CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #3
Ainara se detuvo un instante frente al busto de bronce.
Aquellas facciones severas y bondadosas parecían observar el trajín de la mañana con una tristeza infinita.
Porque a pocos metros de la escultura, junto a los arcos detectores de metales recién instalados, el ambiente que se respiraba distaba por completo de la fraternidad cooperativa: secretarios de división con carpetas confidenciales bajo el brazo caminaban a paso veloz con la mirada fija en el suelo; teléfonos que sonaban sin que nadie los atendiera de inmediato; murmullos apagados que cesaban de golpe cuando alguien se cruzaba en las pasarelas superiores.
Ainara avanzó hacia los ascensores panorámicos de la torre norte.
No necesitó preguntar a la recepcionista; conocía la sede de inspecciones fiscales anteriores.
Al subir por la cabina acristalada hacia la tercera planta, donde se ubicaban las salas de gobierno del Consejo Rector y la Presidencia de la Corporación, divisó a través del cristal las oficinas diáfanas de las plantas inferiores: pantallas de ordenador mostrando cotizaciones bursátiles teñidas de rojo, gráficas de deuda del MARF con pendientes descendentes y corrillos de técnicos superiores debatiendo en susurros con las manos en los bolsillos.
Al abrirse las puertas del ascensor en la tercera planta, el silencio se hizo todavía más denso, amortiguado por una moqueta de lana gris antracita que absorbía los pasos.
Los pasillos de esta planta estaban revestidos con paneles de madera noble y puertas de roble macizo con tiradores de acero cepillado.
Varios directores de división y letrados de los servicios jurídicos corporativos, a los que Ainara había tomado declaración en Bilbao y en Donostia durante investigaciones mercantiles previas, aguardaban en la antesala de la sala de juntas magna.
Al verla aparecer —con el chaquetón manchado por el polvo de la cripta de Arantzazu, el pelo castaño recogido en una coleta rápida y los ojos verde oliva fijos en la puerta del fondo—, la reacción de los presentes fue inmediata y elocuente: dos directores veteranos agacharon la cabeza de golpe fingiendo revisar un informe encuadernado; un letrado de la asesoría fiscal dio media vuelta disimuladamente y entró en un despacho lateral entornando la puerta con cuidado; y el secretario general técnico de la corporación se quedó paralizado en mitad del corredor, con la taza de café temblándole en la mano.
Era la cobardía burocrática en su estado más puro: el pánico de quienes saben que la catástrofe ha sido provocada por decisiones tomadas en esos mismos despachos y prefieren fingir ceguera para conservar sus cargos, sus retribuciones y su prestigio social en el valle.
El Director del Gabinete de Presidencia, un economista de unos cincuenta años con traje gris marengo impecable y corbata de seda burdeos, reaccionó al fin, dando tres pasos rápidos para interceptar a Ainara antes de que alcanzara la puerta de doble hoja de la sala magna:
—Fiscal Zubiaga... Buenos días —dijo con una cortesía impostada que no lograba disimular la crispación en el rictus de su boca—.
No teníamos constancia de ninguna citación oficial ni de ninguna comparecencia programada para esta mañana en la sede corporativa.
El Consejo Rector se encuentra reunido en sesión extraordinaria y estrictamente reservada conforme al artículo treinta y tres de nuestros Estatutos y al régimen interno de la Ley de Cooperativas de Euskadi.
No es posible interrumpir la deliberación de los vocales bajo ningún concepto.
Si desea formular algún requerimiento documental, la asesoría jurídica le atenderá en la planta baja.
Ainara no aminoró el paso ni un milímetro. Se detuvo a medio palmo del director de gabinete, clavando en sus pupilas una mirada tan fría y afilada que el hombre retrocedió de forma instintiva:
—El artículo treinta y tres de sus estatutos decae de forma automática ante una providencia judicial de investigación penal por homicidio con alevosía, estragos y fraude societario masivo, señor director —dijo ella con un tono pausado, bajo y rotundo que resonó en todo el corredor como un trueno distante—.
Esta madrugada han intentado asesinar a dos personas en el Santuario de Arantzazu para evitar que los discos duros con la contabilidad B de su proveedor de wolframio llegaran a esta mesa.
Xabier Beloki fue calcinado vivo en el horno de Fagor Ederlan porque descubrió que miembros de este Consejo estaban cobrando comisiones ilegales a través de una fiduciaria de Vaduz.
El rostro del director de gabinete palideció hasta adquirir el tono de la cera virgen; sus labios se abrieron sin que pudiera articular palabra mientras sus ojos bailaban entre la carpeta que Ainara llevaba bajo el brazo y las miradas atónitas de los funcionarios del pasillo.
—Así que le aconsejo que no intente ponerse entre la fiscalía y esa puerta —concluyó Ainara empujando con la mano izquierda una de las hojas de roble macizo—. O el próximo auto de detención por obstrucción a la justicia llevará su nombre en el encabezado.
Sin esperar respuesta, Ainara Zubiaga abrió de par en par la puerta de la sala magna y cruzó el umbral.
♦ ♦ ♦
La sala magna del Consejo Rector era un espacio solemne, amplio y austero de más de cien metros cuadrados, diseñado con la sobria elegancia de la arquitectura corporativa del norte: paramentos revestidos de haya vaporizada, suelo de tarima de roble oscuro y una hilera monumental de ventanales de doble acristalamiento que se abrían hacia el perfil imponente del monte Udalatx, cuya cumbre caliza permanecía sepultada bajo los nubarrones plomizos de la tormenta.
En el centro de la estancia, rodeada de doce sillones ergonómicos de cuero negro, se alzaba una gran mesa ovalada de madera maciza y perfiles de aluminio anodizado.
Sobre la mesa reposaban carpetas rojas con el sello de confidencialidad, vasos de agua mineral intactos y terminales portátiles conectados a los sistemas de gestión interna de tesorería.
Los doce miembros del Consejo Rector —siete representantes de la división industrial de automoción y componentes, tres de la división de distribución y finanzas, y los dos secretarios corporativos— estaban sentados en torno a la cabecera, donde presidía Mikel Ugalde, el Presidente de Mondragón Corporación, un veterano ingeniero de sesenta y dos años de porte aristocrático, cabello completamente blanco y mirada acerada forjada en cuatro décadas de gestión fabril.
A su derecha se sentaba Javier Elorza, el Director Financiero de la corporación.
La irrupción de Ainara provocó una sacudida eléctrica en la sala.
Varios consejeros se pusieron en pie de golpe, tirando carpetas al suelo; el secretario general levantó la pluma estilográfica con la que redactaba el acta del día con el rostro demudado por la sorpresa; y el murmullo de las conversaciones se cortó en seco, sustituido por un silencio gélido en el que solo se escuchaba el repiqueteo del agua contra los ventanales.
Mikel Ugalde apoyó las dos palmas sobre el tablero de haya, clavando en Ainara una mirada cargada de cólera institucional:
—¡Esto es un atropello intolerable, fiscal Zubiaga!
—bramó el Presidente con voz estentórea que resonó en las maderas nobles—.
¡El Consejo Rector de esta corporación es el órgano soberano de representación democrática de ochenta mil cooperativistas!
¡Ningún funcionario judicial tiene la facultad legal de violentar una reunión a puerta cerrada sin previo mandamiento judicial de entrada y registro específico para esta sede!
¡Le exijo que abandone esta sala de inmediato o daré orden a la seguridad corporativa para que la expulse del recinto!
Ainara avanzó con paso firme hasta el extremo opuesto de la mesa ovalada.
No se sentó ni retiró su chaquetón negro.
Con un movimiento seco, desabrochó el cierre de su maletín y arrojó sobre el tablero de haya un fajo grueso de documentos encuadernados con precinto judicial, dos tubos de ensayo con muestras de escoria metálica precintadas por la policía científica y una copia compulsada de las escrituras de Liechtenstein.
El impacto de los legajos contra la madera sonó como un disparo en mitad de una catedral vacía.
—Ordene que entren los guardias privados que ha contratado en Madrid, señor Ugalde —respondió Ainara con una voz tan gélida, cortante y segura que congeló el amago de movimiento del consejero de seguridad—.
Ordénelo, y los cuatro agentes de la Ertzaintza que custodian la puerta principal les pondrán las esposas delante de todos los administrativos de la tercera planta por desobediencia a la autoridad judicial.
Aquí tiene el auto de medidas cautelares urgentes firmado hace tres horas por el magistrado Fernando Irazábal en el juzgado de instrucción de Bergara.
El Director Financiero, Javier Elorza, palideció de forma visible al fijar la vista en el primer folio del legajo. Intentó disimular el temblor de sus manos ajustándose las gafas de carey, pero no pudo evitar tragar saliva con dificultad.
—¿De qué se nos acusa exactamente, fiscal?
—intervino Elorza con una voz quebrada que pretendía sonar técnica y distante—.
Estamos gestionando una situación de tensión de liquidez crítica sobrevenida en los mercados secundarios de pagarés.
La Ley de Cooperativas ampara la reserva de nuestras deliberaciones de gobierno.