructible:

—A las dos y media de esta tarde despega un vuelo regular desde el aeropuerto de Loiu hacia Fráncfort del Meno —dijo Mathieu—.

Mi acreditación diplomática como inspector senior de la OLAF y fiscal de enlace de Eurojust sigue plenamente activa; Bernard Marchand en Bruselas todavía no ha tenido tiempo material de revocar mis credenciales.

Voy a aterrizar en Fráncfort, entraré en la torre del Messeturm con la policía federal financiera alemana y obtendré las copias notariales de las cuentas nodriza de Alpen Treuhand Anstalt antes de que abran los mercados el lunes.

Voy a ponerles nombre y apellidos a los banqueros de Fráncfort que están coordinando el expolio con Patricia Hagen.

Ainara apretó los dedos de Mathieu, asintiendo con una firmeza que no admitía dudas:

—Y yo me quedaré en el valle. Gorka y yo nos reuniremos esta misma tarde con Amets Ibarra en una sidrería aislada en las faldas de Hernani, fuera del alcance de los teléfonos y de los micrófonos de Lakua.

Vamos a redactar la propuesta de acuerdo para la Asamblea General Extraordinaria de Fagor Ederlan invocando el artículo sesenta y cuatro de la Ley de Cooperativas de Euskadi.

Activaremos los Fondos de Reserva Obligatorios irrepartibles de la corporación y emitiremos Aportaciones Financieras Subordinadas de suscripción preferente para recomprar los trescientos veinte millones de deuda antes de que venza el plazo mercantil del lunes.

Si los trabajadores recompran su propia deuda con el mismo descuento que Deschamps pactó en Vaduz, los pagarés buitre no valdrán nada en los juzgados alemanes.

Mathieu la miró a los ojos con una admiración honda, reverente y apasionada que iluminó la penumbra del vehículo:

—Eso significa desafiar abiertamente al Gobierno Vasco, a la Fiscalía General del Estado en Madrid y a la Comisión Europea, maitea. Si perdemos esa votación en la asamblea el domingo, tú perderás la toga y yo terminaré procesado por insubordinación en Bruselas.

—No vinimos a esta tierra a pactar rendiciones con cobardes, Mathieu —respondió Ainara con una serenidad majestuosa, acariciándole la mandíbula firme y marcada por la barba de tres días—.

Mi padre Josu murió en Durango porque nadie en el sistema judicial se atrevió a plantar cara a los ingenieros del fraude.

Si tengo que perder la toga defendiendo a los fundidores de este valle, la perderé con la cabeza muy alta.

Pero no vamos a perder. Vamos a salvar la fragua.

Mathieu se inclinó despacio hacia ella, ignorando la punzada de dolor en su hombro vendado, y posó sus labios sobre la comisura de los de Ainara en un beso pausado, cálido y reverente que selló su destino común frente al abismo.

—Cuídate, fiscal Zubiaga —susurró él mirándola a los ojos con una sonrisa cansada pero invencible—. Nos vemos el domingo en Arrasate... Te prometo que volveré de Alemania con las pruebas que necesitamos.

—Zaindu zaitez, Mathieu —respondió ella en el euskera dulce de su infancia, apretándole la mano con ternura—. Vuelve entero. La fragua te espera.

Ainara abrió la puerta del coche y bajó al asfalto mojado mientras el sedán de Mathieu arrancaba con un suave zumbido de neumáticos sobre los charcos, enfilando la carretera del Deba hacia el aeropuerto de Bilbao.

La lluvia continuaba azotando los montes del Alto Deba con una violencia infinita, pero en el corazón de Ainara el frío de la mañana se había disuelto para siempre.

El tiempo de las investigaciones judiciales en penumbra y de los silencios cómplices de los despachos había concluido; la batalla abierta por la soberanía del trabajo y la dignidad de Mondragón acababa de comenzar.