CAPÍTULO 10 — El silencio del Consejo
A las siete de la mañana, la lluvia de invierno caía con una monotonía gris y helada sobre los tejados de arenisca de Oñati, envolviendo las torres señoriales y los aleros centenarios de la villa en una gasa espesa de niebla que descendía desde los farallones calizos de Aloña.
En el piso franco habilitado por la Ertzaintza en un caserón discreto de la calle San Antón, en la parte alta que ascendía hacia las ermitas del monte, el aire olía a café recalentado, a papel continuo recién impreso y al tufo amargo de la caliza pulverizada que todavía impregnaba los dobladillos del chaquetón oscuro de Ainara Zubiaga.
Hacía menos de dos horas que el convoy de seguridad había bajado de Arantzazu, sorteando las curvas anegadas de la carretera de montaña con las luces de posición apagadas para evitar los ojos de cualquier observador apostado en los miradores del valle.
El eco sordo de los disparos automáticos rebotando en la bóveda de la cripta y el chasquido del monolito de piedra quebrando bajo las balas todavía vibraban en los tímpanos de la fiscal con la persistencia de un zumbido metálico.
Ainara no se había sentado en toda la noche.
Apoyaba las dos palmas sobre el tablón de roble de la mesa comunal, contemplando las tres pantallas portátiles que parpadeaban frente a ella en la penumbra de la sala.
A su lado, Amets Ibarra, con una manta térmica sobre los hombros y las mejillas manchadas de hollín y cansancio, sostenía una taza de café solo entre las manos temblorosas.
Aferrado a su regazo permanecía el maletín ignífugo con las unidades de estado sólido que Xabier Beloki había extraído de los servidores centrales de Fagor Ederlan antes de ser arrojado al crisol de inducción.
En la esquina del salón, junto al ventanal empañado que daba a las huertas traseras, el inspector jefe Gorka Atxaga colgaba el transmisor de radio cifrado tras coordinar con la comisaría comarcal el traslado incomunicado del mercenario chipriota Andreas Vassiliou hacia el centro penitenciario de Martutene.
—El juez instructor Fernando Irazábal ha decretado la incomunicación judicial del detenido por setenta y dos horas —dijo Gorka con voz ronca, frotándose los ojos enrojecidos mientras se acercaba a la mesa—.
El atestado balístico de la Ertzaintza no deja margen de duda: los dos subfusiles compactos con silenciador incautados en la cancela de Chillida fueron suministrados a través de una compañía fantasma de seguridad marítima registrada en Limassol, cuyos apoderados son los mismos fiduciarios que gestionan las cuentas de Sylvain Deschamps en Ginebra.
Y la navaja táctica hallada en el chaleco de Vassiliou presenta un filo cerámico con estrías idénticas a los cortes milimétricos en los latiguillos de freno del coche de Amets.
Intentaron despeñarla en el puerto de Arantzazu y, al fracasar, subieron a cazarla al santuario.
Viktor Sorokin ha dado la orden de matar a cualquiera que toque los libros de compras de la cooperativa.
Ainara asintió despacio, sin apartar la mirada de las tablas de datos bancarios que se desplegaban en la pantalla central.
—El problema ya no son los sicarios en la carretera, Gorka —respondió ella con una serenidad glacial que ocultaba una rabia profunda y metódica—.
Los sicarios son solo la infantería desechable de una operación mucho más pulcra, fría y letal.
El verdadero crimen está aquí, en este volcado de datos que el teléfono satelital Iridium de Vassiliou y los discos de Beloki han terminado de sincronizar con los servidores de Eurojust.
Amets dejó la taza sobre la madera y se inclinó hacia adelante, señalando con el dedo índice una serie de carpetas encriptadas con encabezados mercantiles:
—Beloki descubrió que la chatarra con exceso de fósforo y azufre que estaba entrando en las cubas de fundición de Eskoriatza no era un lote defectuoso comprado por error —explicó la joven ingeniera con la voz tomada por la indignación—.
Fagor Ederlan estaba pagando el wolframio secundario y la chatarra nodular a un precio un cuarenta por ciento superior al índice de mercado de metales de Londres, pero los albaranes de aduana estaban manipulados en los almacenes francos de Amberes.
El sobrecoste mensual de casi cuatro millones de euros se transfería de inmediato a través de una cuenta puente en el Banque Cantonale de Ginebra hacia una fiduciaria de Vaduz, en el principado de Liechtenstein: Alpen Treuhand Anstalt.
Ainara amplió el diagrama societario en el monitor.
La estructura corporativa se ramificaba con la precisión matemática de un cronómetro de precisión: Alpen Treuhand Anstalt , constituida en Städtle treinta y seis de Vaduz al amparo de la Ley de Sociedades de Personas y Empresas de Liechtenstein de 1926, operaba bajo la figura jurídica del Treuunternehmen o fideicomiso comercial, una figura opaca diseñada para garantizar el anonimato absoluto de los beneficiarios económicos reales frente a las directivas de transparencia de la Unión Europea.
La fiduciaria de Vaduz controlaba el noventa y cinco por ciento de las participaciones de tres fondos de titulización de crédito que en las últimas seis semanas habían adquirido, a través del Mercado Alternativo de Renta Fija (MARF) en Madrid y del corro bursátil secundario de Fráncfort, trescientos veinte millones de euros de pagarés comerciales emitidos por doce cooperativas de mecanizado auxiliar del Alto Deba.
—Liechtenstein no forma parte del Espacio Económico Europeo a efectos de intercambio automático de información sobre fideicomisos mercantiles —dijo Ainara pasando las hojas de un contrato notarial fechado en Schaan tres semanas antes—.
Sylvain Deschamps utilizó Alpen Treuhand Anstalt para comprar la deuda comercial de nuestros talleres auxiliares con un descuento del sesenta y cinco por ciento.
Si una pequeña cooperativa de troquelería de Bergara o Aretxabaleta no puede cobrar sus facturas de Fagor Ederlan porque la fundición está paralizada por las piezas defectuosas, no puede atender los pagarés al vencimiento.
Y en ese instante exacto, la fiduciaria de Vaduz ejecuta los títulos en el juzgado mercantil, solicita el concurso necesario y se queda con las naves, la maquinaria de control numérico y las patentes de estampación a precio de saldo.
—Pero para que una fiduciaria extranjera pueda comprar pagarés cooperativos en el MARF en esas condiciones leoninas se necesita algo más que dinero opaco de Viktor Sorokin —intervino Gorka apoyando los puños sobre el respaldo de una silla—.
Las cooperativas vascas tienen cláusulas estatutarias de tanteo y retracto preferente.
El Consejo Rector de Mondragón Corporación tenía la potestad y la obligación legal de vetar la cesión de esos créditos o de recomprarlos con cargo a los fondos intercooperativos de solidaridad antes de que salieran a mercado abierto.
¿Por qué demonios nadie activó las alarmas en la sede de Arrasate?
Ainara respiró hondo, sintiendo un nudo frío en la boca del estómago. Pulsó una tecla y abrió un anexo documental escaneado con sellos consulares y firmas legalizadas ante un notario de Vaduz:
—Porque no fue una adquisición hostil ordinaria, Gorka. Fue una entrega pactada desde dentro de la propia corporación.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan pesado que el rumor del sirimiri golpeando los cristales pareció desvanecerse. Amets se cubrió la boca con las dos manos, con los ojos muy abiertos:
—Ezinezkoa da... Eso es imposible. Ningún consejero de Mondragón firmaría la liquidación de sus propios compañeros de taller.
—Aquí están las firmas, Amets —sentenció Ainara deslizando la pantalla hacia ella—.
Las escrituras de cesión de crédito de Alpen Treuhand Anstalt incluyen dos autorizaciones notariales de renuncia irrevocable al derecho de adquisición preferente de la corporación.
Las firmas corresponden a dos vocales con firma mancomunada del Consejo Rector de Mondragón y a un apoderado general de la división financiera.
A cambio de levantar las trabas estatutarias y autorizar la venta de la deuda de los talleres auxiliares a los hombres de Deschamps, la fiduciaria de Vaduz libró sendas pólizas de seguro de inversión diferida en cuentas fiduciarias del LGT Bank de Liechtenstein por un importe conjunto de seis millones y medio de euros.
Vendieron la soberanía del valle por una jubilación blindada en los Alpes suizos.
Gorka soltó un juramento entre dientes, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los tendones del cuello se le marcaron como cuerdas:
—Traidor zikinak... Hijos de perra. Metieron al lobo en el corral mientras hablaban de solidaridad obrera y principios cooperativos en las asambleas de pueblo.
—Y hay algo más grave todavía —añadió Ainara abriendo una carpeta identificada con un código de transmisión telemática gubernamental—.
Entre los metadatos de las comunicaciones interceptadas al terminal de Vaduz figura una serie de advertencias y minutas enviadas desde Lakua, en Vitoria-Gasteiz.
En las últimas doce horas, Iñaki Mendieta, el Viceconsejero de Economía y Hacienda del Gobierno Vasco, ha mantenido tres conferencias encriptadas con el Presidente del Consejo Rector de la corporación.
Mendieta sabe perfectamente que Fagor Ederlan está al borde del colapso de tesorería por el metal contaminado y los pagarés impagados.
Pero desde Lakua la consigna política es aterradora: no se puede permitir que el escándalo trascienda a la opinión pública ni que la fiscalía abra diligencias penales contra los consejeros.
—¿Por qué? —preguntó Amets con un hilo de voz—. Si hay directivos corruptos vendiendo la empresa a mafias de blanqueo, ¿por qué el Gobierno Vasco querría taparlo?