CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo #2
—Por el terror al pánico bancario —respondió Ainara con una frialdad desprovista de compasión—.
Laboral Kutxa es la entidad financiera nacida del propio cooperativismo vasco; custodia más de veinticinco mil millones de euros en depósitos de familias, jubilados y pymes de toda la comunidad autónoma.
Si los mercados internacionales y las agencias de calificación crediticia descubren que la división industrial de Mondragón está intervenida por la policía y que sus talleres auxiliares tienen trescientos millones de deuda fallida en manos de un fondo buitre vinculado al crimen organizado ruso, Moody's y Standard las esquirlas eran de caliza del presbiterio y no han tocado la cápsula de la articulación ni ningún nervio motor.
Estoy entero. He hablado con Bernard Marchand en Bruselas y con el magistrado de enlace de Eurojust en La Haya.
Alpen Treuhand Anstalt es la tapadera que Deschamps utiliza para todas las operaciones sucias de Viktor Sorokin en Europa occidental.
Si dejamos que el Consejo Rector convalide la venta de la deuda esta mañana, los pagarés se ejecutarán el lunes a las doce en Fráncfort y las fábricas del Deba estarán en liquidación concursal antes de que termine el mes.
Ainara apretó los labios con una determinación implacable:
—El Consejo Rector de Mondragón ha convocado un pleno extraordinario de urgencia para las diez de esta misma mañana en la sede central del Paseo Arizmendiarrieta, en Arrasate.
Quieren ratificar la cesión de la deuda a la fiduciaria de Vaduz bajo el pretexto de un acuerdo de refinanciación preventiva, aprobar un voto de censura contra cualquier investigación interna y sellar las actas contables bajo secreto industrial.
Pretenden cerrar la puerta blindada antes de que el juzgado de Bergara pueda notificarlas.
—No podemos permitir que sellen esas actas, Ainara —dijo Mathieu con una gravedad cortante—.
Si el Consejo convalida la cesión por unanimidad o mayoría cualificada, los tribunales mercantiles considerarán que la venta de los pagarés fue un acto societario soberano de la cooperativa y paralizar la ejecución en los tribunales alemanes será prácticamente imposible.
Hay que encararlos con las pruebas antes de que voten.
—Voy para allá ahora mismo —sentenció la fiscal—. Gorka se quedará asegurando el perímetro con la escolta de Amets hasta que la Brigada Móvil la traslade al piso seguro de Donostia. Mathieu, quédate en el ambulatorio descansando; no puedes mover el brazo.
—Ni hablar, Ainara —respondió él con una terquedad inquebrantable que no admitía réplica—. No voy a quedarme tumbado en una camilla mientras tú entras en la guarida de esos tecnócratas cobardes. Estaré en Arrasate esperándote.
Ainara cortó la llamada, guardó el terminal en el bolsillo interior y recogió la carpeta con las actas notariales de Vaduz y los informes espectrométricos de la chatarra adulterada.
Miró a Amets y a Gorka con la serenidad de quien sabe que ha llegado a la línea donde las palabras diplomáticas se terminan:
—Vamos a Arrasate. Ha llegado la hora de que el Consejo Rector escuche lo que el hierro de este valle tiene que decirles.
♦ ♦ ♦
El trayecto de diez kilómetros por la carretera comarcal GI-627 entre Oñati y Arrasate discurrió bajo un aguacero persistente que azotaba el parabrisas del vehículo oficial camuflado con la violencia de una cortina líquida.
El río Deba bajaba crecido, con aguas marrones y turbulentas que golpeaban con furia los pilares de hormigón de los viaductos y las compuertas de las viejas centrales hidroeléctricas.
A ambos lados de la calzada, encajonadas entre las laderas escarpadas de robles desnudos y pinos empapados, las siluetas macizas de los polígonos fabriles se sucedían como eslabones de una misma cadena ininterrumpida de forjas, prensas de estampación y talleres de matricería: Copreci, Fagor Ederlan, Lana, Eroski.
El corazón industrial de Gipuzkoa despertaba a la jornada laboral entre bocanadas de vapor blanco escapando por los respiraderos de las cubiertas y el zumbido constante de las carretillas elevadoras cargando palés de piezas mecanizadas bajo los aleros metálicos.
A las nueve y media de la mañana, el coche patrulla conducido por un agente de la policía judicial cruzó la rotonda de acceso a Arrasate y enfiló la suave pendiente que ascendía hacia el Paseo José María Arizmendiarrieta número cinco, donde se alzaba el complejo corporativo de la sede central de Mondragón.
Ainara contempló el edificio a través del cristal empañado.
Era una construcción emblemática, diseñada para proyectar la imagen de un cooperativismo moderno, solvente y arraigado en su paisaje: tres bloques aterrazados de vidrio reflectante, hormigón blanco y celosías de acero corten que se integraban con sobriedad en la falda de la colina, rodeados de praderas verdes cuidadosamente segadas y arboledas de hayas trasmochadas.
Sin embargo, en aquella mañana de viernes, la atmósfera exterior del complejo había perdido cualquier vestigio de su tradicional naturaleza abierta y comunitaria.
Junto a la barrera de acceso vehicular, donde habitualmente un único operario municipal regulaba el paso de las furgonetas de reparto y los utilitarios de los socios trabajadores, se habían apostado dos todoterrenos negros de gran cilindrada con matrículas de Madrid y los distintivos discretos de una conocida empresa de seguridad privada de alta gama.
Cuatro vigilantes corpulentos, enfundados en abrigos impermeables oscuros y con auriculares de comunicación táctica en la oreja, inspeccionaban los bajos de cada coche con espejos telescópicos y exigían credenciales plastificadas antes de levantar la pluma neumática.
El conductor oficial aminoró la marcha. Ainara bajó la ventanilla apenas dos dedos, mostrando su carné profesional del Ministerio Fiscal y el auto judicial de medidas cautelares penales dictado por el juzgado de instrucción número uno de Bergara.
El guardia examinó el documento con gesto hosco, vaciló unos segundos al reconocer el nombre de la fiscal anticorrupción que abría los telediarios y, tras una consulta apresurada por el transmisor de solapa, hizo una señal seca para que la barrera se elevara.
—Tienen miedo, fiscal —murmuró el agente de la Ertzaintza que conducía mientras buscaba un hueco de estacionamiento en el aparcamiento superior de visitas—.
No ponen guardias privados con perfiles de escolta militar para controlar las entradas de material.
Los han puesto para protegerse de su propia gente.
Ainara no respondió. Se ajustó el chaquetón oscuro, comprobó que la carpeta con la documentación forense de Vaduz y los informes toxicológicos de Beloki permanecían a salvo en su maletín de cuero y abrió la puerta del vehículo.
El aire húmedo y helado del valle la golpeó en el rostro con la fuerza de una bofetada balsámica, despejando la niebla de cansancio que embotaba sus sienes.
Subió la escalinata de granito que conducía al atrio acristalado de la entrada principal.
En su muñeca izquierda, el viejo reloj Certina DS de acero que había pertenecido a su padre, Josu Zubiaga, marcaba las nueve y cuarenta y dos minutos con su pulso mecánico inalterable; la esfera desgastada por los años de trabajo en el taller de troquelería de Durango era un ancla silenciosa que le recordaba la bancarrota inducida que empujó a su padre a la muerte y la cobardía de los despachos que miraron hacia otro lado.
Con ese peso íntimo marcándole el compás, Ainara empujó las puertas giratorias de cristal blindado y penetró en el vestíbulo de la corporación.
El interior del atrio era monumental, dominado por una altura de tres plantas donde la luz gris del cielo invernal se filtraba a través de un lucernario central de estructura geométrica.
El suelo de granito pulido reflejaba las luminarias suspendidas y los paramentos revestidos con listones de madera de haya clara vaporizada.
En la pared noble que presidía el vestíbulo, junto al lema histórico esculpido en bronce sobre la piedra («El trabajo asocia a los hombres; el capital los divide»), se erigía el busto austero del padre José María Arizmendiarrieta, el sacerdote que en 1956, junto a cinco jóvenes ingenieros recién egresados de la escuela profesional del pueblo, había encendido el primer taller de hornos para fabricar estufas de petróleo bajo el principio sagrado de que la persona y su trabajo debían mandar sobre el dinero, y no el dinero sobre la dignidad humana.